30/11/11

En caliente, por Diego Carasusán*

Esa es mi hija


Domingo. Seis de la madrugada. Mi hija Lucía, una princesa de 5 años y medio de la que alguna vez ya les he hablado en esta columna, se despierta entre llantos. Tiene fiebre y le duele mucho la cabeza. El termómetro confirma sus quejas.

Antes de recurrir a los medicamentos, intento que su malestar se calme con otros ‘fármacos’ menos agresivos -o quizás no-: los dibujos animados. Así, después de tres horas ininterrumpidas de Pocoyo, Caillou, Bob Esponja, y Dora la Exploradora, parece que mi princesa recupera la sonrisa.

Son las 9 de la mañana y Lucía ya está mejor. Ha llegado el día que estaba esperando desde hace meses. Es domingo y, a las 10.30 horas, comienza la Carrera de Amimet, una prueba atlética popular en la que mi pequeña ha corrido casi antes que saber andar…, y no quiere que unas décimas de fiebre le estropeen el plan.

Pero para tener fuerzas suficientes para competir tiene que desayunar algo. Sentada en la mesa de la cocina, Lucía se dispone a comer un bollo con un poco de zumo. Al segundo bocado llega la nausea y, acto seguido, el vómito. Mi enana no puede. El estómago rechaza el alimento y debilita todavía más a mi pequeña que apenas puede reprimir las lágrimas de rabia por estar enferma justo ese día.

Entonces llega uno de esos momentos que, si supiera dibujarlo, ya tendría enmarcado y colgado en la pared de mi casa. Es un momento vital. Lucía se ha manchado las manos al intentar frenar el vómito y se dirige junto a mí al cuarto de baño para limpiarse. Sabe que no va a poder competir. Está demasiado débil. Está derrotada. En ese instante, mientras intento asearla a base de toallitas con aroma a aloe vera, mi pequeña levanta su rostro, me mira fijamente con sus ojos todavía vidriosos, y me dice con voz débil pero firme: “Papá…, voy a intentar correr”.

Les puedo asegurar que, en ese instante, no se podía encontrar en el mundo un padre más orgulloso que yo.Ese carácter es el que cada vez echo más en falta en mi querida Real. Esa casta que antes nos distinguía y de la que tantas dificultades nos ha salvado. Esa garra casi irracional que ganaba partidos imposibles. Esa rebeldía ante cualquier injusticia que, una vez, nos hizo campeones.

Algo de eso se vio en el Benito Villamarín. El equipo dio la cara, algunos de nuestros señoritos se remangaron para ayudar en tareas defensivas, y todos los jugadores fueron solidarios para ayudar al compañero de al lado. Con esa base se podía creer en la victoria, esa misma victoria que llegó de forma agónica en el descuento. Muchos dicen que fue pura suerte, pero, como les he dicho tantas veces, la suerte sonríe a los valientes, y el domingo mi Real lo fue.


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.