Vergonzosa catástrofe desconcertante
Una Real de mal en peor regala dos goles al Celta en una desastrosa primera mitad
Lo mejor, Necati marcó; lo peor, la ruptura de peroné de Aranburu
Lo mejor, Necati marcó; lo peor, la ruptura de peroné de Aranburu

Dos meses sin ganar en Anoeta: desde el 2-0 al Girona hasta que llegue el Albacete, dentro de dos fines de semana. Si los manchegos hincan las rodillas, claro. Hasta entonces, dos empates y una derrota. Lillo, que no tiene a qué agarrarse ya, no explica ninguna posible razón para estos paupérrimos números en casa (29 puntos de 54 posibles): "Evidentemente, no es plato de buen gusto, seas o no candidato a ascender".
Balones fuera. Como los que despejó la defensa realista en un partido más para la colección. A los siete minutos del comienzo del show, el Celta, con cinco defensas, había hecho más que la Real en muchos partidos con algo parecido a un 3-4-3: atacar y presionar al portero rival hasta con los dos delanteros si hacía falta.
Dinei y Ghilas dificultaron sobremanera la circulación del esférico en la zaga realista. Para el minuto siete, los vigueses habían dispuesto de dos ocasiones, una de ellas contra el larguero. Tanto que Bravo no sabía dónde meterse. Forzado por el Dúo Sacapuntos gallego, se veía forzado a mandar un balón en largo al lado izquierdo del ataque realista, donde Mikel González, desubicado, no era capaz de controlar a la altura del banquillo de Lillo.
El videomarcador reflejaba las apuestas que se podían hacer sobre el partido: 1,70 euros por euro jugado a favor de la victoria realista y 4,35€ la visitante. En ese momento, Telmario De Araujo, Dinei, chutaba desde fuera del área para marcar el 0-1. Runrún en Anoeta. En torno al minuto veinte, el agua de la orilla retrocedía y la presión bajaba. Daba lo mismo: los de blanco y azul no tenían su día.
Porque no, no era un buen partido. El rival no era propicio. Con hombres peligrosos, su peliaguda situación clasificatoria aumentaba el riesgo, amén de los siglos que llevaba sin rascar triunfo lejos de Balaídos. Era, en definitiva, el típico equipo que hace saltar la banca en Anoeta. Contra equipos así, los realistas no han cosechado buenos resultados.
Y esta temporada, ni contra este tipo de equipos de la zona baja ni contra los de la zona alta: la Real ha fallado por todos los lados. Los donostiarras han jugado a ida y vuelta contra nueve de los dieciséis equipos que les persiguen en la tabla. Solo contra dos han conseguido los seis puntos: Las Palmas y Huesca. Vergonzoso.
El equipo de Eusebio Sacristán estaba compuesto por cinco defensas y tres centrocampistas más ocupados en defender el 0-1 que atacar y dos delanteros que se visitaban a Bravo en tres pases. Mientras tanto, al otro lado, Prieto y Estrada –de dónde ha salido- se disponían a sacar el mismo balón de banda. Sin enterarse de la fiesta.
Los realistas echaron en falta a Gerardo y a Markel Bergara en la medular. El primero por el oficio que aporta –experiencia que no llegó hasta que Moha no se puso al frente de las operaciones, en la segunda parte- y el segundo porque los futbolistas ya se han acostumbrado a la manera de jugar del elgoibartarra. Simplemente.
El centro del campo hablaba en un idioma incomprensible para los que se habían acercado a Anoeta, dirían los filólogos del fútbol. El Celta empezaba a perder tiempo con insignificantes atenciones médicas. En el 27’, Abalo se retuerce en el suelo como un crío con enrabietado. Diez minutos más tarde, haría lo propio Ghilas. Actitudes así, lógicas en un equipo con el agua al cuello, empequeñecen el respeto por un club como el vigués.
Quien ha perdido todo el respeto de los suyos es Xabi Castillo. Poco antes del 0-2, parte de la grada, espontánea, pidió su marcha: “Nosotros nos quedamos, ¡Castillo vete ya!”. El lateral durangués se hundía en un banquillo despoblado por las lesiones. De la ya corta convocatoria de 17 futbolistas se cayó ayer mismo Gerardo, aquejado de una gastroenteritis.
Lillo parecía un hombre coherente con su discurso, consigo mismo y con sus futbolistas, pero ya no es quién para vender ilusión “partido a partido” cuando, deja a la primera plantilla, la máquina motriz del club, desprovista de efectivos en un choque como el de ayer. Había que reservar a los jugadores del Sanse para el partido de Guijuelo y lograr la permanencia en Segunda B a la heroica.
Nada tenía sentido. El penalty que dio pie al 0-2, tampoco. Nadie lo entiende, quizá por eso nadie lo protesta. El 1 en las apuestas se pagaba a 19 euros y el triunfo celeste a 1,12€. La bronca de la afición cuando los futbolistas se retiraban parsimoniosamente al ¿descanso?, a cuenta de la casa. Catastrófico.
A la vuelta, más de lo mismo. Tibias ocasiones de la Real y un Celta que cada vez necesita menos futbolistas para llegar hasta el área de Bravo. El primer tanto realista solo llegaría de una jugada aislada, bien por un error de los visitantes, bien por una genialidad de jugadores que estaban muy desaparecidos.
El error fue de Peña, que metió la mano cuando la grada ya celebraba el gol realista. Penalty, expulsión y Abreu –que había fallado su anterior pena máxima- recoge rápido el balón del fondo de las mallas. El Celta se perdía en protestas y faltas tácticas mientras que Lillo sentaba, por fin, a un Estrada que había pagado caro su inactividad por Necati.
El juego entró en una especie de tormenta veraniega en la que Abalo siguió a Peña porque poco le faltó para sacarle la cabeza a Moha. 3,40 euros si ganaba la Real; 2,05 el Celta y 2,85 euros el empate, una opción posible visto lo que quedaba, media hora, y el rival que había enfrente y que en las cuatro ocasiones que ha ido con 2-0 a favor, no había ganado un partido.
No hacía falta más que sentido común, abrir el juego hacia las bandas como exigía Lillo haciendo gestos como quien aparca aviones y centrar bien. Nones, y eso que Necati, ¡oh Necati!, empató –para casi tener que salir lesionado después-. El turco enganchó un balón que cruzó allá donde Falcón no podía llegar. Minuto 87’, 2-2 y el de Izmir tiró todo lo que pasó por sus pies. Dos goles en el mismo partido, Necati, son demasiados.
Para entonces, Aranburu había dejado el campo con dolores en la pierna izquierda. Fractura de peroné que no requerirá de bisturí. Sí de varias semanas de reposo, por lo que el de Azpeitia, que se retiró por su propio pie, empujó a un celtista que se preparaba para sacar de banda frente al cuarto árbitro. Tarjeta amarilla. Nadie entendía la reacción del capitán. Forzando esa quinta amarilla, el suyo era uno de los actos más cuerdos de toda tarde.
Incluso de las últimas semanas o meses en un club que, sin estar a la deriva, no entiende de razones y deja las alegrías siempre a medias. Explicaciones, eso sí, ninguna. Porque se prefiere no dar la cara o, lo que es peor, porque se desconocen. Que lo juzgue cada uno. Pero que lo de Sevilla, Vigo, Murcia, Vitoria o lo de ayer, no se repita.
Balones fuera. Como los que despejó la defensa realista en un partido más para la colección. A los siete minutos del comienzo del show, el Celta, con cinco defensas, había hecho más que la Real en muchos partidos con algo parecido a un 3-4-3: atacar y presionar al portero rival hasta con los dos delanteros si hacía falta.
Dinei y Ghilas dificultaron sobremanera la circulación del esférico en la zaga realista. Para el minuto siete, los vigueses habían dispuesto de dos ocasiones, una de ellas contra el larguero. Tanto que Bravo no sabía dónde meterse. Forzado por el Dúo Sacapuntos gallego, se veía forzado a mandar un balón en largo al lado izquierdo del ataque realista, donde Mikel González, desubicado, no era capaz de controlar a la altura del banquillo de Lillo.
El videomarcador reflejaba las apuestas que se podían hacer sobre el partido: 1,70 euros por euro jugado a favor de la victoria realista y 4,35€ la visitante. En ese momento, Telmario De Araujo, Dinei, chutaba desde fuera del área para marcar el 0-1. Runrún en Anoeta. En torno al minuto veinte, el agua de la orilla retrocedía y la presión bajaba. Daba lo mismo: los de blanco y azul no tenían su día.
Porque no, no era un buen partido. El rival no era propicio. Con hombres peligrosos, su peliaguda situación clasificatoria aumentaba el riesgo, amén de los siglos que llevaba sin rascar triunfo lejos de Balaídos. Era, en definitiva, el típico equipo que hace saltar la banca en Anoeta. Contra equipos así, los realistas no han cosechado buenos resultados.
Y esta temporada, ni contra este tipo de equipos de la zona baja ni contra los de la zona alta: la Real ha fallado por todos los lados. Los donostiarras han jugado a ida y vuelta contra nueve de los dieciséis equipos que les persiguen en la tabla. Solo contra dos han conseguido los seis puntos: Las Palmas y Huesca. Vergonzoso.
El equipo de Eusebio Sacristán estaba compuesto por cinco defensas y tres centrocampistas más ocupados en defender el 0-1 que atacar y dos delanteros que se visitaban a Bravo en tres pases. Mientras tanto, al otro lado, Prieto y Estrada –de dónde ha salido- se disponían a sacar el mismo balón de banda. Sin enterarse de la fiesta.
Los realistas echaron en falta a Gerardo y a Markel Bergara en la medular. El primero por el oficio que aporta –experiencia que no llegó hasta que Moha no se puso al frente de las operaciones, en la segunda parte- y el segundo porque los futbolistas ya se han acostumbrado a la manera de jugar del elgoibartarra. Simplemente.
El centro del campo hablaba en un idioma incomprensible para los que se habían acercado a Anoeta, dirían los filólogos del fútbol. El Celta empezaba a perder tiempo con insignificantes atenciones médicas. En el 27’, Abalo se retuerce en el suelo como un crío con enrabietado. Diez minutos más tarde, haría lo propio Ghilas. Actitudes así, lógicas en un equipo con el agua al cuello, empequeñecen el respeto por un club como el vigués.
Quien ha perdido todo el respeto de los suyos es Xabi Castillo. Poco antes del 0-2, parte de la grada, espontánea, pidió su marcha: “Nosotros nos quedamos, ¡Castillo vete ya!”. El lateral durangués se hundía en un banquillo despoblado por las lesiones. De la ya corta convocatoria de 17 futbolistas se cayó ayer mismo Gerardo, aquejado de una gastroenteritis.
Lillo parecía un hombre coherente con su discurso, consigo mismo y con sus futbolistas, pero ya no es quién para vender ilusión “partido a partido” cuando, deja a la primera plantilla, la máquina motriz del club, desprovista de efectivos en un choque como el de ayer. Había que reservar a los jugadores del Sanse para el partido de Guijuelo y lograr la permanencia en Segunda B a la heroica.
Nada tenía sentido. El penalty que dio pie al 0-2, tampoco. Nadie lo entiende, quizá por eso nadie lo protesta. El 1 en las apuestas se pagaba a 19 euros y el triunfo celeste a 1,12€. La bronca de la afición cuando los futbolistas se retiraban parsimoniosamente al ¿descanso?, a cuenta de la casa. Catastrófico.
A la vuelta, más de lo mismo. Tibias ocasiones de la Real y un Celta que cada vez necesita menos futbolistas para llegar hasta el área de Bravo. El primer tanto realista solo llegaría de una jugada aislada, bien por un error de los visitantes, bien por una genialidad de jugadores que estaban muy desaparecidos.
El error fue de Peña, que metió la mano cuando la grada ya celebraba el gol realista. Penalty, expulsión y Abreu –que había fallado su anterior pena máxima- recoge rápido el balón del fondo de las mallas. El Celta se perdía en protestas y faltas tácticas mientras que Lillo sentaba, por fin, a un Estrada que había pagado caro su inactividad por Necati.
El juego entró en una especie de tormenta veraniega en la que Abalo siguió a Peña porque poco le faltó para sacarle la cabeza a Moha. 3,40 euros si ganaba la Real; 2,05 el Celta y 2,85 euros el empate, una opción posible visto lo que quedaba, media hora, y el rival que había enfrente y que en las cuatro ocasiones que ha ido con 2-0 a favor, no había ganado un partido.
No hacía falta más que sentido común, abrir el juego hacia las bandas como exigía Lillo haciendo gestos como quien aparca aviones y centrar bien. Nones, y eso que Necati, ¡oh Necati!, empató –para casi tener que salir lesionado después-. El turco enganchó un balón que cruzó allá donde Falcón no podía llegar. Minuto 87’, 2-2 y el de Izmir tiró todo lo que pasó por sus pies. Dos goles en el mismo partido, Necati, son demasiados.
Para entonces, Aranburu había dejado el campo con dolores en la pierna izquierda. Fractura de peroné que no requerirá de bisturí. Sí de varias semanas de reposo, por lo que el de Azpeitia, que se retiró por su propio pie, empujó a un celtista que se preparaba para sacar de banda frente al cuarto árbitro. Tarjeta amarilla. Nadie entendía la reacción del capitán. Forzando esa quinta amarilla, el suyo era uno de los actos más cuerdos de toda tarde.
Incluso de las últimas semanas o meses en un club que, sin estar a la deriva, no entiende de razones y deja las alegrías siempre a medias. Explicaciones, eso sí, ninguna. Porque se prefiere no dar la cara o, lo que es peor, porque se desconocen. Que lo juzgue cada uno. Pero que lo de Sevilla, Vigo, Murcia, Vitoria o lo de ayer, no se repita.

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