My way
Arma emocional de doble filo
Sin estar en paro o a punto de que el banco de turno nos desahucie de una ratonera de sesenta metros cuadrados, estamos peor de lo que parece. Con un equipo joven –pero más viejo que cuando empezó la temporada- y un entrenador debutante, la Real acumula 21 puntos en una primera vuelta en la que ha mezclado buenos, muy buenos momentos, con malos, muy malos.
La división de opiniones con la que empezó la temporada tras la destitución de Martín Lasarte se convirtió en unanimidad (más o menos) cuando la Real tocó fondo. Ahora, cuando el viento soplaba a favor, la debacle de Mallorca lleva a la grada a interpretar al unísono música de viento. Esta Real pasa de lo brillante a lo esperpéntico y de la sequía a los monzones con una facilidad tan pasmosa que empieza a desenchufar a algunos seguidores.
Me explico. Empiezan a relativizar, y mucho, lo que haga su equipo: si gana, bien; si pierde, no era de extrañar. La montaña rusa en la que se ha convertido la Real de esta temporada, la del salto de calidad, se ha convertido en un peligro difícil de controlar. Capaz de empatar al Barcelona en un suspiro, de solventar una eliminatoria contra el Granada en apenas diez minutos y de ganar en la cancha maldita del tercer clasificado, los realistas han firmado las peores actuaciones que se recuerdan desde los primeros partidos de la era Coleman, en Segunda.
Los 24 saques de esquina en contra de Granada, las seis ensaimadas de Mallorca o los cuatro hachazos del Atlético son exponentes de una especie de esquizofrenia que tiene razones lógicas y corregibles. Tanto que existe el riesgo de que el personal, con problemas más graves de los que tienen los 30 que rondan el césped cada domingo, acabe por relativizarlo todo. El fracaso y la gloria. Como las vacas que miran al tren. ¿Ha ido bien? Fantástico. ¿Mal? Pues qué le vamos a hacer.
¿Cuántas veces han escuchado eso de “tenemos equipo para diez años”? La última hace poco, cuando el consejo terminó por renovar a la columna vertebral del equipo. Fueron buenas noticias, tener equipo para diez años también lo es, pero nunca parece llegar el año. Tanto es así que impera la sensación de nula exigencia con un equipo (y un club) que, cuántas veces hemos oído eso de "están por encima de lo que esperábamos". Lo escuchamos a mediados de la temporada pasada.
Como estaban, holgados, en mitad de la tabla –se aspiraba a la salvación, fuera como fuera, incluso en el último partido, como fue-, se permitió a los “jóvenes inexpertos” levantar el pistón sin ningún problema. Y esos balances sobre la marcha, con la temporada en curso, nos metieron en problemas. Todo por filosofar (¿UEFA?) en lugar de hacer lo más sencillo: apretar hasta el fondo mientras el balón ruede y, cuando el esférico se detenga, valorar. Y si se llega a UEFA, estupendo, y si lo que hay da para salvarse en la última jornada, igual de estupendo.
Pero siempre tan a fondo como se pueda.
PS: a Lorenzo Juarros, Loren, y Jokin Aperribay. McDonald Mariga llegó, pasó y, tras fracasar, se marcha, pero la pregunta sigue sobre la mesa: ¿podríamos saber, sin desglosar, claro, a cuánto ascienden todos los costes (pago por la cesión, ficha, intermediarios, aviones, platillos volantes, alojamiento...) de la cesión de McDonald Mariga?”. Transparencia es dar respuesta a esa cuestión. Y no solo inaugurar una web con vídeos y Twitter.
La división de opiniones con la que empezó la temporada tras la destitución de Martín Lasarte se convirtió en unanimidad (más o menos) cuando la Real tocó fondo. Ahora, cuando el viento soplaba a favor, la debacle de Mallorca lleva a la grada a interpretar al unísono música de viento. Esta Real pasa de lo brillante a lo esperpéntico y de la sequía a los monzones con una facilidad tan pasmosa que empieza a desenchufar a algunos seguidores.
Me explico. Empiezan a relativizar, y mucho, lo que haga su equipo: si gana, bien; si pierde, no era de extrañar. La montaña rusa en la que se ha convertido la Real de esta temporada, la del salto de calidad, se ha convertido en un peligro difícil de controlar. Capaz de empatar al Barcelona en un suspiro, de solventar una eliminatoria contra el Granada en apenas diez minutos y de ganar en la cancha maldita del tercer clasificado, los realistas han firmado las peores actuaciones que se recuerdan desde los primeros partidos de la era Coleman, en Segunda.
Los 24 saques de esquina en contra de Granada, las seis ensaimadas de Mallorca o los cuatro hachazos del Atlético son exponentes de una especie de esquizofrenia que tiene razones lógicas y corregibles. Tanto que existe el riesgo de que el personal, con problemas más graves de los que tienen los 30 que rondan el césped cada domingo, acabe por relativizarlo todo. El fracaso y la gloria. Como las vacas que miran al tren. ¿Ha ido bien? Fantástico. ¿Mal? Pues qué le vamos a hacer.
¿Cuántas veces han escuchado eso de “tenemos equipo para diez años”? La última hace poco, cuando el consejo terminó por renovar a la columna vertebral del equipo. Fueron buenas noticias, tener equipo para diez años también lo es, pero nunca parece llegar el año. Tanto es así que impera la sensación de nula exigencia con un equipo (y un club) que, cuántas veces hemos oído eso de "están por encima de lo que esperábamos". Lo escuchamos a mediados de la temporada pasada.
Como estaban, holgados, en mitad de la tabla –se aspiraba a la salvación, fuera como fuera, incluso en el último partido, como fue-, se permitió a los “jóvenes inexpertos” levantar el pistón sin ningún problema. Y esos balances sobre la marcha, con la temporada en curso, nos metieron en problemas. Todo por filosofar (¿UEFA?) en lugar de hacer lo más sencillo: apretar hasta el fondo mientras el balón ruede y, cuando el esférico se detenga, valorar. Y si se llega a UEFA, estupendo, y si lo que hay da para salvarse en la última jornada, igual de estupendo.
Pero siempre tan a fondo como se pueda.
PS: a Lorenzo Juarros, Loren, y Jokin Aperribay. McDonald Mariga llegó, pasó y, tras fracasar, se marcha, pero la pregunta sigue sobre la mesa: ¿podríamos saber, sin desglosar, claro, a cuánto ascienden todos los costes (pago por la cesión, ficha, intermediarios, aviones, platillos volantes, alojamiento...) de la cesión de McDonald Mariga?”. Transparencia es dar respuesta a esa cuestión. Y no solo inaugurar una web con vídeos y Twitter.

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