Imprudentes
La Real se ahoga en su propia mediocridad
Los de Lillo recortarán un punto a la zona de ascenso (a cinco)
Los de Lillo recortarán un punto a la zona de ascenso (a cinco)

El hombre no solo es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. También se agacha, la coge, la lanza veinte metros más adelante. Y vuelve a tropezar. La piedra de Ipurua es, cuanto menos, conocida. El tropiezo, doloroso. La grada se pregunta si será el último por esta temporada.
La respuesta, como siempre, estará en el campo. Dentro del rectángulo de juego y a escasos centímetros de él, en la caseta. Después de los dos últimos empates, las críticas a Lillo, que con 12/12 tenía motivos para llenar los pulmones y sacar pecho, arrecian. El de Eibar más parecía un mal trago que había que pasar que una oportunidad para dar un paso más en el larguísimo camino del ascenso.
Solo así se explica que la Real aprovechara quince minutos de los más de noventa que el balón rodó por el campo. Los nueve primeros, en los que, sin un dominio excesivo, los de Lillo fueron capaces de hacer sus propios deberes –adelantarse en el marcador-, y los seis finales, tras el empate del Eibar. El penalty que puso la igualada atizó a los blanquiazules y los puso mirando a la portería de Zigor. Tres ocasiones claras en los minutos finales. Con un jugador menos.
Justo cuando parecía que, si los armeros marcaban el 1-1, lograrían el 2-1. La misma piedra que en Vitoria hace un año con el mismo árbitro o en el mismo escenario hace un mes. La segunda parte, hasta empatar, la dominó el Eibar, un equipo que apunta a Segunda División B contra el que la Real, como ante los otros de la categoría que están en una tesitura similar, ha perdido demasiados puntos. Cuatro entre Anoeta e Ipurua. En total, a falta del partido de Alicante, doce puntos de líder.
En esos partidos se echó en falta a los mismos. En Ipurua, como en la eliminación copera de Vigo, también. Los que tienen que marcar las diferencias. Dentro y fuera del campo. Como ocurre con todos los revulsivos, Abreu ya no es el que llegó. Atraviesa un bache de juego que el otro día se acentuó con el error en el penalty. Xabi Prieto es como el Guadiana o como Marcos. Tan pronto aparecem como desaparecen. La única noticia positiva que deja el partido de Eibar en cuanto a las individualidades es la de Mikel Aranburu, que brilla después de demasiados partidos ofuscado.
Hay quien prefiere poner el acento únicamente en que Lillo se empeñe en jugar con tres defensas. La “pretemporada de los tres centrales” (de los que en alguna ocasión, dos fueron ocupados por Martínez y Castillo) dejó dos problemas. El primero, lo expuesto que quedaba el equipo a los contraataques si no aprovechaba sus ocasiones a balón parado. Más allá de solucionarlo, la Real ha marcado más de un tanto en estas jugadas.
El segundo problema es el mal endémico que se agravó con la ausencia de Sergio: los problemas al sacar el balón. Lillo lo dijo tras ganar en Amurrio: “No se pueden dar tantas facilidades con el 3-4-3 porque si pierdes el balón, quedas muy expuesto”. La Real se lo regaló al Eibar después de que Prieto, caído a la derecha esa jugada, pusiera un balón en la cabeza de Abreu que lo peinó para que Aranburu, metiéndose desde la segunda línea, pusiera el 0-1. De todo menos prudente.
Claro: “Si llegamos a tener la pelota tras el 0-1...”. Queda bien decirlo –y coherente con un discurso de un entrenador que, si algo ha sido desde que llegó a la Real, es coherente-. Incluso razonable. No es más que fútbol-ficción. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido en el supuesto planteado por Lillo. ¿0-5?
Es una posibilidad entre otras muchas que no tendrán respuesta en el campo. Ya van diez años de decepciones –salvo la temporada del subcampeonato- en la que la Real ha sido dirigida a base de tumbos. Con la coherencia de una locura transitoria. Sin meditar en las consecuencias de cada acción. Sin prever ni planificar. De haber perdido todas las opciones de ascender contra Nàstic y Eibar, la Real le ganará al Tenerife y todos perderán la prudencia y creerán que sí, que es posible.
Lo dijo Lillo durante una pretemporada transparente que dejó muchas cartas boca arriba: “¿Qué vamos a decir, que la aspiración es quedarnos décimos? Yo no me voy a esconder, a la gente no hay que engañarla. Tenemos que aspirar a ascender aunque nos falten un ojo y una pierna”.
La respuesta, como siempre, estará en el campo. Dentro del rectángulo de juego y a escasos centímetros de él, en la caseta. Después de los dos últimos empates, las críticas a Lillo, que con 12/12 tenía motivos para llenar los pulmones y sacar pecho, arrecian. El de Eibar más parecía un mal trago que había que pasar que una oportunidad para dar un paso más en el larguísimo camino del ascenso.
Solo así se explica que la Real aprovechara quince minutos de los más de noventa que el balón rodó por el campo. Los nueve primeros, en los que, sin un dominio excesivo, los de Lillo fueron capaces de hacer sus propios deberes –adelantarse en el marcador-, y los seis finales, tras el empate del Eibar. El penalty que puso la igualada atizó a los blanquiazules y los puso mirando a la portería de Zigor. Tres ocasiones claras en los minutos finales. Con un jugador menos.
Justo cuando parecía que, si los armeros marcaban el 1-1, lograrían el 2-1. La misma piedra que en Vitoria hace un año con el mismo árbitro o en el mismo escenario hace un mes. La segunda parte, hasta empatar, la dominó el Eibar, un equipo que apunta a Segunda División B contra el que la Real, como ante los otros de la categoría que están en una tesitura similar, ha perdido demasiados puntos. Cuatro entre Anoeta e Ipurua. En total, a falta del partido de Alicante, doce puntos de líder.
En esos partidos se echó en falta a los mismos. En Ipurua, como en la eliminación copera de Vigo, también. Los que tienen que marcar las diferencias. Dentro y fuera del campo. Como ocurre con todos los revulsivos, Abreu ya no es el que llegó. Atraviesa un bache de juego que el otro día se acentuó con el error en el penalty. Xabi Prieto es como el Guadiana o como Marcos. Tan pronto aparecem como desaparecen. La única noticia positiva que deja el partido de Eibar en cuanto a las individualidades es la de Mikel Aranburu, que brilla después de demasiados partidos ofuscado.
Hay quien prefiere poner el acento únicamente en que Lillo se empeñe en jugar con tres defensas. La “pretemporada de los tres centrales” (de los que en alguna ocasión, dos fueron ocupados por Martínez y Castillo) dejó dos problemas. El primero, lo expuesto que quedaba el equipo a los contraataques si no aprovechaba sus ocasiones a balón parado. Más allá de solucionarlo, la Real ha marcado más de un tanto en estas jugadas.
El segundo problema es el mal endémico que se agravó con la ausencia de Sergio: los problemas al sacar el balón. Lillo lo dijo tras ganar en Amurrio: “No se pueden dar tantas facilidades con el 3-4-3 porque si pierdes el balón, quedas muy expuesto”. La Real se lo regaló al Eibar después de que Prieto, caído a la derecha esa jugada, pusiera un balón en la cabeza de Abreu que lo peinó para que Aranburu, metiéndose desde la segunda línea, pusiera el 0-1. De todo menos prudente.
Claro: “Si llegamos a tener la pelota tras el 0-1...”. Queda bien decirlo –y coherente con un discurso de un entrenador que, si algo ha sido desde que llegó a la Real, es coherente-. Incluso razonable. No es más que fútbol-ficción. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido en el supuesto planteado por Lillo. ¿0-5?
Es una posibilidad entre otras muchas que no tendrán respuesta en el campo. Ya van diez años de decepciones –salvo la temporada del subcampeonato- en la que la Real ha sido dirigida a base de tumbos. Con la coherencia de una locura transitoria. Sin meditar en las consecuencias de cada acción. Sin prever ni planificar. De haber perdido todas las opciones de ascender contra Nàstic y Eibar, la Real le ganará al Tenerife y todos perderán la prudencia y creerán que sí, que es posible.
Lo dijo Lillo durante una pretemporada transparente que dejó muchas cartas boca arriba: “¿Qué vamos a decir, que la aspiración es quedarnos décimos? Yo no me voy a esconder, a la gente no hay que engañarla. Tenemos que aspirar a ascender aunque nos falten un ojo y una pierna”.

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