08/05/12

My way

El francés, el argentino y el hondarribiarra de Moscú

La temporada que iba a ser del “salto de calidad” ha terminado como la temporada del desquiciamiento. Al margen del decisivo choque del sábado que nos puede dejar desde novenos (mejor clasificación en no sé cuántos blablablás) hasta decimoquintos, el año llega terminado desde hace varias semanas. Antes incluso del triunfo matemático contra el Racing.

Basta con ver a qué se ha dedicado el personal en las últimas semanas. El lío con la salida nocturna por Madrid tras encajar una derrota humillante en el Bernabéu -por muy Bernabéu que fuera- o la escapada a una semifinal de la Europa League condimentan un menú cuyo plato principal para muchos aficionados ha sido Philippe Montanier.

Su continuidad en el banquillo sigue en el alero. Sin novedades desde octubre y noviembre. Él, visto el panorama, tampoco se aferra a su contrato como han hecho otros. Los más ruidosos de la opinión pública realsocialista desechan su continuidad y suspiran, como lo hicieron por Marcelo Bielsa, por Unai Emery. Aun así, esquizofrénicos, exigen al mismo tiempo que el hondarribiarra jamás entrene a la Real si se confirma, como parece, que descarta la oferta donostiarra por el “oro de Moscú”. Así estamos, de extremo a extremo y tiro porque me toca.

Porque el esperpento del año pasado con el argentino (a caballo entre Sevilla y Donostia para acabar en Bucarest) está siendo ampliamente superado con el de Montanier. Su fichaje, hagamos memoria, con el tándem Aperribay-Loren de viaje por Europa tras hacer oficial la destitución de un Martín Lasarte decapitado en la semana del partido del Sporting, ya fue folletinesco. Algunos parecen dispuestos a repetirlo.

Piden la cabeza del francés sí o sí. Para cortársela utilizan como espada, como lo ha llegado utilizar el propio presidente de la entidad (su jefe tras el partido de ida contra el Betis), los propios errores del galo. Aquellos que con el “Guardiola francés” echaron demasiada levadura antes de tiempo a este pan -que va camino de ser apetecible- son los que piden a gritos cambiar los ingredientes, los recipientes y hasta de horno. Todo es malo y nada vale. Sin siquiera haber acabado de cocinar el plato. Y así año tras año.

Los mismos que fueron dando tumbos, dentro y fuera del Consejo, tratan de elevar el listón y encontrar en una esquina a Montanier para ejecutarlo al alba. Y para eso han tenido que recurrir a aquel entrenador uruguayo contra el que no dudaron en cargar ni en pedir su cabeza. Aquel, le acusaban, quería prescindir de la joya Illarramendi. Ahora, con un francés en el banquillo, repiten el mismo argumento, pero con Rubén Pardo. Al igual que en Francia el protagonista destacado de la contienda entre Sarkozy y Hollande ha sido Zapatero, el nombre más repetido durante esta temporada ha sido el de Lasarte y, después, el de Emery. Porque de Montanier, que ha hecho cosas mal pero también bien, solo se ha hablado para echar pestes.

Y basta leer lo que ha dicho en sus últimas comparecencias públicas para entender que parece que él, que ha cometido errores -alguno grave, claro-, lo intuye. Quienes no han creído jamás en el trabajo de un asalariado de la Real (al principio callaron, luego la emprendieron a porrazos incluso cuando el equipo funcionaba -porque no jugaba Ifrán, no alineaba a Llorente o no contaba con Pardo-) deberán explicar por qué descorcharán champán si el primer equipo tiene otro entrenador el año que viene. Aunque el elegido sea yo. Más en una semana en la que se rendirá un merecido homenaje a un jugador que es y será la Real, aunque haya firmado partidos horrendos durante sus últimos catorce años.

Los mismos que quieren dar a Aranburu esa bienganada salida señorial -"como la de Raúl en el Schalke", repiten-, dicen cualquier descalificación de un entrenador de la Real, aunque este solo lo haya durado un año. Incluso soltar que el susodicho no tiene ni idea de fútbol. ¿Se imaginan que algún sujeto les dijera a ustedes con total seriedad que no tienen ni idea de lo que trabajan? A este paso, a Montanier, lejos de dar las gracias, alguien va a tener que bajar para pedirle perdón.