14/02/09

Punto de inflexión

Con los árbitros en el punto de mira, la Real no tiene nada que reprochar al gol anulado a Agirretxe después de un ridículo partido

Los de Lillo mostraron encefalograma plano desde el primer hasta el último minuto



Desesperante. Lillo acabó la primera parte desquiciado. Vio cómo Necati agarraba una jugada, se dirigía a la portería de Elía y estaba a punto de controlar el balón. Iba a ser un uno contra uno. El turco todavía busca el balón. Como el guardameta navarro del Murcia, que tuvo trabajo en detener un disparo de falta de Castillo y no vio un tiro de Necati, que pegó en el travesaño. Los bulliciosos seguidores pimentoneros que se acercaron a la Nueva Condomina reprobaron, la actuación de los suyos.

En un terreno de juego con tanta arena como el que tuvo la Real hace cien años en Ondarreta, ninguno de los dos equipos mereció nada. Ni siquiera el punto que da la Federación. La Real sudaba tinta china para pasar del centro del campo con el esférico controlado. El equipo de José Miguel Campos se empeñaba en atacar por la maraña formada por Aranburu, Markel y Rivas. Nada que hacer. Bronca del respetable al descanso. Aquello era intolerable para un murcianista. Y para cualquier amante del fútbol. Un maltrato en toda regla.

Rivas se mostró colosal en tareas de defensa, pero apenas vio reflejo de su labor en los tres hombres que tenía por delante. Marcos, Aranburu y Markel se desentendían de capitanear el ataque de los donostiarras. Cuando lo intentaban, no salía nada. Necati era una isla a la que de vez en cuando llegaban suministros. Casi siempre, defectuosos. Nada que hacer. Lillo se volvía loco en el área técnica. Nunca se le había visto tan agitado al borde del campo. Aquello olía a un empate a cero con peor olor que un queso caducado hace un año. Sí, vomitivo.

Aranburu, en tendencia a la baja en los últimos partidos, justificó la salida al campo de su equipo en la segunda parte con un disparo sobre Juantxo Elía, que la paró en dos tiempos entre los que casi el balón acaba dentro de la línea de gol. Nada más. A partir de ahí, a nadar con denuedo hasta acabar ahogados en la misma orilla de un limbo poco apetitoso: el empate no valía de nada, como reconoció Lillo. Entonces, ¿por qué la Real no fue a por la victoria?

Ese momento que no era ni del Murcia ni de la Real lo aprovechó el ajeno. Pasó lo de todos los fines de semana. Los realistas lo esperaban como quien, palomitas en ristre, espera un cameo de Woody Allen en una de sus películas. Hevia Obras tomó el protagonismo: anuló un gol de Agirretxe más que dudoso y se calzó a Labaka con una segunda amarilla dudosa. Ya hay debate para toda la semana. La primera amarilla de Labaka era incomprendida en el campo y de risa fuera de él: "Intentar meter un gol con su mano". El ligero detalle está en intentarlo. Ni siquiera tocarla. Con intentarlo basta. Las dudas en la expedición realista eran entendibles. Al menos, no hay mal que por bien no venga, ha cubierto ciclo de cinco amarillas con estas dos. Descansará ante el Hércules de Delibasic.

Un minuto después, Hevia Obras reapareció, casi en la misma escena, el árbitro madrileño y eliminó a Otxoa, central pimentonero. Labaka y él eran los únicos con amarilla hasta esos momentos. Pese a que el sicario de amarillo del sábado pasado quiso lo contrario, el madrileño demostró que gente como él tienen conciencia. Diez contra diez, empate a cero y apenas una docena de minutos por delante para el final de una película en la que el colegiado volvió a aparecer para desenfundar amarillas y validar dos goles del Murcia.

Cuando ya tan difícil es aguantar el suplicio pero más cercana se ve la alegría del final de la tortura, en el 87', el Murcia aprovechó un balón regalado en el área y marcó el 1-0. Y después el 2-0. Ir a Murcia para eso apenas tiene sentido. Tras el gol de Sikora en el 94', Lillo se volvía a levantar y acababa de desgañitarse. Pitido final y a casa con el rabo entre las piernas.

Mes y medio después de que accediera a la presidencia, Jokin Aperribay ha debutado con la Real a domicilio. El partido era más que importante y Lillo, como Lotina en las finales de Barcelona o Getafe en las que jugó con un punta -Germán Herrera-, apostó por un dibujo que se perdió lejos de lo anecdótico como ha intentado hacer ver en la rueda de prensa.

La Nueva Condomina debe ser el final de la peor etapa de la Real en la que sicarios de amarillo, graves lesiones y malos resultados han apartado al club de la zona de ascenso. Contra el Murcia eso se ha tenido que acabar. Porque contra Hércules tiene que aparecer el sol y la Real debe empezar a escribir otra historia: la del ascenso a Primera.