09/02/12

My way

Los 2.943 goles de Maglioni


“Fue mucho más importante para el fútbol que Maradona o Pelé”, dijo de él el presidente de la AFA, Julio Grondona. Trataba de tú a tú con presidentes de gobierno y jefes de estado. “Ellos manejan su poder y yo, el mío: el poder del fútbol, que es el poder más grande que existe”, llegó a decir él mismo en una de sus brillantes tardes. Apenas un año después del minuto y medio de Maglioni, João Havelange alcanzó la cumbre de la FIFA en 1974. Al brasileño, con quien las pelotas imperfectas dejaron su sitio a fevernovas y jabulanis que ruedan por perfectos tapetes de estadios de Rusia y Catar, le faltó tiempo para soltar la frase que podría rezar en su epitafio: “He venido a vender un producto llamado fútbol”.

Catorce años antes de que el Mirandés se colara en las semifinales de Copa, João Havelange dejó (atado y bien atado) el gobierno del fútbol. Al principio de temporada pocos hubieran apostado por el Mirandés en semifinales de la Copa, pero era lógico. Un equipo compacto, con pizca de calidad y que responde a un proyecto trazado, a base de retales, con un horizonte de planificación superior al de una temporada.

Hoy, dos días después del 6-2 y a apenas 39 de que se cumplan 39 años de los 90 segundos más gloriosos de Maglioni, no es tanto el mosqueo realsocialista de “ahí podíamos haber estado”, sino de ver de qué es capaz un equipo de fútbol por el hecho de ser un equipo y de fútbol. De haber vuelto a la esencia de este deporte cuando otros apuntan a Barcelona y Madrid (y a ese Athletic del Gobierno vasco y expresión de la sociedad popular vasca) como origen de todos los males.

Suelen ser los mismos que toleran despilfarrar cien millones de euros en fichajes inclasificables, aprueban incorporar al organigrama técnico a todo exjugador retirado por la única razón de ser vieja gloria, aceptan sin rechistar devorar entrenadores a la velocidad de la luz e incluso permiten que un presidente piense y -lo que es peor- dé por sentado que lo normal es que los ciclos de un entrenador no vayan más allá de dos temporadas.

Claro, miran a Miranda como quien observa una seta en el desierto de Atacama. Y pretenden hacer creer al resto que eso es extraordinario e irrepetible. Inimitable. Cuando los leones comieron ensaimada de postre, en Donostia alguno respiró aliviado. Sobre todo porque si la tuviera, se le estaría cayendo la cara de vergüenza viendo lo que a la vez ocurría en Anduva, campo donde la Real ya firmó la noche de gloria copera correspondiente a la edición de 2004. El fútbol, pese a la venta que anunció Havelange, es más sencillo.

Porque si hay subidones como el que llevó al Mirandés a encerrar al Espanyol al final del partido de vuelta de los cuartos o a Maglioni a destrozar al Gimnasia y Esgrima en minuto y medio, también hay bajones. Es lógico. Pero ni el bajón como el de Mallorca es porque sí, ni el subidón anímico sucede cuando de golpe el viento rola de suroeste a noreste. Casi todo tiene al menos una razón. Y en el fútbol, aunque algunos escurran el bulto con poderosos factores como la suerte, también las hay. Aunque la pereza invite a no buscarlas.

Quizá sea fe en uno mismo. Pase lo que pase. Estemos los que estemos y seamos los que seamos. Como dijo Juanma Lillo, poner el campo cuesta abajo hacia la portería rival. Lo que creemos que hacen siempre con nosotros cuando, en el minuto 83 y con 1-0 a favor. Minutos en los que tenemos la desconfiada santa sensación de que nos van a empatar. Aunque el rival, que lleva veinte partidos sin ganar y tenga dos expulsados y un lesionado que se arrastra por el campo porque su entrenador ha agotado los tres cambios, no cruce el mediocampo, nos va a empatar. Y, de hecho, la razón más fundada de que se nos van los tres puntos es que nos enfrentamos a un equipo que lleva veinte partidos sin ganar, juega con dos menos y un lesionado que se arrastra por el campo porque su entrenador ha agotado los tres cambios.

Confiamos, incluso, en que ese tanto de la igualada, fatalidad de las fatalidades, llegará en propia meta. Esto es parte, supongo, de lo que la expresidenta María de la Peña acuñó como sentimiento Real Sociedad. Luego son solo los jugadores los que al primer revés se hunden. Esto es parte, supongo, de lo que el Mirandés se olvidó para trazar la trayectoria copera que ha trazado. Lo que algunos, en la era postHavelange, quieren hacer creer que es la seta del desierto. La rareza. Lo que siempre ha sido el fútbol.

Son nueve días y quince horas a pie. Y otros tantos días y otras tantas horas de vuelta. Lo que se tarda desde Donostia a Zurich, “trono y corte” de la FIFA –como describió Galeano-, y volver tras rescatar el balón del fútbol imperfecto con el que el ambidiestro Maglioni marcó tres goles el 18 de marzo de 1973. Nada extraño: su equipo, el Independiente, ganaba 1-0 al reanudar tras el descanso y un minuto y cincuenta y un segundos más tarde, vencía por 4-0. En el caso de salir desde Miranda, habría que caminar un día y seis horas más para llegar a ese cuartel general de la multinacional del fútbol. Un día y cuarto más. Tiempo suficiente para que Maglioni, si no perdiera el tiempo en ponerse la venda antes de la herida y confiara en sí mismo, repitiera su hazaña 981 veces. Y marcara 2.943 goles.