En caliente, por Diego Carasusán*
Esto me cuesta la salud
Todas las personas tienen alguna afición. Coleccionar sellos, pescar o cazar, visitar iglesias románicas o contar el número de vizcaínos que juegan en el Bilbao… Todo vale para pasar el rato de la forma más agradable posible. Son distracciones que hacen más llevadero el monótono día a día, válvulas de escape a la rutina, evasiones al aburrimiento.
Lo normal es buscarse una afición que a uno le llene, que le entretenga o, al menos, que le haga feliz, por eso cada vez entiendo menos el motivo por el cual todos los fines de semana sacrifico dos horas de mi tiempo libre a sufrir con mi querida Real.
Alguna vez ya me he referido a este tema en columnas anteriores, pero quería volver a retomar este mismo argumento ya que me he dado cuenta que, de un tiempo a esta parte, ni siquiera celebro los goles. El domingo pasado, ante el Mallorca, Agirretxe marcaba a falta de 10 minutos para el final. Pegados al televisor, mi hermano y mi padre pegaron un salto en el sillón. En cambio, yo me quedé clavado en el asiento y, de forma inconsciente, mi atención se centró en mirar el reloj para calcular cuánto tiempo quedaba, qué cambio táctico se podía hacer para amarrar la victoria y cuántas ocasiones de gol nos iba a crear el Mallorca en la recta final del encuentro. Si esto es disfrutar, que baje Dios y lo vea.
Este terrible sufrimiento lo llevo padeciendo desde hace varios partidos. Tal es el control que de forma estúpida pretendo ejercer sobre el juego que llego hasta el punto de agarrarme un cabreo descomunal hasta cuando perdemos en el sorteo de campos.
Como no se puede explicar lo inexplicable, el domingo a las 16 horas estaré quemándome las pestañas ante la pantalla de la televisión viendo a la Real ante el Bilbao y sufriendo como siempre, desde el sorteo de campos hasta que el árbitro termine la redacción del acta. Como ya les dije una vez, ¡pura pasión!
Lo normal es buscarse una afición que a uno le llene, que le entretenga o, al menos, que le haga feliz, por eso cada vez entiendo menos el motivo por el cual todos los fines de semana sacrifico dos horas de mi tiempo libre a sufrir con mi querida Real.
Alguna vez ya me he referido a este tema en columnas anteriores, pero quería volver a retomar este mismo argumento ya que me he dado cuenta que, de un tiempo a esta parte, ni siquiera celebro los goles. El domingo pasado, ante el Mallorca, Agirretxe marcaba a falta de 10 minutos para el final. Pegados al televisor, mi hermano y mi padre pegaron un salto en el sillón. En cambio, yo me quedé clavado en el asiento y, de forma inconsciente, mi atención se centró en mirar el reloj para calcular cuánto tiempo quedaba, qué cambio táctico se podía hacer para amarrar la victoria y cuántas ocasiones de gol nos iba a crear el Mallorca en la recta final del encuentro. Si esto es disfrutar, que baje Dios y lo vea.
Este terrible sufrimiento lo llevo padeciendo desde hace varios partidos. Tal es el control que de forma estúpida pretendo ejercer sobre el juego que llego hasta el punto de agarrarme un cabreo descomunal hasta cuando perdemos en el sorteo de campos.
Como no se puede explicar lo inexplicable, el domingo a las 16 horas estaré quemándome las pestañas ante la pantalla de la televisión viendo a la Real ante el Bilbao y sufriendo como siempre, desde el sorteo de campos hasta que el árbitro termine la redacción del acta. Como ya les dije una vez, ¡pura pasión!
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
