05/09/09

Una tarde feliz*



La tarde del 13 de abril de 2003 fue, probablemente, la más feliz de todas las que ha vivido la Real en Anoeta. Aquel día, el equipo más grande de los pequeños y más pequeño de los grandes devoró a lo que la prensa bautizó como el Real Madrid galáctico. El de Casillas, Hierro, Roberto Carlos, Figo, Zidane Raúl y Ronaldo. Aquel día, la Real y los realistas volvieron a soñar con la posibilidad de ganar de nuevo una Liga. Aquel día, el fútbol le devolvió al conjunto txuri-urdin toda la ilusión perdida en los dos interminables ejercicios anteriores, en los que el único deseo era terminar la temporada en Primera División. Aquel día, el fútbol dejó en Anoeta una tarde para recordar, que todavía permanece en la memoria de todo el que pisó sus gradas o su césped y de todo aquel que vio el partido por televisión.

Porque aquel día, la Real demostró que iba en serio, que era un candidato fiable en la lucha por el título de Liga. No le había bastado hacer una primera vuelta excepcional en la que no perdió ni un solo partido. Tampoco haber empatado en el Bernabéu en la primera vuelta para defender su liderato. Faltaba la demostración de poder que se vivió aquella tarde en Anoeta. Una demostración que, además, llegó en el mejor momento. El Real Madrid llegó a San Sebastián habiendo desbancado a la Real del liderato de la Liga y con seis puntos de ventaja. Los mismos le sacaba al Deportivo. Los gallegos había derrotado en Riazor al equipo donostiarra una semana antes y se habían colocado segundos. Muchos descartaron entonces al equipo de Raynald Denoueix. Pero uno de los partidos más memorables de la historia reciente sacó a todo el mundo de ese error.

En el minuto 2, De Pedro sacó de banda hacia Aranzabal, que recogió el balón, se internó en el área regateando a Hierro y cedió el balón a Kovacevic. Cómo disfrutaba el serbio al jugar contra el Real Madrid, el equipo al que más goles le ha marcado con la camiseta txuri-urdin. El partido no había hecho más que empezar y la Real ya estaba por delante. En el minuto 19, los mismos protagonistas elaboraron el 2-0. De Pedro para Aranzabal, éste devuelve el balón al 10, que centra al área, como tantas otras veces, para que Darko haga gol. El delirio se apodera de las gradas de Anoeta, que está viendo a su Real devorar al Real Madrid y, de paso, acercarse un poquito más al liderato. Aquel instante es de los más felices que ha vivido el todavía joven estadio donostiarra. A partir de ahí, los cinco minutos más frenéticos que ha vivido la Real probablemente en sus cien años de historia hicieron el sueño aún más feliz.

En el minuto 31, Rekarte se interna por la banda derecha, cede el balón a Nihat y éste, con el único pensamiento de marcar gol, el mismo que mostró tantas veces a lo largo de aquella temporada, se interna en el área como un puñal. Hierro y Helguera ni le ven pasar. La desesperada salida de Casillas tampoco consigue detenerle. El turco hace el 3-0. En la siguiente jugada, Zidane lanza un pase estratosférico a Ronaldo, que hace lo que mejor sabe hacer, mandar el balón al fondo de la red de Westerveld y, al mismo tiempo, engrandecer el triunfo de la Real. 3-1. ¿Puede el Madrid remontar este partido? Minuto 32. Xabi Alonso recibe el balón y avanza hasta la frontal del área. Con un fabuloso derechazo, coloca el balón en la misma escuadra, donde Casillas no puede llegar. 4-1 y Anoeta enloquece. Saca el Madrid de centro y tras una rápida jugada Zidane envía el balón al palo. Ahora sí. Ahora ya hay convicción de que la Real ganará el partido.

El espectacular fútbol que sirvió para endosarle cuatro goles en apenas media hora al Real Madrid se convirtió entonces en una lección táctica. Denoueix le enseñó a Del Bosque cómo se mata un partido ante un equipo descomunal. Las grandes estrellas del Madrid se sintieron impotentes ante la exhibición de fuerza y talento de Aranburu y Xabi Alonso en el centro del campo, ante el apabullante trabajo defensivo de Kvarme y Jauregi, ante el carácter indomable de Karpin. El Real Madrid sólo pudo acortar distancias cuando faltaban siete minutos para el final, por medio de Porillo. El portentoso primer tiempo de la Real dejó la segunda parte ante todo un Real Madrid en un trámite para la Real y un deleite para los entusiastas de la táctica. Todo funcionó a la perfección: la presión desde los delanteros, la velocidad por las bandas y de un Nihat en estado de gracia, el olfato del mejor Kovacevic, la distribución de balón gracias a un Xabi Alonso impresionante, y una defensa seria y sobria.

“Hay que reconocer la superioridad de la Real. No ha habido color”, dijo Casillas tras el partido. “Ni yo ni nadie de la Real lo vamos a olvidar en mucho tiempo”, apostilló Denoueix. “La Real le deja temblando”, titulo Marca al día siguiente, mientras que As destacaba la “lección galáctica” que había recibido el Madrid. “Apoteósica Real”, decía El País. El Diario Vasco vio una “tarde de magia” y El Mundo Deportivo resumió lo que sentimos aquel día todos los realistas de nuestros jugadores: “Gigantes”. Todos. Desde el primero hasta el último, desde los titulares a los suplentes, desde su entrenador a los que no jugaron. Todos eran unos gigantes que llevaron a los 32.000 espectadores que abarrotaron Anoeta y otros muchos miles de realistas al sueño más bonito que hemos vivido en años. Lástima que no pudiera ser. Pero qué recuerdos más hermosos.




* Por Juan Rodríguez Millán, editor de Corazón txuri-urdin.

Hora de tomar la tensión*

Ha llegado la hora de tensionar el club”. Luis Uranga no se refería a crear tensiones internas (PDF de El Mundo Deportivo), sino a “poner en el primer plano conceptos como exigencia, rendimiento, profesionalidad, determinación y decisión”, porque “en el fútbol profesional, no hay lugar para la relajación”. Era mayo del año 2000. En diciembre, Uranga dimitía y José Luis Astiazarán derrotaba a Ignacio Gallo y Peio Gibelalde en unas urnas que se abrían 41 años después. Desde Agustín Ciriza, no habían hecho falta elecciones.

El oriotarra nacido en México no acabó su mandato y saltó a la poltrona madrileña en 2005. Entró Miguel Fuentes y la Real del subcampeonato, que encandiló a media Europa, ya no olía tan bien. En mitad de la polémica por las dudas suscitadas en la gestión del anterior Consejo de Administración, el Consejo de Fuentes se propuso intentar paliar una de las mayores desventajas de la Real desde el proceso de conversión en SAD: la falta de patrimonio de la institución.

Las cifras contables publicadas por Denon Erreala en septiembre de 2005 disparaban la deuda cifrada por Astiazarán (esas “pequeñas tensiones de tesorería”) en 17,3 millones de euros hasta los 30. La caja de los truenos se abrió de par en par a pesar de que, con esos 30 millones, la Real seguía siendo uno de los clubes menos endeudados de Primera. El problema se situó (y la situación actual proviene directamente de este hecho) en que, a diferencia del resto, la Real no tenía con qué garantizar los créditos solicitados a las entidades financieras.

Muchos equipos, en plena huída hacia adelante, derrochaban con alegría y champán en fichajes cuyos montantes eran avalados por cajas de ahorro. ¿Las garantías? El valor de los terrenos de los campos de fútbol de los equipos principalmente. La Real solo contaba con los terrenos de Zubieta. Sin recalificar.

Así, y con una situación de insolvencia permanente por no poder contar con efectivo para pagar los intereses y el capital de las deudas ya contraídas, la medida principal fue incrementar el capital social. Aquella ampliación de capital daría la oportunidad a los 20.000 abonados que no habían tenido ocasión de acudir a la conversión de 1992 de convertirse en dueños jurídicos de un pedazo de la Real.

Tras el frustrado intento de ampliación de Astiazarán en una Junta Extraordinaria en vísperas de Nochevieja de 2004 (que a punto estuvo de costarle su cargo y la consiguiente imposibilidad de ostentar seis meses después el cargo que ahora ocupa en la LFP), la propuesta de Denon consistía en que la afición de la Real se hiciera con 131.500 acciones, lo que hubiera supuesto una inyección e 6,7 millones de euros, amén de otras medidas como la subida de cuotas popularmente contestada pero también aceptada. La sombra de operaciones como la de Piterman en el Alavés llevó a incluir algunas condiciones extra como establecer el límite de acciones que una única persona u organización pudiera ostentar al 2% del capital total.

Los planes de Denon no salieron como esperaban ya que sólo se cubrió el 51% de la ampliación propuesta, y gracias a que el último día el entorno de Miguel Fuentes adquirió un 16%. Razón por la que, tras destaparse el escándalo y con el equipo en caída libre a Segunda, le llevó a abandonar la presidencia. La ampliación supuso la entrada en el capital de la Real de 4.895 nuevos accionistas, y un desahogo financiero de casi 3,5 millones de euros para las arcas del club.

Los problemas de todo tipo, sin embargo, permanecieron donde estaban. La salida del Consejo Aperribay bajo escolta policial es el penúltimo giro del bucle de las tensiones. La sucesión de hechos irrelevantes por sí mismos pero definitivos uno detrás de otro han llevado a la Real, a las puertas de los cien años, a no saber quién es. Ahora, el presidente es Jokin Aperribay.




* Por Oier Marigil.

04/09/09

Con el puño en alto*


Gol de Satrústegui. Celebración con el puño en alto. Siempre, fuera con más o menos rabia o con más o menos compañeros abrazados, pero siempre con el puño en alto. Una imagen que vimos 162 veces, tantas como goles marcó esta leyenda realista. No sería un portento de calidad. No tendría la clase de otros delanteros de su época. Pero era nuestro delantero, era el jugador que más veces ha cantado gol vistiendo la camiseta txuri-urdin, y eso cuenta. Ya lo creo que cuenta. Porque Satrus, digan lo que digan de él, era uno de los grandes.

Llevaba el gol en la sangre e hizo vibrar a los realistas en todos y cada uno de los 374 partidos que jugó. Pudieron ser más, pero una gravísima lesión se cruzó en su camino. Y, quizá, también en el de aquella Real campeona, que puede que hubiera llegado aún más lejos si su nueve hubiera podido seguir jugando algún año más al máximo nivel. Porque no marcó en Gijón, ni ante el Athletic en la segunda Liga, ni en la Supercopa, pero no hay quien entienda la Real campeona sin él. Porque no pudo jugar en Hamburgo, donde la Real rozó la gloria europea. Porque se retiró con sólo 32 años, y después de dos temporadas prácticamente en blanco.

¡Quién nos iba a decir que fue toda una carambola que Satrústegui acabara vistiendo la camiseta de la Real! Estaba ya fichado por Osasuna, pero el club navarro no cumplió con lo que había prometido a este delantero pamplonés de 17 años. La Real aprovechó la circunstancia y se trajo a Satrus para su filial. Sólo estuvo dos temporadas en el Sanse, donde jugó 42 partidos y marcó 13 goles, aunque no terminó de congeniar con su entrenador, Javier Expósito. Rafa Iriondo, del que siempre ha dicho que es el técnico que más le enseñó, le sube al primer equipo en la temporada 73-74.

Debutó en la segunda jornada de Liga, en Murcia. La Real empata y él no marca. Todavía no. Para ver su primer gol hay que esperar hasta la mitad de la segunda vuelta. 1-2 en Valencia. Los dos de un Satrus que todavía no lucía el bigote con el que todos le recordamos. Todavía no. En su primera temporada, en la que la Real se clasificó para la Copa de la UEFA por primera vez en su historia, sólo marcó tres goles. Después sería el máximo goleador de la Real en seis de las siete temporadas siguientes. Sólo Muruzábal marcó dos goles más que él en la temporada 75-76.

Satrus es el autor del primer gol de la Real en Europa, ante el Grasshoppers en septiembre de 1975. Metió dos aquel día. Los mismos que cuatro años después ante el Inter de Milán, en el que para muchos ha sido el mejor partido txuri-urdin en competición continental. Los mismos que en el famoso día de la ikurriña, en 1976, cuando la Real le endosó cinco goles, cinco, al Athletic. Quien estuvo en Atotxa aquel día todavía recuerda el gustazo de ver a Iribar recoger el balón de su portería en otras tantas ocasiones. Y quien ha visto el golazo que le marcó Satrus, de cabeza desde la frontal del área, tiene que reconocer que es uno de los mejores que se vieron nunca en Atotxa. Fue el primero de los catorce que le metió al Athletic.

Como parte esencial del equipo de las 32 jornadas invicto de la temporada 79-80 (en esta campaña y en la anterior, llegó a su máxima cifra de goles en Liga: 20) y del que logró ganar la Liga en las dos temporadas anteriores, Satrus vivía su momento dorado. Le quiso el Barcelona, pero él lo tenía todo en la Real. Ya era internacional, Kubala le llamó en 1975 por primera vez. Con el combinado español jugó 32 partidos y anotó ocho goles. Estuvo en la Eurocopa de 1980 y en el Mundial de 1982 y, a pesar de que se recuerda aquel torneo celebrado en España como el fin del grupo de jugadores de la Real que poblaba la selección, Miguel Muñoz quiso contar con él. Pero llegó la fatídica lesión.

El 10 de noviembre de 1982, la Real empató a cero contra el Zaragoza en Atotxa. Pero aquel día la mayor pérdida que sufrió no fue el punto que se llevó el equipo maño. Zayas cazó al delantero realista, destrozó su rodilla derecha y acabó para siempre con su carrera, aunque Satrus luchó siempre por volver a ser el que era. Estuvo alejado de los terrenos de juego durante dos largos años. Para cuando pudo volver, y aunque el público de Atotxa se rompió las manos para aplaudirle, el puesto de goleador de la Real ya lo compartían Bakero y Uralde. Ormaetxea apostó por ellos, y también lo hizo Toshack.

De eso se quejó amargamente siempre Satrus, de que no le dejaron volver, de que no le dieron continuidad cuando él se veía jugando al fútbol y en la Real. Se retiró cuando a otros jugadores todavía le quedan cuatro o cinco años en activo, y el club le tributó un partido de homenaje, que se celebró en septiembre de 1986. Su último gol lo había marcado el 26 de enero de ese mismo año. En Atotxa. El 6-0 al Valencia. Y con el puño en alto para celebrarlo, como siempre.


* Por Juan Rodríguez Millán, editor de Corazón txuri-urdin.

Locos con la boca llena



Al otro lado se les llena la boca, pero ya hemos visto cómo actúan”. Luis Uranga dijo basta. Era el seis de julio de 1995, ni dos meses después del 5-0 de Anoeta. El Athletic pagaba la cláusula íntegra de 550 millones de pesetas de Joseba Etxeberria y se lo llevaba. Su padre y representante, José Antonio, intentó que la Real rebajara la cantidad. El propio Arrate, presidente bilbaíno, dijo que Betis y Zaragoza pretendían al jugador y que, por favor, negociaran el traspaso. Uranga, que creía recuperada la cordialidad tras el periodo de tierra quemada de Aurtenetxe, se negó.

A Astiazarán, delfín del propio Uranga en la rueda de prensa de la ruptura de relaciones, y a Fuentes les quitaron un jugador cuando se intercambiaban el bastón de mando. Era el 1 de julio de 2005. Diez años después del “caso Etxeberria”. El motivo de la polémica, Iban Zubiaurre. Al contrario que en el de Elgoibar, el de Mendaro costó al Athletic muchos disgustos, varios presidentes y una sentencia judicial desfavorable. La señora Urquijo rompió relaciones con la Real.

Llegaron movimientos en los filiales y en categorías inferiores. Gente que cruzaba la autopista con facilidad de un lado a otro y de otro lado a uno. Agirretxe entre ellos. Llegó Iñaki Badiola y calificó al Athletic como su “segundo equipo”. De ahí a que un vicepresidente realista, nublado por no se sabe qué, formara parte de la expedición oficial del viaje bilbaíno a Noruega no hay más que un paso.

Las relaciones con los equipos del entorno nunca han sido especialmente buenas, pero Mikel Ubarrechena cruzó la línea de lo que cualquier lógica permite. Por no hablar de Díaz de Cerio, Castillo o los posibles futuros. En ese momento es cuando se recuerdan las palabras de Luis Uranga sobre Etxeberria en julio del 95: “Para mí es una operación de consecuencias imprevisibles y quizás irreversibles”.


Foto: el presidente del Athletic y el vicepresidente de la Real visitan a un oso noruego (El Correo).

03/09/09

"No somos nadie" *


El partido más importante de la historia de la Real Sociedad es uno que no se llegó a jugar. La final de la Copa de Europa de la temporada 82-83. ¡Qué cerca estuvo el equipo txuri-urdin de lograr la hazaña continental con la que pocos se atrevieron a soñar! Un gol en fuera de juego ante el todopoderoso Hamburgo alemán, que después vencería en la final a la Juventus, destrozó la ilusión de la Real. Una ilusión que siempre nos va a parecer imposible pero que en abril de 1983 estuvo tan cerca que produce vértigo sólo pensarlo.

Vikingur, Celtic y Sporting de Lisboa cayeron para que la Real llegara hasta las semifinales de la máxima competición europea. Y allí el rival fue el Hamburgo, un equipo imponente, seguramente superior al de Alberto Ormaetxea, pero que al final necesitó de ayuda externa para poder eliminar a los realistas.

Ya quedó claro en el partido de ida que los alemanes eran un conjunto superior. Pudieron ganar con claridad en Atotxa, cuyo público reconoció con aplausos la maestría del Hamburgo en varios lances del encuentro, incluido su gol. Pero un tanto de Gajate a 16 minutos del final dejó abiertas la eliminatoria para la vuelta. 1-1 en San Sebastián y Ormaetxea advirtió: “No vamos eliminados”.

Y eso que el potencial de los teutones no fue el único escollo que tuvo que salvar la Real para hacer frente a esta eliminatoria. Kortabarria y Satrústegui no pudieron jugar ni un solo minuto por lesión y Zamora se perdió la vuelta por el mismo motivo. El centro del campo que pudo sacar Ormaetxea en el Volsparkstadion poco tenía que ver con el de la Real campeona. Pero Larrañaga, Zubillaga, Orbegozo y Diego dieron la cara. Como todo el equipo.

El planteamiento de Ormaetxea fue defensivo. No había otra posibilidad ante las bajas y ante el enorme rival que tenía enfrente. Y ahí dos realistas sobresalieron con un brillo impresionante. Arconada, siempre Arconada, lo paró todo. Por alto y en las salidas, un coloso. Y Górriz, que ya se había hecho grande en los dos títulos de Liga ganados por la Real, demostró que era el perfecto heredero de los galones de Kortabarria. Hrubesch, el delantero germano al que tuvo que marcar, ni olió el balón durante los 90 minutos.

Pero si en el aspecto defensivo la Real estuvo sublime, el ofensivo costó mucho más. En la primera mitad, sólo hubo dos intentos de contraataque que no se pudieron culminar. La Real estaba obligada a marcar para pasar la eliminatoria, por lo que los alemanes esperaban que los de Ormaetxea se lanzaran arriba en busca de ese gol para aprovechar los huecos. No sucedieron así las cosas. La Real salió tras el descanso dispuesta a plantar cara, pero sin descuidar nada atrás. Fueron 45 minutos jugados de poder a poder.

Un cambio resultó decisivo, para bien y para mal. El de Bakero por Uralde. Porque Uralde era el encargado de marcar a Jakobs en las jugadas a balón parado y en un corner llegó el gol de Jakobs. 1-0. Minuto 76. Con sólo catorce minutos por jugar, el Hamburgo se ve ya en la final. Pero sólo cuatro minutos después del tanto alemán, Bakero, precisamente Bakero, lanza un contraataque. Este es el bueno. El balón llega a Diego, que avanza y lanza un cañonazo con su pierna derecha. Por toda la escuadra. No es un solo un gol. Es un golazo.

El que tendría que llevar a la prórroga ante la incredulidad de los once jugadores alemanes, que comienzan a darse gritos entre ellos, y de los 50.000 aficionados que pueblan las gradas. La final parece un poco más cerca. Pero aquí, como en tantos otros momentos de la historia txuri-urdin, llegó la desgracia. Esta vez, con nombre de árbitro. Con el nombre del suizo Galler.

En el minuto 83, tras un saque de esquina y un primer disparo que rebota en la defensa, el balón cae a los pies de Hessen. Está en fuera de juego. Y se ve con claridad porque el alemán estaba parado cuando le llega el balón Pero el suizo no lo marca. Arconada sale corriendo tras el árbitro. “Él ya se dio cuenta bien de lo que había hecho, pero no había posibilidad de nada”, afirmó después el capitán realista. Toda la Real protesta. No sirve de nada.

Como no somos nadie todavía en Europa, ha pitado gol”, resumía Zamora desde su casa. Para ahondar en la desgracia, el linier que dio validez al tanto era alemán. El asistente original sufrió una lesión en el tobillo y el alemán Horeis, al que algún periódico local calificó de “héroe”, ocupó su lugar tras el descanso. Esa lesión provocó un retraso de siete minutos en la segunda mitad. A la Real, probablemente, le costó la final de la Copa de Europa. La gloria estuvo ahí, a un paso. Pero, a pesar de la derrota, la leyenda de aquel mítico conjunto txuri-urdin también se fraguó en Hamburgo.


* Por Juan Rodríguez Millán, editor de Corazón txuri-urdin.

02/09/09

Copa: Real Sociedad 0-2 Rayo Vallecano

La Real, eliminada de la Copa


Y Anoeta abronca a los suyos. Riesgo, de portero titular. Defensa perfectamente titular: Dani Estrada, Ansotegi, Mikel González y De la Bella; doble pivote para Markel y Elustondo; los tres mosqueteros como Nsue, Sergio, Cocoliso y Carlos Bueno en punta.

Para nada. La Real apenas inquietó la meta vallecana en toda la primera mitad. Normal si los jugadores veían la Copa como un "regalo". El objetivo principal, la Liga. Como quien solo come lechuga en la ensalada. Sal, vinagre y aceite, ¿para qué? Déme usted la lechuga. En la segunda parte, tres oportunidades de las que una tenía que haber entrado. El Rayo ha metido dos. Mucha voluntad y nada más. Son profesionales que al igual que paga el abonado, el jugador cobra por estos partidos. De regalo, nada.

Anoeta no se marcha a casa pese al 0-2 (Pachón, 20'; Rubén Castro, 88'). El juego transcurría tranquilo. Tres minutos de prolongación. Los aficionados recontaban el partido: setenta minutos para nada y a destacar diez minutos con Griezmann, Prieto y Agirretxe sobre el campo (con ellos en el banquillo se va a por la Copa, claro). Nada más. Los seguidores, unos 13.000 según el club, piensan. Nadie se mueve. La Real lo intenta a la desesperada. Griezmann centra al segundo palo. No remata nadie. ¿Córner o saque de puerta? Rondo del Rayo Vallecano. Balón aquí, balón allá. Pino Zamorano pita el final. Anoeta se pone en pie y abronca de nuevo a un equipo fracasado.

Y el Lagun Onak, único equipo guipuzcoano en la siguiente fase de la Copa: la tercera fase. El Athletic, ante el Austria de Viena. Y quien quiera tapar, que busque muchas mantas. Qué cruz.


Foto: Martín Lasarte (RealSociedad.com).

El campeón humilde*


Hoy nadie lo duda, pero durante años no todo el mundo lo tuvo tan claro. Alberto Ormaetxea es una pieza tan importante como las demás del equipo campeón de comienzos de los años. Quizá, incluso, la pieza más importante, aunque la memoria colectiva prefiera quedarse con las paradas de Arconada o los goles de Satrústegui. Ormaetxea no acabó de recibir todo el reconocimiento que merecía cuando ocupaba el banquillo de la Real, puede que por esa exagerada fama de técnico defensivo que se le dio durante aquellos años.

Después sí. Después una gran mayoría se dio cuenta de que no iba a encontrar jamás otro entrenador como él cuando lo dejó definitivamente. Un tipo humilde, serio y trabajador. Ormaetxea es el Entrenador de la Real, así, con la inicial en mayúscula, porque él y sólo él puede presumir de haber dirigido a un conjunto txuri-urdin campeón de Liga. Todo en aquella Real era humilde, pero mucho más su entrenador. Todo un campeón humilde.

En su Eibar natal dio sus primeros pasos importantes como jugador Nació el 7 de abril de 1939, y 19 años después ya era titular en el equipo armero. Ese fue su trampolín hacia el Sanse, algunas veces en su lateral derecho pero sobre todo en el izquierdo, en el puesto el que llegaría a lo más alto. Jugó dos temporadas, 34 partidos, en el filial. El descenso de la Real a Segunda en 1962 coincidió con el ascenso de Ormaetxea al primer equipo.

Y aquí comenzó a forjar su leyenda. Once temporadas, 280 partidos y dos goles. Alberto no pudo jugar el famoso partido de Puertollano por lesión. Pero viajó hasta la localidad castellano-manchega para ver el partido desde la grada, junto a Mendiluce. La Real vivía momentos felices, pero la gloria personal tendría que esperar. Dejó el fútbol un año antes de que el conjunto txuri-urdin se clasificara por primera vez para la Copa de la UEFA. La gloria seguía esquivándole, aunque hubiera colaborado decisivamente en la consolidación del equipo en Primera.

Hoy casi todos los realistas habremos visto la foto de un Alberto Ormaetxea feliz saltando del banquillo de El Molinón en la tarde del 26 de abril de 1981, el día en que la Real, la Real de Ormaetxea, se convirtió en un equipo campeón de Liga. Antes de llegar a ese punto, el jugador tuvo que afrontar el siempre duro momento de la retirada. Dejó la práctica del fútbol por dos dolencias distintas (una hernia discal y un problema de menisco). Era 1973, y ese mismo año llegó a los banquillos.

Fue el segundo entrenador de la Real con Iriondo, Elizondo e Irulegi. Cuando se decidió que éste último no continuaría al frente del conjunto txuri-urdin, en el tramo final de la temporada 77-78, José Luis Orbegozo hizo su apuesta: Ormaetxea sería el nuevo entrenador. En aquel momento no podía saberlo, pero el presidente había abierto así el lustro más exitoso de la historia de la Real.

Ormaetxea, con el estudioso Marco Boronat como su segundo, se estrenó devolviendo a la Real a las competiciones europeas, para las que llevaba tres años sin clasificarse. Después llegó la temporada de la imbatibilidad, en la que su equipo estuvo 32 jornadas sin perder, para morir en la orilla y quedar sin el ansiado premio. El premio llegó, como todos sabemos, un año después.

Allí estaba Ormaetxea, celebrándolo en un segundo plano junto al inolvidable Juan Mari Anza, “demasiado seriamente” como llegó a decir con cariño Orbegozo. Decían que era defensivo, sí, pero había conseguido que un equipo pobre y de cantera llegara a lo más alto. Y repitió la hazaña. Pero había quien pensaba que el equipo podía dar más de sí con otro entrenador. No importaba que Ormaetxea llevara a la Real a las semifinales de la Copa de Europa o al primer título de Supercopa ante el Real Madrid el día de los inocentes de 1982. No se valoraba a Ormaetxea de la misma forma que a sus jugadores.

Sin títulos en las temporadas 83-84 y 84-85, sus críticos encontraron terreno abonado. Muchos sabían que no iba a continuar antes que el propio Ormaetxea. El técnico vivió una breve experiencia en el Hércules, pero ya no volvió a entrenar. Puede que no tuviera sentido para él si no era en Atotxa. Estuvo siete temporadas al frente de la Real le convirtieron en el segundo técnico que más campañas consecutivas ocupó su banquillo, tras Benito Díaz, y de los 324 partidos oficiales que dirigió casi la mitad se saldaron con triunfo realista, 157.

El tiempo y la comprobación de que la cima a la que Ormaetxea llevó a la Real es insuperable han acabado con todos sus críticos. Hoy nadie duda de que es el Entrenador de este equipo. La muerte le llegó cuando nadie lo esperaba, el 28 de octubre de 2005. Nos dejó el más grande, pero nos quedó para siempre su legado, el que nos recuerda la escultura instalada junto a Anoeta en el 25 de aniversario de aquel día en Gijón, aquel día en el que Ormaetxea se hizo grande junto a su Real de cantera.


* Por Juan Rodríguez Millán, editor de Corazón txuri-urdin.

Maquillados pero no convertidos*

El proceso de conversión en SAD de la Real, como para la gran mayoría de equipos profesionales que participaban en la Liga Española de Fútbol, supuso un trámite necesario para escenificar ante la Hacienda estatal la purga de pecados acumulados durante décadas. Sólo mantuvieron el título de clubes a secas aquellos que pudieron demostrar un saldo patrimonial positivo entre el 86 y el 90. No fue el caso de la Real. Iñaki Alkiza y su directiva se vieron obligados a poner en marcha una operación en la que miles de aficionados respondieron a la llamada adquiriendo acciones del club de sus amores.

Las declaraciones (PDF) del entonces presidente ya indicaban el éxito del proceso:

En San Sebastián se vive un ambiente de euforia tras la constitución del club en Sociedad Anónima. La directiva de la Real manifestó su total satisfacción al cerrar el proceso y, que incluso se superó con creces el capital mínimo necesario para la conversión en S.A. El presidente de la Rea Sociedad Iñaki Alkiza, agradeció el apoyo mostrado por la afición guipuzcoana en la compra de acciones superando las previsiones iniciales. Alkiza manifestó que "ya me puedo retirar tranquilo después de la constitución en S.A., y tan sólo volvería al cargo en el hipotético caso de que una operación política quisiera hacerse con la presidencia de la S.A".

Alguno opinará que pecó de ingenuo o que era consciente de que la propia operación supuso dejar la institución en manos "amigas", pero lo cierto es que el proceso se cerró con la mayor dispersión de accionistas de todos los clubes que pasaron a la nueva denominación jurídica.

Iñaki Alkiza, cuyo vicepresidente era el padre de Jokin Aperribay, adujo no querer influir en la carrera de su hijo Bittor como profesional en la Real. Dejó el cargo al poco tiempo de finalizar la conversión. Luis Uranga accedió al cargo con los requisitos que la nueva forma jurídica exigía: nombrar un Consejo de Administración (en el que cada miembro presentara una garantía patrimonial antes de acceder) que sustituyese a la antigua Junta Directiva, y someterse a los desiginios de la Junta de Accionistas, en lugar de las anteriores Asambleas de Socios Compromisarios.

12.000 socios, la totalidad de los que poseía la Real en aquella época, fueron llamados a suscribir acciones que permitieran 'socializar' la deuda del club y sanear así las arcas. La atomización se materializó en el hecho de que más del 90% del capital quedó en manos de personas que no acumularon más de 15 acciones cada una. Casi quince años más tarde llegó Miguel Fuentes y una ampliación de capital no tan satisfactoria. Es más, en la última Junta de Accionistas, Alkiza tuvo que apagar la televisión. Muchas cosas no parece que estén como las dejó.


* Por Oier Marigil.
Ilustración: de ABC en 1984.

01/09/09

De cuatro a uno

El Consejo de Administración y el director deportivo, Lorenzo Juarros, confiaban en su capacidad para colocar a Claudio Bravo o a Asier Riesgo en algún equipo antes de que anoche se cerrara el mercado de fichajes. Por eso le hicieron a Toño Ramírez ficha con el primer equipo. Y por eso, cuando la puerta de salida no se abría, el prometedor Javi San Sebastián se tuvo que buscar el futuro en otro equipo que no fuera la Real. Aunque todavía conste en la web oficial como jugador del Sanse, está en Irun.

Ayer, en Anoeta quedaban cuatro porteros: Bravo, Riesgo, Eñaut Zubikarai y Toño Ramírez. A última hora, el Tenerife B reafirmaba su interés en el último guardameta en llegar a la primera plantilla y realizaba una oferta de cesión con una opción de compra. La Real aceptaba.

Quedan, por lo tanto, Bravo, que podría salir al Real Madrid el verano que viene, Riesgo, que se niega a renovar y Eñaut Zubikarai (hasta 2012), que el año que viene, si el Tenerife ejecuta la opción de compra por Ramírez, podría ser el único portero de la primera plantilla.


Foto: Lorenzo Juarros, director deportivo (Real Sociedad).

Cuartos de la Liga, decimocuartos de presupuesto


Pese a los millones que han entrado (y malgastado) a espuertas, las relaciones entre la Real y las instituciones pocas veces han beneficiado al club. Ocurrió con el campo para el Mundial de 1982. En agosto del 78, la Real presentó la solicitud para construir un campo de fútbol en Zubieta. Un crédito a fondo perdido y el acondicionamiento de la zona a cargo del Ministerio de Obras Públicas impulsaban que el campeón de Liga tuviera casa nueva. El Ayuntamiento estaba regido por una gestora municipal hasta las elecciones de 1979. Su presidencia se la repartieron el socialista Ramón Jauregui y el peneuvista Iñaki Alkiza. UCD-Coordinadora Independiente, PSOE y EE se mostraron a favor. El propio PNV y HB, en contra.

José Luis Orbegozo veía cómo le negaban algo que él había perseguido desde que ascendió al cargo. En la 74-75 ya denunció, siete años después de Puertollano y con el equipo en la UEFA, que la Real necesitaba un campo de mayor aforo para generar más ingresos. No hubo manera.

Lo consiguió el 13 de agosto de 1993. El proyecto lo tuteló, precisamente, Iñaki Alkiza. En septiembre de 1999, Atotxa murió. La Real pasaba de 12.000 a 18.000 socios y después a 27.000 socios. De un presupuesto de 400 millones a multiplicarlo por diez. Luis Uranga escuchaba aquello de “el dinero en el campo y no en el banco”. Alkiza, que en 1995 volvió a la política en las Juntas Generales, valoraba los dos cambios que había sufrido el club bajo su mandato. “Disponer de un campo nuevo, lástima de las pistas, es una gran satisfacción”.

La otra, culminar la conversión de club a sociedad anónima. Los aficionados respondieron hasta el punto de ser calificada como “ejemplar”. “Normalmente”, llegó a decir el entonces presidente Alkiza, las sociedades anónimas deportivas, casi todas, están en manos de poca gente y en la Real de mucha”. Hoy, casi 20 años después, hay quien achaca los problemas de la Real a que esos dos procesos no están cerrados. Y que, por esos, la Real vive en desequilibrio.


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31/08/09

Pague 50 millones

La Real llegó a Europa con cinco porteros. Fue en la temporada 1973-1974. Esnaola, Urruti y Artola pugnaban por defender la portería de Atotxa. Un tal Luis Arconada era titular en el Sanse y el juvenil Cendoya era un habitual de las selecciones nacionales de categorías inferiores. Cuando el hermano de Gonzalo era titular indiscutible en la Real, Artola jugaba en el Camp Nou, Urruti en el Espanyol, Esnaola en el Betis y Cendoya en Almería. Aunque una dolencia cardíaca lo retiró del fútbol antes de tiempo, en 1968, Zubiarrain había sido traspasado al Atlético de Madrid. Todos en Primera.

No crea que hay mucho secreto. Aquí, de momento, hay buena tradición, porque siempre ha habido porteros. La playa les anima a tirarse sin miedo; la pelota estimula los reflejos y favorece mucho... Luego, lo que hay que hacer es trabajarlos mucho cuando son jóvenes. El portero necesita una gran formación básica, y yo trato de dársela. Debo de estar acertado, ya que han salido para adelante muchos”, le dijo Javier Expósito en 1981 al periodista de El País, Alfredo Relaño, actual director de As.

Por cualquiera de éstos puede usted pagar tranquilamente cincuenta millones, que ya le compensará. Aquí hay que pagar la marca, como en el buen vino. Si les faltan años, no importa, ya los cogerá”. Aún así, Expósito pisaba con pies de plomo al hablar de las nuevas promesas bajo palos: “No les ensalce mucho [a Relaño], no vaya a ser que se lo crean antes de tiempo. Además, estos chicos, con Arconada ahí, mucho van a tener que superarse para llegar al primer equipo”.

Pese a las palabras recias, el apoyo nunca ha solido faltar desde dentro del club. Desde Expósito hasta Xabier Manzisidor, ahora preparador del Real Madrid, todos han sido alabados por sus pupilos. Incluso por la afición. Hasta la era post Arconada. Con el primer Toshack en el banco, el guardameta cayó en el primer partido de la 85-86. Salió Elduayen y también llamó la atención de los grandes. El Atlético de Madrid vino a por él. El derecho de retención había desaparecido y la Real, ese equipo de provincias, lo tenía más difícil para aguantar a sus joyas.

El portero vitoriano no se quedó ni por dinero. La Real le ofreció un salario que doblaba el anterior. Apenas un mes más tarde de hacerse con la titularidad. Dio largas y no renovó. Al final de la temporada se marchó al Calderón junto a Uralde, por quien la Real metió a los colchoneros a juicio y fichó a Lorenzo Juarros. Las broncas de la grada fueron constantes durante la temporada. Los aficionados no se hicieron a la idea de perder una promesa como Elduayen. Aún así, hubo en Atotxa quien lo defendió:

30/08/09

Supercampeones*

Aquellos jugadores sabían que habían entrado en la historia de la Real Sociedad. Algunos apenas llevaban un par de años en el primer equipo, pero ya eran leyenda. Lejos de dormirse en los laureles de la autocomplacencia, los integrantes de aquel mítico equipo de principios de los años 80 todavía tenían más hambre y la recién creada Supercopa de España era la excusa perfecta para matar el gusanillo.

Era 1982, y la Real Federación Española de Fútbol ideó este nuevo título en el que se iba a enfrentar el campeón de Copa, el Real Madrid; y el campeón de Liga, la Real Sociedad. Sería a doble partido, siendo el primer duelo en el Santiago Bernabéu. Los merengues se impusieron por un gol a cero, con lo que todo quedó por decidir para el partido de vuelta en Atotxa.

A diferencia que en Gijón, a la Real no le valía el empate para fulminar a los de Madrid. Debía imponerse en su estadio si quería seguir sumando muescas en su revolver y la afición no falló. El blanco (nunca mejor dicho) de la hinchada local fue el portero merengue Agustín, quien pagó con intereses el mal trato que había recibido Arconada en Chamartín.

La Real compareció con un once inicial en el que destacaban las bajas de hombres tan importantes como Kortabarria, Olaizola, Zamora o Satrustegi, pero no importó. Uralde igualó la final nada más comenzar la segunda parte, pero los blanquiazules no pudieron finiquitar el partido.

La prórroga iba a decidir el ganador de la primera Supercopa de España de la historia. Por increíble que ahora nos pueda resultar, la Real se adelantó con un gol de López Ufarte, cuya posición el linier había marcado como fuera de juego. En cambio, el árbitro concedió el tanto para indignación madridista y éxtasis local…, y es que Atotxa era Atotxa.

Uralde se convirtió en el héroe de la noche dando la puntilla a los visitantes con dos nuevos tantos, que dejaron el marcador en el contundente 4-0 que ha pasado a la historia.

La Real ya no era campeona…, ¡era supercampeona!


* Por Diego Carasusán.