Así no
La Real falla un penalty inexistente y salva un punto
Los de Lillo, pese al mal partido, pudieron marcar en tres ocasiones claras
Los de Lillo, pese al mal partido, pudieron marcar en tres ocasiones claras

Ni pies ni cabeza. El partido de la Real no tuvo sentido en ningún momento. Desde el principio hasta el final, el Nàstic tuvo el partido bajo control. Aún así, pudo haberlo perdido si Abreu llega a marcar el penalty o si Aranburu, desacertado, atina con dos ocasiones de la recta final de la primera parte. 0-0 al descanso y 0-0 al final.
Cuando el último de los cien socios homenajeados caminaba ayudado por una muleta hacia la puerta del Fondo Norte -aplaudidos por el público y por cuarenta voluntarios que les hacían pasillo-, el Nàstic ya había asomado por la portería de Zubikarai -increíblemente espléndido, parando hasta los tiros que el árbitro ya había anulado-. El conjunto de Ferrando formaba en su centro del campo propio y únicamente José Mari y Víctor apretaban las tuercas en la zona de creación realista. Los de Lillo llegaban con facilidad a la línea de tres cuartos. Y ahí, se acabó.
Sólo Sergio era capaz de alumbrar el camino con sutilísimos cambios de ritmo frutos de dos autopases del minuto 10. Ahí tuvo una falta en la que volvió a utilizar la doble pantalla del día del Girona. "¡Uy!". El balón da el larguero por fuera y Abreu protesta que la había tocado el guardameta visitante. Hevia Obras lo manda callar y los defensores catalanes exigen tarjeta para el charrúa. Nada más empezar, el Loco ya estaba desquiciado. Acabó el partido sobre el campo.
Ferrando, ayer más lector que entrenador, vio que su ataque había empezado a entrar en barrena. ¡Poco después de los diez minutos! Movió a N'Gal de la derecha al centro -al revés que José Mari- y ocultó al ex realista Víctor entre líneas para sorprender por cualquiera de las dos bandas. Resultado: descoordinación de los centrales realistas y galopada del africano en el 16' tras un córner a favor de la Real. Markel, único cierre, parecía un mozo del encierro corriendo por la Estafeta pamplonesa: corriendo delante sin intentar frenarlo o desviar al bicho.
Los donostiarras se metían cada vez más atrás por culpa de las embestidas tarraconenses y la portería visitante quedaba cada vez más lejos. A la media hora, el partido estaba para echarlo a la basura. Hasta el descanso, nadie mandó al equipo que diera dos pasos adelante para robar más cerca del marco rival y quién sabe...
Markel Bergara intentaba destruir y construir todo en la misma jugada y no daba abasto. Aranburu se había dejado la brújula en casa, no sabía orientar el juego del equipo y no entendía nada de lo que tenía que hacer. Para dar un paso más hacia la nada, Sergio, que ponía algo de cordura al juego las pocas veces que bajaba adonde Markel, acababa la primera parte lesionado. Y para rematar, Lillo metía un delantero en lugar del centrocampista lesionado.
Sin balones a ras de campo, los balones colgados llegaban muy forzados a las bandas de Prieto y Marcos. Cuando conseguían controlar, rara vez servían algo decente al centro del área. Así, solo quedaba el balón parado.
Un penalty que no era, por ejemplo. En el 39', Hevia Obras empezaba a meter la gamba al indicar mano dentro del área tarraconense. Abreu, como Savio en su día, es humano y falla. El Nàstic había acabado el primer acto ensanchando sus dos líneas de cuatro, tanto hacia las bandas como hacia adelante. La Real ya no llegaba ni a tres cuartos. Nadie buscaba aprovecharse de esos espacios. Lillo tiene jugadores laboriosos, sufridos y bregadores. Espabilados de la vida, ninguno.
La segunda parte, salvo los minutos que fueron del 57' al 60', para incinerarla. En esos tres minutos, el partido entró en un torbellino incomprensible y eléctrico de los que tiene el fútbol. Un correcalles repentino e inesperado. Llegaba un contraataque de Agirretxe. Conduce por el carril del centro. Se va cerrando las posibilidades de pase, se le acaba el campo, se acerca a los defensas: no le van a dejar pasar. Ve, al final, a Prieto galopando por la derecha. A él va el balón. Anoeta, nerviosa, suspira y calla porque confía en el interior derecho. El antiguotarra mandó el esférico a paseo. "Bah...".
Y hasta ahí los méritos realistas. En el 68' Víctor estrella un tiro en el poste y Campano hace lo mismo ocho minutos después con una falta. De ahí al final fue el tiempo del colegiado, que no contento con el protagonismo del penalty y la expulsión de César Ferrando, fulminó al utillero -que dirigía al equipo a falta de un segundo entrenador-, dejando al frente del Nàstic a su delegado, José María Grau Otero. Además, sacó amarilla a Jorge Alba, que calentando en la banda, protestó una de sus decisiones desacertadas. Despropósito.
La Real hacía tiempo que había desaparecido de toda esta historia. Lo único que queda es que el empate descarga de la presión que hubiera supuesto llevar cinco victorias consecutivas en la espalda. El globo se ha desinflado y toca volver a llenarlo. Empezando en Eibar.
Cuando el último de los cien socios homenajeados caminaba ayudado por una muleta hacia la puerta del Fondo Norte -aplaudidos por el público y por cuarenta voluntarios que les hacían pasillo-, el Nàstic ya había asomado por la portería de Zubikarai -increíblemente espléndido, parando hasta los tiros que el árbitro ya había anulado-. El conjunto de Ferrando formaba en su centro del campo propio y únicamente José Mari y Víctor apretaban las tuercas en la zona de creación realista. Los de Lillo llegaban con facilidad a la línea de tres cuartos. Y ahí, se acabó.
Sólo Sergio era capaz de alumbrar el camino con sutilísimos cambios de ritmo frutos de dos autopases del minuto 10. Ahí tuvo una falta en la que volvió a utilizar la doble pantalla del día del Girona. "¡Uy!". El balón da el larguero por fuera y Abreu protesta que la había tocado el guardameta visitante. Hevia Obras lo manda callar y los defensores catalanes exigen tarjeta para el charrúa. Nada más empezar, el Loco ya estaba desquiciado. Acabó el partido sobre el campo.
Ferrando, ayer más lector que entrenador, vio que su ataque había empezado a entrar en barrena. ¡Poco después de los diez minutos! Movió a N'Gal de la derecha al centro -al revés que José Mari- y ocultó al ex realista Víctor entre líneas para sorprender por cualquiera de las dos bandas. Resultado: descoordinación de los centrales realistas y galopada del africano en el 16' tras un córner a favor de la Real. Markel, único cierre, parecía un mozo del encierro corriendo por la Estafeta pamplonesa: corriendo delante sin intentar frenarlo o desviar al bicho.
Los donostiarras se metían cada vez más atrás por culpa de las embestidas tarraconenses y la portería visitante quedaba cada vez más lejos. A la media hora, el partido estaba para echarlo a la basura. Hasta el descanso, nadie mandó al equipo que diera dos pasos adelante para robar más cerca del marco rival y quién sabe...
Markel Bergara intentaba destruir y construir todo en la misma jugada y no daba abasto. Aranburu se había dejado la brújula en casa, no sabía orientar el juego del equipo y no entendía nada de lo que tenía que hacer. Para dar un paso más hacia la nada, Sergio, que ponía algo de cordura al juego las pocas veces que bajaba adonde Markel, acababa la primera parte lesionado. Y para rematar, Lillo metía un delantero en lugar del centrocampista lesionado.
Sin balones a ras de campo, los balones colgados llegaban muy forzados a las bandas de Prieto y Marcos. Cuando conseguían controlar, rara vez servían algo decente al centro del área. Así, solo quedaba el balón parado.
Un penalty que no era, por ejemplo. En el 39', Hevia Obras empezaba a meter la gamba al indicar mano dentro del área tarraconense. Abreu, como Savio en su día, es humano y falla. El Nàstic había acabado el primer acto ensanchando sus dos líneas de cuatro, tanto hacia las bandas como hacia adelante. La Real ya no llegaba ni a tres cuartos. Nadie buscaba aprovecharse de esos espacios. Lillo tiene jugadores laboriosos, sufridos y bregadores. Espabilados de la vida, ninguno.
La segunda parte, salvo los minutos que fueron del 57' al 60', para incinerarla. En esos tres minutos, el partido entró en un torbellino incomprensible y eléctrico de los que tiene el fútbol. Un correcalles repentino e inesperado. Llegaba un contraataque de Agirretxe. Conduce por el carril del centro. Se va cerrando las posibilidades de pase, se le acaba el campo, se acerca a los defensas: no le van a dejar pasar. Ve, al final, a Prieto galopando por la derecha. A él va el balón. Anoeta, nerviosa, suspira y calla porque confía en el interior derecho. El antiguotarra mandó el esférico a paseo. "Bah...".
Y hasta ahí los méritos realistas. En el 68' Víctor estrella un tiro en el poste y Campano hace lo mismo ocho minutos después con una falta. De ahí al final fue el tiempo del colegiado, que no contento con el protagonismo del penalty y la expulsión de César Ferrando, fulminó al utillero -que dirigía al equipo a falta de un segundo entrenador-, dejando al frente del Nàstic a su delegado, José María Grau Otero. Además, sacó amarilla a Jorge Alba, que calentando en la banda, protestó una de sus decisiones desacertadas. Despropósito.
La Real hacía tiempo que había desaparecido de toda esta historia. Lo único que queda es que el empate descarga de la presión que hubiera supuesto llevar cinco victorias consecutivas en la espalda. El globo se ha desinflado y toca volver a llenarlo. Empezando en Eibar.

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