19/01/12

My way

Dación en pago


Bip-bip. Suena el teléfono. Es martes, 10 de enero. A la Real le falta encajar la sexta ensaimada. La desolación recorre Gipuzkoa como si no hubiera mañana. Un servidor se ríe como quien ve por quinta vez un gag, de los baratos, de Benny Hill detrás de esas señoritas ligeras de ropa o Mister Bean intentando superar sus miedos y lanzarse a la piscina de un trampolín alto. Miro el móvil. La frase con la que cerré la Carta a Cándida de horas antes del partido de Mallorca: “No esperes que todos los domingos hasta mayo sean de picnic”. Un colega, todavía con el 5-1, me puntualiza: “Y se ve que los martes, tampoco”.

No hay quien salve la papeleta de los octavos de final de Copa. El desastre fue cataclísmico. La victoria de Valencia no es canjeable por el fracaso sin paliativos del Iberostar. Los realistas tenían que salir como salieron en Mestalla sí o sí, hubieran eliminado al Mallorca o no, o hubieran quedado eliminados contra el Granada. La hipoteca que los pupilos de Montanier (y él mismo en una minúscula parte) adquirieron el martes no se canceló el sábado a orillas del Turia.

Pero si ante la inminente llegada del Atlético el gol de Griezmann ya queda lejos, más debería estar lo de hace semana y media. Apenas tiene sentido volver a ello, pero el set de los de Caparrós sigue muy presente. Con letra indeleble, en la historia del realsocialismo: aquellos cuatro goles en siete minutos superaron al archicomentado penalty de Labaka en el partido de los seis minutos en el Bernabéu. Hoy, ambos episodios forman parte de la historia de este deporte.

Porque el fútbol es muy grande. Pero resulta extraño que el que practicaron Zubikarai, Prieto o Ifrán la semana pasada sea el mismo deporte por el que Korotkykh, Klimenko o Goncharenko se jugaron la vida en 1942. Imaginen una Kiev arrasada e invadida por los nazis y en la que un equipo formado por jugadores del Dinamo y Lokomotiv que se encontraron en torno a una panadería, el Start FC, empieza a vencer a conjuntos de guarniciones militares. Los nazis, preocupados por que el equipo fuera un modelo ilusionante para los ucranianos, decidieron cortar su evolución como quien invade Polonia.

Sábado, 6 de agosto de 1942. El Start derrotó 5-1 al Flakelf alemán, algo tan inaceptable que llevó a estos, miembros de la aviación nazi, a pedir revancha para tres días después. Hasta aquel martes 9, Trusevych, Timofeyev o Sukharev no necesitaron ni cartas ni brujería para conocer su futuro caso de que no se dejaran ganar. Los alemanes, que llenaron el campo del Zenit con militares suyos, pusieron hasta el árbitro, un oficial de la SS, que invitó a los ucranianos a saludar al resto con el brazo nazi en alto. Se negaron.

Flakelf, único dueño del balón, marcó el 0-1. El árbitro solo tenía ojos para las faltas que cometía el Start. Tras remontar 3-1 al descanso, el colegiado, harto, terminó el choque con un 5-3 sin llegar a los noventa minutos. Los de casa firmaron su ejecución, aunque les dio tiempo para jugar un partido más que esa revancha.

El día 16 ganaron al Rukh, primer conjunto al que dos meses antes se enfrentaron –y ganaron por 7-2. Se despidieron de las canchas con un 8-0 con el que la Real también hubiera vuelto eliminada de Mallorca. La Gestapo hizo el resto. Korotkykh no pudo regatear las torturas y el resto del equipo fue deportado al campo de concentración de Syrets. Bill Shankly (1913-1981), cuya retirada de los banquillos en 1974 provocó conatos de huelgas en las fábricas de Liverpool, ya veía lo que había. Para él, el fútbol no era una cuestión de vida o muerte, sino “mucho más que eso”. Kuzmenko, Klimenko y Trusevych no salieron de Syrets.

Setenta años después, el balón rueda, aunque casi nadie lo patee por las razones que movieron a los del Start: la camiseta de un equipo provisional, el orgullo de un país y por la libertad. Los jugadores van y vienen y hasta Nihat se retira (eskerrik asko) pero las eliminatorias se siguen perdiendo. Los Barcelona-Madrid se suceden y el fútbol permanece ingresado en la UCI con una sobredosis de millones. Bip-bip. No todos los domingos serán de picnic. Tampoco los martes. Ojalá los sábados.