11/10/11

My way. Carta a Alain

Estimado Alain:

¿Recuerdas cuando estabas de vacaciones en Túnez y tu hijo Antoine, de 13 años, te llamó diciéndote que un club de la Liga española quería hacerle una prueba? Calculo que desde entonces han pasado unos seis años. Quizá siete. Muchas categorías desde aquel primer equipo en el que Antoine tenía problemas para hacerse entender. Bastantes entrenadores y unos cuantos compañeros de equipo.

Entremedias, el affaire Olhats más que no beneficiarle, le perjudicó de pleno. Y acusó el golpe. Uno, y menos con esa edad, no está a lo que tiene que estar. Martín Lasarte, mejor que bien, supo llevarle por el buen camino, pero la adolescencia llevó a Antoine a descubrir la noche donostiarra. Lógico. Ley de vida, es cierto, pero como reconociste el sábado en El Mundo Deportivo, Antoine necesita centrarse.

Esa adolescencia que va y viene sería lo normal y la afición entendería perfectamente. Una temporada, y más para un canterano debutante, se hace larga y si, además, está llamado a ser uno de los que más pelea contra la muralla rival, con más razón. Hasta ahí, cosas de la vida, insisto. Pero ¿qué pasó por su cabeza, en cambio, cuando en Medellín dijo que se quería ir de la Real?

Las culpas las cargan su agente el malo –busca sacar dinero y si con todos actúa igual, el suyo debe ser un negocio que marcha a las mil maravillas- y a periodistas que le han nublado la mente, amén de otros que han malmanipulado sus palabras. Las palabras de tu hijo en Radio Euskadi, Alain, fueron desoladoramente claras. Se quería marchar y quería progresar yéndose al Atlético de Madrid.

Mira. La afición de la Real cada vez perdona más a quien va a Bilbao. A buen seguro, los últimos casos –y son unos cuántos- que han cruzado la A-8 e irremisiblemente han fracasado en San Mamés tranquilizan a Anoeta. Pero detrás del Athletic, el equipo que más rabia puede dar, y con más motivos que los vecinos de Bilbao, son los que pueblan las orillas de ese río Manzanares que la noche del 8 de diciembre de 1998 se tiñó de rojo sangre. El representante de Antoine, que en el párrafo anterior era bueno por intentar hacer a toda costa negocio para él y para su representado, se convierte en malo, al ser incapaz de planificar una salida de la Real sin pisar ninguna mina. Las ha pisado todas y han explotado todas.

¿La consecuencia? La pitada de la grada contra Antoine el día del Brest. Los aficionados son los únicos que han actuado de manera coherente en toda esta historia, tal y como se esperaba. Ni Antoine ni su representante han acertado cada vez que han hablado, y el Consejo de Administración empezó con mal pie cuando dejó en boca de un consejero raso la primera respuesta que debía dar como entidad. Tenía que haberle cortado la hierba al señor agente debajo de los pies. Parar de salida este asunto que estaba a punto de explotar.

Y que sí, terminó por explotar, corregir y volver a reventar. Cierto es que Antoine no es el único que pretende obtener ante la prensa lo que no ha demostrado en los terrenos de juego. Ahí está Diego Ifrán, que cada vez que nos descuidamos se planta ante un micrófono abierto y amaga con marcharse a ni siquiera él sabe dónde. El caso de Joseba Llorente, del que también se habla mucho, es (muy) diferente. Tiene casi 32 años y sabe de qué va esto mejor que todos nosotros, pero quiere jugar –como cualquiera, sí- y todos miramos a ver cómo está, de físico y de ánimo.

La papeleta de vuestro compatriota Montanier, nadie sabe ni cómo ni por qué, se ha presentado casi de golpe un pelín complicada. Un Ifrán que está aburrido, un Llorente al que cuidado cómo se le trata y tu hijo, que nos arma un jaleo, casualidad, cada vez que se concentra con les Bleus.

El de Antoine, Alain, es el drama de muchos niños-prodigio que cuando dejan de ser niños a lo máximo que pueden aspirar es a ser prodigios. De esos, la mayoría es la que se echa a perder. Y a los que no, les vienen los problemas cuando dejan el prodigio del fútbol. Para entonces, los buenos casos habrán crecido en un ambiente que les habrá ayudado a una buena educación. Y vivirán bien. El resto dilapidará su millonaria fortuna para los 40 años.

Se ve que hasta ahora nadie del club es capaz de gobernar sobre Antoine. Espero que tú sí puedas hacerlo. Si hace falta, hablaremos con el bueno de Philippe para que te lo mande a Macon una semana, como decías en El Mundo Deportivo. Nosotros, cuando nos lo quitemos –hoy parece más una carga que un filón- ganaremos unos millones pero habremos perdido un jugador que pensábamos que nos sacaría de la miseria deportiva. Hemos perdido la ilusión del que podía ser el digno sucesor de Javi de Pedro. De vosotros, del club, de ti y de Isabelle depende comprar unos pocos muebles, siquiera de Ikea, y ponérselos a Antoine en la cabeza. El fútbol lo agradecerá.

Con Dios.