Sentenciados
La Real roza el ridículo y salva al Córdoba (0-2)
El público la tomó con Lillo, que se llevó una gran bronca
El público la tomó con Lillo, que se llevó una gran bronca

Todos le miraban, pero nadie sabía si lo que hacía Lillo era lo habitual. El, por ahora, entrenador realista esperaba a los suyos en la alfombra publicitaria de la salida del campo. Pasa todo el tropel y Xabi Prieto, Zubikarai y Rivas son los únicos que no tienen prisa y y sí dignidad en la retirada al vestuario y un año más en Segunda. Lillo los despide personalmente, como a los demás.
Viste una camisa blanca y pantalón oscuro. Sigue por la zona. ¿Espera a que se retire el árbitro? ¿Alguna cuenta que ajustar con él? Es raro hasta para esto. Mira a su alrededor. No queda ningún blanquiazul más. El público, tenso y de pie, se agolpa en los vomitorios. Se da media vuelta y con Manzisidor, se marcha al vestuario. La mayor bronca de la tarde es para él.
El Córdoba, vestido como el equipo del Barrilete Cósmico de Cajamadrid, lograba la permanencia. Para Lillo no había crédito posible: el público armaba de razones al Consejo de Aperribay para no contar con él. En definitiva, había pedido su cabeza en una bandeja de plata. Como Salomé a Herodes Antipas.
Da igual que Lillo esté sentenciado o que el equipo no diera una a derechas en todo el partido. El equipo del Barrilete Cósmico vino a hacer su partido: jugar un ritmo tranquilo pero continuo, aguantar el 0-0 y cuando fuera posible, 0-1 y a casa. Eso no ocurrió hasta el 71' (el 61' según el acta arbitral), cuando Arteaga (Bordas según el mismo documento) lanzó de manera magistral una falta en la que Eñaut Zubikarai -espléndido- no pudo hacer nada.
El 78' fue el minuto de la sentencia, cuando Pierini, como en la ida, marcó de un córner el segundo tanto para los blanquiverdes. La afición (13.700 espectadores) aguantaban sin silbar. No lo habían hecho hasta entonces. En cualquier otro partido, cuando la Real todavía se jugaba algo, hubieran explotado mucho antes.
Los del Barrilete Cósmico no hacían más que meter balones rasitos al corazón del área. La Real jugaba para mosquearse. Moha deja de pujar por un balón porque sí y el contragolpe del Córdoba acaba con un show defensivo. Los donostiarras adolecían de una buena salida de balón por el flanco izquierdo. Abreu estaba muy comodón. Las pedía todas al pie. Pedía centros cuando estaba fuera del área y el balón iba dirigido adonde debía: el punto de penalty. El uruguayo ni asomaba. El pueblo, conformista y mentalizado con otro año más en Segunda, no prostaba ni lo más mínimo. Total, ¿para qué?
Los demás blanquiazules anduvieron por el estilo. El único que dio la cara fue Javi Ros. En su debut con el primer equipo en Anoeta, el tudelano no se escondió y llegó a disparar con "peligro" hasta en dos ocasiones. Solo así pudo responder la gente de las gradas. Al menos hasta que llegó el gol del Real Madrid en Pamplona. Después de cuatro años, Anoeta celebraba un gol de los blancos. Tres minutos después, en cambio, jaleaban más el empate del Osasuna. La Real no hacía más que defenderse de los andaluces. De ahí a la ejecución, un paso.
Lillo creyó (o quiso creer) que la bronca no era para él. Que la frustración es de muchos años, "no solo este o el pasado, sino de más atrás" (a buen entendedor...). No ha conseguido el objetivo en ninguna de las dos temporadas, razón suficiente para pensar en relevarlo. Para no ser injustos con el tolosarra, conviene pensar en que el año pasado se quedó a las puertas y este ha tenido que sortear muchos más problemas que, por ejemplo, el Tenerife. Con acierto o sin él, Juanma Lillo es el último señor que ha pasado por el banquillo de Anoeta. Eso no se lo quita nadie.
Muertos Pitágoras y sus cálculos, es la hora del Consejo de Administración. Desaparecido desde que la Ertzaintza los escoltó el 20-D, los hombres de Aperribay -hoy han escuchado con fuerza "¡directiva, dimisión!"- han tenido varias semanas con el equipo virtualmente en Segunda para la próxima temporada.
Tras el partido contra el Córdoba, ya es matemático. No toca empezar a tomar decisiones. Toca anunciarlas y justificarlas con buenas explicaciones porque, prioridad económica aparte, el equipo debe rendir al 100% el año que viene. Y si no, seguir el ejemplo del Oviedo o el Alavés ya no va a estar tan lejos. No queda otra más que recurrir cuanto antes esta sentencia.
Viste una camisa blanca y pantalón oscuro. Sigue por la zona. ¿Espera a que se retire el árbitro? ¿Alguna cuenta que ajustar con él? Es raro hasta para esto. Mira a su alrededor. No queda ningún blanquiazul más. El público, tenso y de pie, se agolpa en los vomitorios. Se da media vuelta y con Manzisidor, se marcha al vestuario. La mayor bronca de la tarde es para él.
El Córdoba, vestido como el equipo del Barrilete Cósmico de Cajamadrid, lograba la permanencia. Para Lillo no había crédito posible: el público armaba de razones al Consejo de Aperribay para no contar con él. En definitiva, había pedido su cabeza en una bandeja de plata. Como Salomé a Herodes Antipas.
Da igual que Lillo esté sentenciado o que el equipo no diera una a derechas en todo el partido. El equipo del Barrilete Cósmico vino a hacer su partido: jugar un ritmo tranquilo pero continuo, aguantar el 0-0 y cuando fuera posible, 0-1 y a casa. Eso no ocurrió hasta el 71' (el 61' según el acta arbitral), cuando Arteaga (Bordas según el mismo documento) lanzó de manera magistral una falta en la que Eñaut Zubikarai -espléndido- no pudo hacer nada.
El 78' fue el minuto de la sentencia, cuando Pierini, como en la ida, marcó de un córner el segundo tanto para los blanquiverdes. La afición (13.700 espectadores) aguantaban sin silbar. No lo habían hecho hasta entonces. En cualquier otro partido, cuando la Real todavía se jugaba algo, hubieran explotado mucho antes.
Los del Barrilete Cósmico no hacían más que meter balones rasitos al corazón del área. La Real jugaba para mosquearse. Moha deja de pujar por un balón porque sí y el contragolpe del Córdoba acaba con un show defensivo. Los donostiarras adolecían de una buena salida de balón por el flanco izquierdo. Abreu estaba muy comodón. Las pedía todas al pie. Pedía centros cuando estaba fuera del área y el balón iba dirigido adonde debía: el punto de penalty. El uruguayo ni asomaba. El pueblo, conformista y mentalizado con otro año más en Segunda, no prostaba ni lo más mínimo. Total, ¿para qué?
Los demás blanquiazules anduvieron por el estilo. El único que dio la cara fue Javi Ros. En su debut con el primer equipo en Anoeta, el tudelano no se escondió y llegó a disparar con "peligro" hasta en dos ocasiones. Solo así pudo responder la gente de las gradas. Al menos hasta que llegó el gol del Real Madrid en Pamplona. Después de cuatro años, Anoeta celebraba un gol de los blancos. Tres minutos después, en cambio, jaleaban más el empate del Osasuna. La Real no hacía más que defenderse de los andaluces. De ahí a la ejecución, un paso.
Lillo creyó (o quiso creer) que la bronca no era para él. Que la frustración es de muchos años, "no solo este o el pasado, sino de más atrás" (a buen entendedor...). No ha conseguido el objetivo en ninguna de las dos temporadas, razón suficiente para pensar en relevarlo. Para no ser injustos con el tolosarra, conviene pensar en que el año pasado se quedó a las puertas y este ha tenido que sortear muchos más problemas que, por ejemplo, el Tenerife. Con acierto o sin él, Juanma Lillo es el último señor que ha pasado por el banquillo de Anoeta. Eso no se lo quita nadie.
Muertos Pitágoras y sus cálculos, es la hora del Consejo de Administración. Desaparecido desde que la Ertzaintza los escoltó el 20-D, los hombres de Aperribay -hoy han escuchado con fuerza "¡directiva, dimisión!"- han tenido varias semanas con el equipo virtualmente en Segunda para la próxima temporada.
Tras el partido contra el Córdoba, ya es matemático. No toca empezar a tomar decisiones. Toca anunciarlas y justificarlas con buenas explicaciones porque, prioridad económica aparte, el equipo debe rendir al 100% el año que viene. Y si no, seguir el ejemplo del Oviedo o el Alavés ya no va a estar tan lejos. No queda otra más que recurrir cuanto antes esta sentencia.

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