11/01/12

En caliente, por Diego Carasusán*

La camiseta no se mancha


La camiseta es el símbolo de cualquier equipo de fútbol. En ella se lucen sus colores, su escudo y algo intangible pero vital para una entidad deportiva: el prestigio…, una historia labrada por la sangre, sudor y lágrimas de todos aquellos que antes lucieron esa misma elástica.

La camiseta de la Real luce rayas verticales blancas y azules y un escudo precioso en el pecho compuesto por una corona, un balón viejo y una bandera txuri-urdin. En sus más de 100 años de historia, esa camiseta ha sido vestida por jugadores que forman parte de la historia sagrada del fútbol mundial. Esa camiseta ha levantado títulos y se ha paseado orgullosa entre los grandes del fútbol europeo. Sobre su tela se han vertido lágrimas de alegría, pero también de tristeza, rabia e impotencia.

Desde 1993, año en el que mi querida Real abandonó Atotxa por Anoeta, vengo coleccionando las camisetas blanquiazules temporada a temporada. La serie comienza con aquella vieja elástica de Rasán y publicidad de Bankoa que un mito como Górriz lució en su despedida. Le siguen otras como aquella que vistieron los jugadores en el 5-0 al Bilbao; la de la trágica noche de UEFA en que mataron a Aitor Zabaleta en Madrid; la del subcampeonato de 2003; la de la Champions con el balón de estrellas bordado en la manga; la del descenso en 2007; la del centenario en 2009; o la del regreso a Primera en 2010.

El sábado pasado fui a San Sebastián. Quería ver a la Real frente a Osasuna y, de paso, aprovechar para comprar la camiseta de esta temporada, la primera de Nike en la historia del club. Desde hace muchos años, las elásticas que compro ni me las llego a poner. De hecho, sabiendo cuál es el destino final de la prenda en cuestión, ni siquiera me la llego a probar en la tienda para saber si me quedan bien o mal. La compro, la doblo con mimo, la meto en la caja de cartón donde tengo el resto, y la dejo reposar como si fuera una botella de gran reserva hasta que le llega la hora de ser enmarcada entre madera y cristal. Y es que una de mis ilusiones es poder enmarcar todas para colgarlas en mi particular museo y construir de este modo la historia de la Real Sociedad contada por sus propias camisetas.

Así, guardada como oro en paño, está ya la camiseta que compré el sábado. Como oro en paño está guardada, y no porque sea de Nike, ni porque esté elaborada en un tejido de última generación, ni porque me costara casi 60 euros, ni porque me tuviera que recorrer medio Donosti bajo un impenitente sirimiri para dar con la elástica impoluta que estaba buscando, sino porque se trata de una pieza más de ese mágico puzzle tejido en blanco y azul que llevo elaborando desde hace casi 20 años.

La Real creció gracias a jugadores que peleaban a muerte cada balón, en cada rincón del campo y en cada minuto del partido. La Real se hizo un hueco entre los grandes gracias a jugadores que respetaban a todos los rivales, pero se lanzaban a la yugular en cuanto el árbitro pitaba en inicio del encuentro. La Real fue campeona gracias a unos jugadores que, pese a todas las adversidades, no agacharon resignados la cabeza, sino que la alzaron para pelear hasta el último aliento en busca de la gloria. Esos jugadores sabían a quién representaban cuando vestían la zamarra blanquiazul y conocían el peso de ese escudo que llevaban bordado en el pecho, justo junto al corazón. Ellos mancharon la camiseta, pero lo hicieron con el barro de El Molinón; con el sudor de la interminable final de la Romareda; o con las lágrimas de impotencia que inundaron Vigo.

Ayer, en Mallorca, los herederos de ese legado también mancharon la camiseta, pero con toneladas de vergüenza y humillación. Esos jugadores escupieron al escudo, pisotearon sus colores, prostituyeron el prestigio de la entidad y profanaron una elástica que no merecen vestir. Ellos, y solamente ellos, son los culpables de una de las páginas más negras de un club con 102 años de historia. Se rieron de la institución. Después de lo de Mallorca, ninguno de esos jugadores es digno de vestir esa camiseta que han mancillado tan burdamente.

Por eso, desde ayer, me da asco solo pensar en que esos mismos jugadores que arrastraron la elástica de la Real en Mallorca se la vuelvan a poner el sábado ante el Valencia, o el próximo fin de semana ante el Atlético de Madrid, o el siguiente ante el Sporting de Gijón. Me repugna ver lo que han hecho con la historia de un club en tan solo un partido. Y, sobre todo, me entristece sobremanera que se hayan reído sin escrúpulos de una afición, auténtica alma de esta entidad, que no se merece soportar una vergüenza de tal calibre y a la que, como cada vez es más obvio, no representan.

Gora Erreala!!!

*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo contigo,ademas comparto tu aficion de coleccionista y tengo las mismas camisetas que tu(desde la rasan hasta la del año pasado)en fin ,vaya dia que nos han hecho pasar.un realista desde Catalunya