25/11/11

My way. Carta a Cándida (II)

Estimada Cándida:

Casualidades de la vida, el domingo volvimos a coincidir y te vi una cara que, a juzgar por tu expresión, llevaba desencajada semanas. No nos habíamos visto desde aquel empate –y gracias- contra el Getafe. Sí, aquella tarde en la que te quité de la cabeza las tonterías del Guardiola francés, el box-to-box y otros cuentos chinos que decoran las paredes hasta que llegue la Navidad.

El problema, intuyo, no es solo de márketing. Inflar y maquillar las cesiones, el despido y las no renovaciones del banquillo y de la plantilla solo ha servido para que la caída a la realidad sea desde mayor altura. También para perjudicar a los protagonistas de la historia. El propio Philippe Montanier o, sobre todo, McDonald Mariga han partido con una presión encima de la que, por lo que parece, al menos el segundo no se va a deshacer en Anoeta. El error del fichaje de Diego Rivas con aquel pago casi soberbio de la cláusula, repetido cinco años después.

El ambiente del domingo fue feo. No seré yo quien ponga en duda la sapiencia futbolística del respetable de Anoeta. Visto lo visto, en cambio, cabe preguntarse a qué va el personal al estadio si, a diferencia de la tele, no es capaz de ver cómo se cambia sobre la marcha una sustitución que estaba prevista con Aramburu junto al cuarto árbitro. Cómo Illarramendi pide salir y se retrasa la salida del campo de Mariga. Que quede dicho: Anoeta dio la misma vergüenza ajena que pueden dar Mestalla o el Calderón en sus tardes gloriosas. Una pitada digna de estar dirigida a Joseba Etxeberria. Para hacérselo mirar.

Sin embargo, este árbol no debe tapar el bosque. Mariga no jugó bien, aunque hay canteranos que, con varias temporadas en el primer equipo, han ofrecido espectáculos similares. Y ahí siguen. Hay, además, otros jugadores, clave ellos, lejos de su mejor estado de gracia. Ahí sí tiene responsabilidad Montanier. Y hay que apuntar a él y a Michel Troin como máximos responsables de casi lo único que pueden serlo.

La verdad aparece pocas veces pero, cuando lo hace, lo hace desnuda. El domingo, con un once lógico sobre el campo y una imagen aceptable en la primera mitad, Anoeta señaló al responsable real del desaguisado que algunos, agoreros y antirrealistas nos llamaron, indicamos desde hace meses. A diferencia de Vallecas, la grada apuntó en una única dirección con una nitidez que invita a cualquiera a presentar su dimisión.

Pero hay guantes que no se cogen y trenes que se dejan pasar, Cándida. El presidente de la entidad ligó (y matizó) su futuro al de su entrenador. Del que está entre los dos, ni palabra mientras los partidos caen, los lesionados también, la plantilla parece más coja que tu abuela y Anoeta dicta sentencia con el pulgar hacia abajo. Con esto, no hay margen para la reacción, Cándida, hay mucho margen, pero conviene no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.

Y eso podría ser destituir a Montanier ipso facto. Total, ¿para qué aguantar a alguien en quien no crees y al que estás dispuesto a ejecutar al alba del lunes? Martín Lasarte (vuelvo a lamentar tener que referirme al pasado prehistórico) tuvo fecha de caducidad en la semana del partido contra el Sporting de Gijón en Anoeta. Desde entonces, el hombre que planificaba esta temporada junto a otros estamentos del club podía intuir que no estaría en el banquillo realista. Apenas un mes desupés llegó la confirmación. El uruguayo, en cuanto se lo comunicaron, prefirió no recibir motivos ni justificaciones. El problema es que tampoco las escuchó la afición. Y así estamos.

Se lo dije al Flaco. El francés debe dejar de hacer probaturas extrañas (que repita en Sevilla un equipo similar al del domingo pasado puede ser la mejor noticia), dar confianza a quien la merece y quitársela a quien, por ahora, no se la ha ganado. Es hora de montar en el campo un gabinete de crisis que nos ayude a salir de ella.

La Real, como equipo (no como club), no tiene tantos problemas ni tan poca calidad como para ser colista. De hecho, en apoyar la continuidad de Montanier (pura lógica) no me ganaría nadie, aunque el fútbol sea fútbol. Da igual. El fútbol sabemos lo impredicible y traicionero que es, pero también lo que son algunos dirigentes. Y así se lo comenté al Flaco hace dos semanas. El papelón no está en el campo (que es lo que ocupa), sino en los despachos (lo que preocupa).

Sería incoherente que Loren impulsara la decisión de destituir a Montanier y siguiera en su cargo. Sería incoherente que el consejo fuera quien decidiera motu proprio relevar a Montanier pero dejara a Loren en el cargo. Sería incoherente, desarrollo el primer escenario, que Loren aconsejara cambiar de entrenador, el consejo lo aceptara y le encargara, incluso, que busque un relevo que igual no hace falta ni buscarlo (¡ay!). A la destitución de Lasarte, a la posible de Montanier (aunque haya una rescisión de mutuo acuerdo, como se especula) y a la indemnización pagada al Valenciennes, tendrías que sumarle otra destitución.

La salida de la situación es fácil -otra vez- pero cara. Pocos clubes serios pueden aguantar dos destituciones y sus consiguientes indemnizaciones en seis meses. Y pagar otra tercera compensación a otro club por dejarle sin entrenador. Y un cuarto resarcimiento, al exdirector deportivo. La llegada de los flaps y los slats, esos dos jugadores que -ha quedado demostrado- tienen unas características que no sirven para cubrir las carencias del equipo, lejos de ayudar, hunde más los recursos del club. Y las carencias, como el agua, Flaco, siguen ahí. Con cubrir esas carencias (lateral y delantero) y apuntalar alguna otra posición, bastaba y basta. Incluso con el malo de Montanier en el banquillo.


Se puede recorrer el camino más fácil y más corto, Cándida. No resolver el papelón, destituir al entrenador, organizar un desaguisado en el que fichemos a los cinco jesulis que pida el Lotina de turno y quemar una temporada -la de la "consolidación del proyecto" y el "salto de calidad"- en la que quedaremos decimoquintos. Todo para volver a ser lo que fuimos antes de bajar a Segunda. Lo que cuando subimos a Primera, mientras nos emborrachábamos al grito de Aperry, quita las pistas, prometimos que nunca volveríamos a ser. Eso mismo.

Con Dios.