17/06/09

En caliente, por Diego Carasusán*

El último troyano

El domingo estuve en Anoeta. Mi condición de presidente de los realistas de Tudela fue la excusa perfecta para ir a Donosti a disfrutar de un día de fútbol en el cierre del X Congreso de Peñas de la Real Sociedad.

Sin trascendencia clasificatoria alguna, lo mejor de la jornada fue el buen ambiente y camaradería que los peñistas disfrutamos cada vez que nos reunimos -excluyendo al mendrugo de turno, que también lo hay-.

El club quiso colaborar con la reunión y tuvo el detalle de permitir a los representantes de cada peña acceder al césped de Anoeta portando las banderas del Centenario en los prolegómenos del encuentro frente al Levante. Fue toda una experiencia eso de pisar el verde -santuario exclusivo de los elegidos-…, ¿y qué quieren que les diga?, eso de que te bailen un aurresku en el centro el campo es algo muy bonito.

Luego llegó el sopor, en un partido sólo animado por el árbitro. La esperpéntica labor de Pino Zamorano podía haber sido motivo de animación, pero a los ocho tudelanos que estuvimos en las gradas no nos hizo ni gracia. La expulsión de Zubikarai supuso, como daño colateral, la salida del terreno de juego de nuestro paisano Javi Ros, con lo que uno de los pocos alicientes futbolísticos que nos iba a deparar el encuentro se fue al garete antes del descanso.

Así las cosas, un servidor se limitó a sentarse cerca del palco -un par de asientos debajo de Aperribay- para ver qué ambiente se palpaba y ver el partido tranquilo antes de que se bajara la persiana en Anoeta.

Creo que nunca antes había vivido un partido con tanta tranquilidad como el del domingo. En pleno ensimismamiento, miré a las gradas. Poco más de 10.000 fieles realistas seguían el encuentro. Busqué algo en lo que amarrar mis esperanzas de cara a la próxima temporada y, con Javi en el vestuario, me quedé con el excelente rendimiento de Rivas; el peligro que destila Agirretxe en cada una de sus acciones; y con la seguridad que transmiten los porteros de nuestra cantera.

También me quedé con esos aficionados que prefieren ponerle los cuernos a la Concha en una tarde plenamente veraniega antes que a su querida Real…, y a esos realistas, de todos los puntos de la geografía española, que se pegaron una auténtica pechada de cientos de kilómetros para demostrar que el espíritu realista sigue vivo, sea dónde sea.

Pero si algo me emocionó fue un detalle mínimo, casi imperceptible, que tuve la ocasión de ver desde mi asiento. Les cuento. Tras estar en el césped, los organizadores del Congreso de Peñas dejaron sobre la pista de atletismo una enorme bandera conmemorativa del Centenario. Sobre su tela blanquiazul se podía leer el lema “Real100” bajo el escudo del club.

Conforme fue transcurriendo el partido, la bandera se movió por culpa de alguna que otra ráfaga de viento, y parte del lema quedó arrugado y semitapado entre los pliegues de la tela. Nadie se percató de esta circunstancia, pero ello no paso desapercibido para uno de esos empleados de la Real “de toda la vida” que lucen la tradicional boina azul en la banda del terreno de juego. El señor, con un mimo exquisito, se agachó y estiró la tela de la bandera hasta que el lema “Real100” volvió a lucir en toda su plenitud.

Fue entonces cuando recordé aquella cita histórica: “Mientras haya un troyano que levante su espada, Troya no caerá”. Algo así sería aplicable a nuestra Real, ahora que parece arder por los cuatro costados.

Por eso creo que, mientras haya personas dispuestas a enarbolar nuestra bandera, este equipo seguirá vivo muchos años más.


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.