En caliente, por Diego Carasusán*
Irreductibles
Un bárbaro germano, vestido con pieles sin curtir y blandiendo una espada descomunal, sale de la espesura del bosque con los ojos inyectados en sangre. Entre la niebla y el humo del fuego, el salvaje eleva su arma y su voz. En su lengua materna reta a gritos a los miles de soldados romanos que se encuentran ante él. Sus proclamas son respondidas por sus hermanos que aguardan agazapados entre los árboles. Pero sus ininteligibles amenazas no causan el más mínimo temor a la impresionante maquinaria del Imperio desplegada ante el bosque.
Una sola voz tiene más poder que miles de gritos. Una voz, esa voz serena del capitán mercenario hispano ordena cargar a sus soldados. “Fuerza y honor”, dice. Y entonces, cientos de flechas ardientes cruzan el campo de batalla para aplacar los ánimos de los guerreros a sangre y fuego. En pocos minutos, Roma aplasta las defensas germanas y logra una nueva victoria en su imparable expansión por el continente.
Esta escena, prólogo de la célebre película Gladiator, me venía una y otra vez a la cabeza cuando la ‘impresionante maquinaria’ blaugrana bombeaba sin parar balones envenenados a la espalda de nuestra defensa. Con el 0-2 a los 11 minutos, todo hacía indicar que el Imperio Culé iba a lograr una nueva victoria en su imparable expansión.
La semana pasada se habló mucho del injusto reparto del pastel televisivo entre los equipos de la Liga, y ese también fue el tema de conversación que alenté entre mi cuadrilla antes del partido. Sentado entre un madridista y un barcelonista, un servidor mostró su orgullo de defender a un equipo que, pese a no disponer de semejantes ventajas presupuestarias, lucha por competir ante potencias que multiplican por 100 sus ingresos.
Hubo un instante en la discusión en la que me sentí como ese bárbaro germano que sale de la espesura del bosque a defender a pecho descubierto su tierra, su orgullo y su dignidad. Como en la película, mis interlocutores no se molestaron siquiera en traducir mis proclamas. Qué más da. A madridistas y barcelonistas les da igual lo que digan esos salvajes que gritan reclamando sus derechos. Saben que cualquier intento de rebelión se apagará sobre el terreno de juego con goleadas de escándalo ejecutadas por mercenarios a sueldo. Sueldos que se pagan con el dinero que es de todos.
El imperialismo trae consigo la globalización y la simplicidad. Esto es así en todos los órdenes mundiales… y futbolísticos. En EE.UU., o eres republicano o demócrata. En España, cada vez más, no se concibe un votante que no se decante por el PP o por el PSOE. En la Liga, la bipolaridad es total: o del Madrid o del Barça. Yo me resisto a esto. Cuando la Revolución Cubana triunfó, sus responsables, y el Che Guevara en concreto, estrecharon lazos de colaboración con la URSS para poder plantar cara al imperialismo devastador de los EE.UU. Enseguida el comandante argentino se dio cuenta de que los rusos eran los mismos perros con diferentes collares, y decidió seguir su camino en solitario sabiendo perfectamente que ante tal insolencia le esperaba un final como el que tuvo.
Por eso, la mayoría elige el camino fácil. EE.UU. o URSS, PP o PSOE, Coca-Cola o Pepsi…, Madrid o Barcelona. Dos bloques. Blanco o negro. Sin matices intermedios. ¡Elige o muere!
Pero no. Yo no soy así. Yo soy de la Real. Yo no abandoné a mi equipo cuando el todopoderoso (y cada vez más prepotente madridista) Barcelona nos sangraba 0-2 en Anoeta.
Sobrevivimos y llegamos al descanso. Conecté el móvil y lancé un mensaje al hiperespacio a través de Twitter: “Pase lo que pase…, Aupa Erreala!”. Toda una declaración de intenciones.
Entonces la película cambió. Los bárbaros germanos se revolvieron ante las acometidas romanas y alzaron todavía más su voz. Una lanza cruzó el campo de batalla e impactó en el pecho del capitán mercenario hispano. Sorprendido por tamaña insolencia, y de forma consecutiva, el romanizado oficial recibió un demoledor martillazo en su espalda que le hizo arrodillarse ante las hordas bárbaras que le asediaban. Dos golpes de bravura. El capitán alzó su brazo y a su llamada de auxilio acudieron otros mercenarios captados para la causa de los más recónditos confines del mundo. Pero poco pudieron hacer ante el ímpetu de unos guerreros que, por un día, no quisieron claudicar ante el Imperio.
Orgulloso. Estoy muy orgulloso de ser de la Real. Me encanta pertenecer a un equipo como el mío, que no se rinde nunca ni baila el agua a los poderosos. Un equipo que plantó cara siempre y, por eso, llegó a ser el más pequeño de los grandes, y el más grande de los pequeños.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
Una sola voz tiene más poder que miles de gritos. Una voz, esa voz serena del capitán mercenario hispano ordena cargar a sus soldados. “Fuerza y honor”, dice. Y entonces, cientos de flechas ardientes cruzan el campo de batalla para aplacar los ánimos de los guerreros a sangre y fuego. En pocos minutos, Roma aplasta las defensas germanas y logra una nueva victoria en su imparable expansión por el continente.
Esta escena, prólogo de la célebre película Gladiator, me venía una y otra vez a la cabeza cuando la ‘impresionante maquinaria’ blaugrana bombeaba sin parar balones envenenados a la espalda de nuestra defensa. Con el 0-2 a los 11 minutos, todo hacía indicar que el Imperio Culé iba a lograr una nueva victoria en su imparable expansión.
La semana pasada se habló mucho del injusto reparto del pastel televisivo entre los equipos de la Liga, y ese también fue el tema de conversación que alenté entre mi cuadrilla antes del partido. Sentado entre un madridista y un barcelonista, un servidor mostró su orgullo de defender a un equipo que, pese a no disponer de semejantes ventajas presupuestarias, lucha por competir ante potencias que multiplican por 100 sus ingresos.
Hubo un instante en la discusión en la que me sentí como ese bárbaro germano que sale de la espesura del bosque a defender a pecho descubierto su tierra, su orgullo y su dignidad. Como en la película, mis interlocutores no se molestaron siquiera en traducir mis proclamas. Qué más da. A madridistas y barcelonistas les da igual lo que digan esos salvajes que gritan reclamando sus derechos. Saben que cualquier intento de rebelión se apagará sobre el terreno de juego con goleadas de escándalo ejecutadas por mercenarios a sueldo. Sueldos que se pagan con el dinero que es de todos.
El imperialismo trae consigo la globalización y la simplicidad. Esto es así en todos los órdenes mundiales… y futbolísticos. En EE.UU., o eres republicano o demócrata. En España, cada vez más, no se concibe un votante que no se decante por el PP o por el PSOE. En la Liga, la bipolaridad es total: o del Madrid o del Barça. Yo me resisto a esto. Cuando la Revolución Cubana triunfó, sus responsables, y el Che Guevara en concreto, estrecharon lazos de colaboración con la URSS para poder plantar cara al imperialismo devastador de los EE.UU. Enseguida el comandante argentino se dio cuenta de que los rusos eran los mismos perros con diferentes collares, y decidió seguir su camino en solitario sabiendo perfectamente que ante tal insolencia le esperaba un final como el que tuvo.
Por eso, la mayoría elige el camino fácil. EE.UU. o URSS, PP o PSOE, Coca-Cola o Pepsi…, Madrid o Barcelona. Dos bloques. Blanco o negro. Sin matices intermedios. ¡Elige o muere!
Pero no. Yo no soy así. Yo soy de la Real. Yo no abandoné a mi equipo cuando el todopoderoso (y cada vez más prepotente madridista) Barcelona nos sangraba 0-2 en Anoeta.
Sobrevivimos y llegamos al descanso. Conecté el móvil y lancé un mensaje al hiperespacio a través de Twitter: “Pase lo que pase…, Aupa Erreala!”. Toda una declaración de intenciones.
Entonces la película cambió. Los bárbaros germanos se revolvieron ante las acometidas romanas y alzaron todavía más su voz. Una lanza cruzó el campo de batalla e impactó en el pecho del capitán mercenario hispano. Sorprendido por tamaña insolencia, y de forma consecutiva, el romanizado oficial recibió un demoledor martillazo en su espalda que le hizo arrodillarse ante las hordas bárbaras que le asediaban. Dos golpes de bravura. El capitán alzó su brazo y a su llamada de auxilio acudieron otros mercenarios captados para la causa de los más recónditos confines del mundo. Pero poco pudieron hacer ante el ímpetu de unos guerreros que, por un día, no quisieron claudicar ante el Imperio.
Orgulloso. Estoy muy orgulloso de ser de la Real. Me encanta pertenecer a un equipo como el mío, que no se rinde nunca ni baila el agua a los poderosos. Un equipo que plantó cara siempre y, por eso, llegó a ser el más pequeño de los grandes, y el más grande de los pequeños.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
