Adiós a la maldición Comet
Por aquel entonces no tenía ni idea de quién era ese tal Monsieur Comet que tal mal quería a la Real Sociedad, pero ese 27 de junio de 1987 seguro que se revolvió en su tumba.
Era sábado, día de mercadillo en Tudela. Con 10 añicos recién cumplidos, el pequeño Diego acompañaba a su madre por el centro de la ciudad camino de los puestos de venta en busca de la ‘ganga’ de la semana. Coches y motos circulaban a duras penas por la avenida de Zaragoza, arteria principal de la ciudad. Nada era especial en esa mañana de sábado, hasta que el claxon de un enorme autobús llamó la atención de los viandantes. Las miradas se dirigieron hacia el vehículo. “¡Mira mamá! ¡Son de mi equipo!”, exclamó Diego emocionado. Estaba alucinado.
Tras ese autobús, lleno hasta los topes de seguidores realistas, llegó otro, y otro, y otro más…, era una auténtica riada de pasión realista por el mismo centro de Tudela. En los rostros de aquellos seguidores se reflejaba la esperanza de regresar a casa con esa Copa que, por la tarde, se iba a disputar en Zaragoza ante el Atlético de Madrid.
Unos años antes, ese equipo había arrebatado a Madrid y Barcelona sendas Ligas, pero en su recuerdo no había imagen alguna de aquello. Era demasiado pequeño. Por eso, Diego no quería perder detalle de lo que iba a ocurrir esa noche y se juró animar a su equipo ante el televisor. Para que nada fallara, el niño echó mano de su paga semanal y aprovechó la visita al mercadillo para comprar un ‘chinito de la suerte’. De color azul. Se trataba de un pequeño trozo de madera redondeado que emulaba a una persona con rasgos orientales cruzado por el centro por un cordel. Esos ‘bichicos’ estaban de moda en los 80 y, los que lo vendían, aseguraban dar suerte a sus poseedores.
Más de 90 minutos de tiempo reglamentario…, dos goles por cada bando…, primera y segunda parte de la prórroga…, y Diego seguía ahí, cumpliendo su promesa, pegado al televisor sufriendo por primera vez en su vida con ese equipo de blanco y azul que, ahora, tantos disgustos (y alguna alegría) le ha dado 22 años después. Pero no estaba solo en el trance. Además de los comentarios de su padre y las idas y venidas al salón de su madre, el niño había mantenido agarrado todo el partido ese chinito azul en el que tanta fe había depositado.
Era el momento de los penaltis. “No pasa nada…, tenemos a Arconada”, dijo su padre. Quizás fuera verdad, pero, por si acaso, lo mejor era confiar en el chinito, pensó el niño. Unos pocos minutos después, la Real era campeona de la Copa del Rey.
Diego se acostó con la satisfacción de ver a su equipo campeón, pero no podía imaginar la trascendencia de lo que esa noche había conseguido la Real Sociedad. Ese título es el último que un equipo vasco ha conseguido hasta el día de hoy.
Ese niño de Tudela durmió aquella calurosa noche de verano con una sonrisa en la boca y ese chinito azul bajo su almohada. Ambos se habían ganado el descanso tras tantos minutos de tensión. También se lo ganó Monsieur Comet. Después de tantos años de mal fario, ese día el francés pudo descansar tranquilo por fin. La maldición se rompió…, la Real era campeona de Copa.
Era sábado, día de mercadillo en Tudela. Con 10 añicos recién cumplidos, el pequeño Diego acompañaba a su madre por el centro de la ciudad camino de los puestos de venta en busca de la ‘ganga’ de la semana. Coches y motos circulaban a duras penas por la avenida de Zaragoza, arteria principal de la ciudad. Nada era especial en esa mañana de sábado, hasta que el claxon de un enorme autobús llamó la atención de los viandantes. Las miradas se dirigieron hacia el vehículo. “¡Mira mamá! ¡Son de mi equipo!”, exclamó Diego emocionado. Estaba alucinado.
Tras ese autobús, lleno hasta los topes de seguidores realistas, llegó otro, y otro, y otro más…, era una auténtica riada de pasión realista por el mismo centro de Tudela. En los rostros de aquellos seguidores se reflejaba la esperanza de regresar a casa con esa Copa que, por la tarde, se iba a disputar en Zaragoza ante el Atlético de Madrid.
Unos años antes, ese equipo había arrebatado a Madrid y Barcelona sendas Ligas, pero en su recuerdo no había imagen alguna de aquello. Era demasiado pequeño. Por eso, Diego no quería perder detalle de lo que iba a ocurrir esa noche y se juró animar a su equipo ante el televisor. Para que nada fallara, el niño echó mano de su paga semanal y aprovechó la visita al mercadillo para comprar un ‘chinito de la suerte’. De color azul. Se trataba de un pequeño trozo de madera redondeado que emulaba a una persona con rasgos orientales cruzado por el centro por un cordel. Esos ‘bichicos’ estaban de moda en los 80 y, los que lo vendían, aseguraban dar suerte a sus poseedores.
Más de 90 minutos de tiempo reglamentario…, dos goles por cada bando…, primera y segunda parte de la prórroga…, y Diego seguía ahí, cumpliendo su promesa, pegado al televisor sufriendo por primera vez en su vida con ese equipo de blanco y azul que, ahora, tantos disgustos (y alguna alegría) le ha dado 22 años después. Pero no estaba solo en el trance. Además de los comentarios de su padre y las idas y venidas al salón de su madre, el niño había mantenido agarrado todo el partido ese chinito azul en el que tanta fe había depositado.
Era el momento de los penaltis. “No pasa nada…, tenemos a Arconada”, dijo su padre. Quizás fuera verdad, pero, por si acaso, lo mejor era confiar en el chinito, pensó el niño. Unos pocos minutos después, la Real era campeona de la Copa del Rey.
Diego se acostó con la satisfacción de ver a su equipo campeón, pero no podía imaginar la trascendencia de lo que esa noche había conseguido la Real Sociedad. Ese título es el último que un equipo vasco ha conseguido hasta el día de hoy.
Ese niño de Tudela durmió aquella calurosa noche de verano con una sonrisa en la boca y ese chinito azul bajo su almohada. Ambos se habían ganado el descanso tras tantos minutos de tensión. También se lo ganó Monsieur Comet. Después de tantos años de mal fario, ese día el francés pudo descansar tranquilo por fin. La maldición se rompió…, la Real era campeona de Copa.
* Por Diego Carasusán.

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