My way. Carta a Carles
Estimado Carles:
El viernes pasado, cuando me contaron que a finales de esta semana vendrías a visitarnos, esbocé media sonrisa. Me vinieron a la mente bastantes momentos y partidos, la mayoría buenos. Dos, sobre todo. Terminaron 2-1. El último, el del año pasado.
No tenía mayor historia más que el de nuestra salvación, algo nimio si lo comparamos con la magnitud del universo o con vuestras vitrinas de trofeos. Ganamos. Vosotros veníais dispuestos a sentenciar la Liga y, nos lo recordasteis, a “igualar el récord de 32 partidos consecutivos sin perder de la Real de la temporada 1979/80”. Pase el mal tópico de que los catalanes sois de puño cerrado –falso-, pero de ahí a no saber contar que la imbatibilidad está sellada en 38 partidos...
Importa muy poco lo anterior con el equipo que habéis hecho. Os ha costado años (y dinero), ir, corregir y volver, pero tenéis la mejor plantilla del mundo y, por extensión, del universo. Inapelable, tú. Habéis deleitado a los futboleros con lecciones, primero silenciosas y que luego solo suenan a aplausos –sin otro jaleo mediático-, como la del 0-3 de Ronaldinho en el Santiago Bernabéu (con esa me voy a quedar). Con una manera pasmosa de levantar partidos que nunca dieron la sensación de perdidos. Quien se sentaba en la tele sabía que apareceríais por algún lado, como quien se sentó en el Reyno de Navarra en aquella fría tarde de diciembre sabía que, pese al retraso, el partido se jugaría. Aparecisteis. Como Iniesta en Stamford Bridge –hoy no toca hablar de Tom Henning Ovrebo-. Con buenos y magníficos partidos ante el Real Madrid. Y mejores peleas de boxeo.
La última, la de la Supercopa, fue al menos a las tantas de la madrugada. Los niños (y las niñas) estarían en la cama cuando el malo de José le metió el dedo en el ojo a vuestro segundo entrenador, Tito Pito Vilanova. Aquel espectáculo resultó deplorable. Lo del extraductor, como le llamáis, no fue para echarlo de la Liga. Lo tenían que haber expulsado de la civilización.
Estoy de acuerdo contigo, Carles. Hay afrentas al seny que no se pueden tolerar. Por eso, más medio mundo os ve como abanderados del juego limpio frente al Madrid de Mourinho o a la Holanda de De Jong. Aparte de ese más de medio mundo, están los merengues ciegos de tanto masturbarse con el mourinhato y estamos los puñeteros que nos acordamos del partidodelsiglo que pitó el mismo Medina Cantalejo que por menos de lo que ocurrió en aquel clásico elaboró un informe que dio con nuestros huesos en El Sadar en 2001.
Aquel año, en el Camp Nou volaron más proyectiles que en Normandía en pleno desembarco aliado. El discurso de un club y de otro, con Mourinho lejos, era el mismo que hoy. ¿Te acuerdas, Carles? Vuestro presi, Joan Gaspart, indignado, hablaba de provocaciones del tal Figo (no se puede decir que hayáis elegido bien a los portugueses en general): “No creo que los profesionales tengan que provocar a la gente. Tienen que comportarse y jugar a fútbol, tirar las faltas y los córners rápidamente”. Asumamos, a vuestro favor, esta tesis. Pero si Figo provocó, ¿quién en su sano juicio va al campo con una botella de J&B? ¿A qué? Y, el remate, ¿qué parte del seny que os distingue guardáis en una cabeza de cochinillo?
Eso, aunque más oculto que el expediente de clausura del campo, es pasado y bien está que así lo sea. Hoy el resplandor y el brillo de las copas deslumbran todo lo demás. Lo bueno es mucho y bonito. Y, si no fuera porque acaba por aburrir -¡Dios me libre de decir que vuestro estilo de juego hace daño al fútbol!-, eso está bien. Que, por ahora, seáis felices. Con Joan Laporta o Sandro Rosell. Un ratito, hasta la hora de cenar aunque sea.
Se lo dije a José Luis el otro día. Tanto a ti como a él, el fútbol os ha reservado una gloria que un día os quitará. Son cosas del balompié. Como el dinero de Qatar. De todo esto y de muchas cosas más tendremos oportunidad de hablar el sábado al mediodía, antes del partido. Para entonces sabremos qué ha dado de sí el golpe de estado de Sevilla. Qué manera más curiosa de bautizar los hechos que no os gustan tenéis los del establishment. Ya os veo con el Real Madrid, como PSOE y PP, juntos por necesidad.
El sexo hacía extraños compañeros de cama, pero más raros parece que los van a hacer los derechos televisivos. Conste que lo que vienen a ser los golpes de estado no me gustan. Soy más de democracias pero, mirad, que digo yo que demócrata de los de dejarse llevar hay que ser en democracia. Porque ser demócrata pasivo en una tiranía es de imbéciles: te mean y al final acabas diciendo que llueve.
No me voy a extender más, Carles. El sábado hablaremos de esto y de más. La final de Copa del 88 y los fichajes de Rekarte, Begiristain y Bakero. El minuto de silencio que no se le guardó a don Alberto Ormaetxea en el Camp Nou cuando murió o el milloncejo de euros por jugar en el partido de nuestro centenario, el más importante del mundo en Donostia.
Como siempre, no llegaremos a un acuerdo, pero, bueno, siéntete cómodo cuando vengas. Eso sí, no como en casa. Porque, por bien que quieras que nos llevemos con esto de la hermandad vasco-catalana y así, no dejaremos de ser dos equipos que hace no tanto peleamos a cara de perro por las mismas copas y los mismos récords. Y, lo más importante, intentaremos volver a pelear. Aunque solo sea por mantener el de la imbatibilidad. Porque, a diferencia del dinero, la fama y las cabezas de cochinillo, en el fútbol hay cosas que se pueden conservar.
Como esa memoria que nos ayuda a acordarnos de Ormaetxea u Orbegozo, la dignidad que guardamos en Segunda y la esperanza que no perdimos ni tras el gol de Thiago.
El viernes pasado, cuando me contaron que a finales de esta semana vendrías a visitarnos, esbocé media sonrisa. Me vinieron a la mente bastantes momentos y partidos, la mayoría buenos. Dos, sobre todo. Terminaron 2-1. El último, el del año pasado.
No tenía mayor historia más que el de nuestra salvación, algo nimio si lo comparamos con la magnitud del universo o con vuestras vitrinas de trofeos. Ganamos. Vosotros veníais dispuestos a sentenciar la Liga y, nos lo recordasteis, a “igualar el récord de 32 partidos consecutivos sin perder de la Real de la temporada 1979/80”. Pase el mal tópico de que los catalanes sois de puño cerrado –falso-, pero de ahí a no saber contar que la imbatibilidad está sellada en 38 partidos...
Importa muy poco lo anterior con el equipo que habéis hecho. Os ha costado años (y dinero), ir, corregir y volver, pero tenéis la mejor plantilla del mundo y, por extensión, del universo. Inapelable, tú. Habéis deleitado a los futboleros con lecciones, primero silenciosas y que luego solo suenan a aplausos –sin otro jaleo mediático-, como la del 0-3 de Ronaldinho en el Santiago Bernabéu (con esa me voy a quedar). Con una manera pasmosa de levantar partidos que nunca dieron la sensación de perdidos. Quien se sentaba en la tele sabía que apareceríais por algún lado, como quien se sentó en el Reyno de Navarra en aquella fría tarde de diciembre sabía que, pese al retraso, el partido se jugaría. Aparecisteis. Como Iniesta en Stamford Bridge –hoy no toca hablar de Tom Henning Ovrebo-. Con buenos y magníficos partidos ante el Real Madrid. Y mejores peleas de boxeo.
La última, la de la Supercopa, fue al menos a las tantas de la madrugada. Los niños (y las niñas) estarían en la cama cuando el malo de José le metió el dedo en el ojo a vuestro segundo entrenador, Tito Pito Vilanova. Aquel espectáculo resultó deplorable. Lo del extraductor, como le llamáis, no fue para echarlo de la Liga. Lo tenían que haber expulsado de la civilización.
Estoy de acuerdo contigo, Carles. Hay afrentas al seny que no se pueden tolerar. Por eso, más medio mundo os ve como abanderados del juego limpio frente al Madrid de Mourinho o a la Holanda de De Jong. Aparte de ese más de medio mundo, están los merengues ciegos de tanto masturbarse con el mourinhato y estamos los puñeteros que nos acordamos del partidodelsiglo que pitó el mismo Medina Cantalejo que por menos de lo que ocurrió en aquel clásico elaboró un informe que dio con nuestros huesos en El Sadar en 2001.
Aquel año, en el Camp Nou volaron más proyectiles que en Normandía en pleno desembarco aliado. El discurso de un club y de otro, con Mourinho lejos, era el mismo que hoy. ¿Te acuerdas, Carles? Vuestro presi, Joan Gaspart, indignado, hablaba de provocaciones del tal Figo (no se puede decir que hayáis elegido bien a los portugueses en general): “No creo que los profesionales tengan que provocar a la gente. Tienen que comportarse y jugar a fútbol, tirar las faltas y los córners rápidamente”. Asumamos, a vuestro favor, esta tesis. Pero si Figo provocó, ¿quién en su sano juicio va al campo con una botella de J&B? ¿A qué? Y, el remate, ¿qué parte del seny que os distingue guardáis en una cabeza de cochinillo?
Eso, aunque más oculto que el expediente de clausura del campo, es pasado y bien está que así lo sea. Hoy el resplandor y el brillo de las copas deslumbran todo lo demás. Lo bueno es mucho y bonito. Y, si no fuera porque acaba por aburrir -¡Dios me libre de decir que vuestro estilo de juego hace daño al fútbol!-, eso está bien. Que, por ahora, seáis felices. Con Joan Laporta o Sandro Rosell. Un ratito, hasta la hora de cenar aunque sea.
Se lo dije a José Luis el otro día. Tanto a ti como a él, el fútbol os ha reservado una gloria que un día os quitará. Son cosas del balompié. Como el dinero de Qatar. De todo esto y de muchas cosas más tendremos oportunidad de hablar el sábado al mediodía, antes del partido. Para entonces sabremos qué ha dado de sí el golpe de estado de Sevilla. Qué manera más curiosa de bautizar los hechos que no os gustan tenéis los del establishment. Ya os veo con el Real Madrid, como PSOE y PP, juntos por necesidad.
El sexo hacía extraños compañeros de cama, pero más raros parece que los van a hacer los derechos televisivos. Conste que lo que vienen a ser los golpes de estado no me gustan. Soy más de democracias pero, mirad, que digo yo que demócrata de los de dejarse llevar hay que ser en democracia. Porque ser demócrata pasivo en una tiranía es de imbéciles: te mean y al final acabas diciendo que llueve.
No me voy a extender más, Carles. El sábado hablaremos de esto y de más. La final de Copa del 88 y los fichajes de Rekarte, Begiristain y Bakero. El minuto de silencio que no se le guardó a don Alberto Ormaetxea en el Camp Nou cuando murió o el milloncejo de euros por jugar en el partido de nuestro centenario, el más importante del mundo en Donostia.
Como siempre, no llegaremos a un acuerdo, pero, bueno, siéntete cómodo cuando vengas. Eso sí, no como en casa. Porque, por bien que quieras que nos llevemos con esto de la hermandad vasco-catalana y así, no dejaremos de ser dos equipos que hace no tanto peleamos a cara de perro por las mismas copas y los mismos récords. Y, lo más importante, intentaremos volver a pelear. Aunque solo sea por mantener el de la imbatibilidad. Porque, a diferencia del dinero, la fama y las cabezas de cochinillo, en el fútbol hay cosas que se pueden conservar.
Como esa memoria que nos ayuda a acordarnos de Ormaetxea u Orbegozo, la dignidad que guardamos en Segunda y la esperanza que no perdimos ni tras el gol de Thiago.

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