Con premeditación y alevosía
Bernabé García deja a la Real sin dos puntos vitales para encaramarse a la zona alta
La Real se adelantó en el marcador, pero un penalty inexistente permitió la igualada
La Real se adelantó en el marcador, pero un penalty inexistente permitió la igualada
Como si fuera un delito. El arbitraje de Gregorio Bernabé García no dejó ninguna duda: penalty inexistente -que anula la victoria local-, dos expulsiones y nueve tarjetas amarillas en contra de la Real son su mejor tarjeta de visita en un partido que, once contra once, jamás fue bronco. Ningún pique siquiera verbal entre realistas y zaragocistas. Nada. No tenía más historia que ese 1-0.
Con los de Lillo colgados del larguero, el Zaragoza, actor de Serie B en este guión, no empató cuando dominaba. Cuando ya no lo hacía (del 85' en adelante), se encontró un gran regalo en forma de penalty que Ewerthon abrió para desatar la penúltima tormenta de la tarde en Anoeta. Daba igual el rival: el San Benito también hubiera igualado ese partido.
Porque a las limitaciones de juego del equipo de Lillo que el tolosarra se empeña en aumentar colocando a Rivas y Gerardo a organizar el juego, se le sumó la desgracia de un sicario que anoche vestía de amarillo. Cuando la mejor crónica de un partido es el acta arbitral, algo falla.
La tarde no pintaba bien. El frío que recorría Anoeta invitaba a quedarse en casa, los equipos saltaban a todo correr cinco minutos antes de las seis y media sin tiempo a que sonara el himno de la Real ni que los niños de la foto con el once titular hubieran llegado frente al banquillo realista. Entonces muchos aficionados salieron de los vomitorios hacia sus asientos. No estaba la tarde para hacer una concesión demás al frío. Cosa que sí hizo el trencilla, que no acertó ni en la hora de sacar a los jugadores al campo: estuvieron dos minutos esperando a que conectara la señal de televisión con Anoeta.
El arranque dejaba detalles que apuntaban en una sola dirección. Si la Real creía en lo que hacía, podía ganar el partido. La anticipación proverbial de Carlos Martínez a Ewerthon en el 6', un minuto más tarde el doble robo de un Rivas inmenso y psicológicamente recuperado después del fallecimiento de su abuela, el mando de Ansotegi atrás... Victoria y con claridad. La defensa maña no acababa de ajustarse, Marcos rompía la línea en velocidad cada dos por tres y Abreu daba miedo con solo mencionarlo.
El uruguayo, sin embargo, tuvo competencia: Bernabé García. Diez minutos le bastaron para amonestar a Xabi Castillo por "zancadillear a un contrario en la disputa del balón", veinticuatro para sacarle la amarilla a Prieto por, sin ver por dónde iban los tiros, "jugar el balón con la mano, cortando la posibilidad de ser jugado por un adversario". Tres minutos más tarde, el colegiado expulsaba al asistente sanitario Iosu Busto por "protestar de forma ostensible con los brazos en alto y a voz en grito, una decisión mía". En el 31', amarilla a Carlos Martínez para acabar desquiciar al personal cuando el Zaragoza cometía las mismas faltas insulsas que los locales.
En ese mismo minuto, Aranburu picó un balón para Abreu. Anoeta, casi en silencio y poniéndose de pie poco a poco, mira al linier. El Loco no está fuera de juego. La bandera está abajo y el asistente Gallego García se pregunta por lo que va a hacer Abreu. ¡Marcar! ¿Qué otra cosa iba a hacer si no? Allá donde cualquiera se pondría mucho más nervioso, el uruguayo es donde más temple tiene: a dos metros de la portería rival. Y con esa sangre fría de loco, ejecutó a López Vallejo. Ningún árbitro había provocado tanta ira como para expulsarla en semejante explosión de júbilo. No todo iba a ser malo en el murciano.
Sí casi todo. Bernabé García fue la demostración práctica del despropósito arbitral que hace indigna cualquier competición, desde Primera hasta Interbares. Con sicarios como él, decir que ningún árbitro sale a pitar en contra de un equipo es como decir que todos los jugadores siempre son honrados, que nunca nadie se tira en el área o que nunca nadie se ha valido de la mano para marcar un gol a Inglaterra en unos cuartos de final de un Mundial en México. Un penalty, dos expulsiones y nueve amarillas.
Con Messi y Eto'o el partido hubiera sido otra historia. Con 5-0 no hubiera habido espacio para el revolcón arbitral. Ni con el 1-3 ó 1-4 del que hablaba Marcelino como quien intenta justificar su incapacidad sobre el terreno de juego o su estratosférico sueldo de 2,4 millones de euros más 600.000 euros en concepto de prima por hacer lo que tiene que hacer con el equipo que tiene: ascender. El partido llegó al 88' con la apretura del 1-0. Ese era el verdadero riesgo.
Los precedentes de Córdoba y Rayo Vallecano estaban muy recientes y el empate se mascaba. Cada vez que había una falta en contra, Manzisidor, preparador de porteros, se levantaba detrás del panel publicitario y se desgañitaba en la banda para ayudar a Bravo a colocar la barrera. El chileno ni le miraba ni le oía. Bastante tenía con lo suyo. Lillo, de pie en el área técnica, se daba palmas contra el muslo derecho. Ya se lamentaba.
La Real, con su juego, no merecía más. Ni siquiera el Zaragoza, que no supo traducir en ocasiones manifiestas -y goles- su clara posesión de balón (cercana al 60%). El empate es poco menos que justo, pero la Real iba ganando hasta que el sicario de amarillo se inventó la pena máxima por una falta de Bravo que ni siquiera amonestó con expulsión, sino con una amarilla, a las que acompañó otras tres por protestar (Aranburu, Moha y Ansotegi). Dos minutos después, la octava para Eñaut Zubikarai por "protestar desde el banquillo de forma ostensible una decisión mía a instancias del cuarto árbitro". Como si le hubiera dicho Ainzúa Zabalza que protestara la decisión tomada por el profesor universitario.
Partido acabado. 1-1. Los realistas rodean a Bernabé García, que, impasible, se dirige al vestuario. Cerca de la caseta del cuarto árbitro aparece Moha. Segunda amarilla y roja al marroquí. Ya son ganas de liarla, Bernabé. El público espera de pie en los pasillos del Estadio, expectante, con los pañuelos blancos preparados. El sicario de amarillo apunta lo que, supuestamente, le ha dicho Moha, mientras espera a que entren los jugadores del Zaragoza, radiantes por un punto, en los túneles. Ya están de camino.
Bernabé García levanta la cabeza, se arma de valor (aunque ya llevaba el depósito a rebosar) y da los 25 pasos que le separan de las escaleras al subsuelo de Anoeta. Cada cual más tenso y más peligroso. Vuelan algunas botellas. La Ertzaintza protege la bocana de vestuarios. Con un ademán desairado renuncia a los escudos protectores. Desaparece escaleras abajo. Algo ha hecho mal cuando, como Jokin Aperribay, el sicario vestido de amarillo debe salir escoltado de un recinto deportivo.
PD: el presidente, ni está ni se le espera.
Con los de Lillo colgados del larguero, el Zaragoza, actor de Serie B en este guión, no empató cuando dominaba. Cuando ya no lo hacía (del 85' en adelante), se encontró un gran regalo en forma de penalty que Ewerthon abrió para desatar la penúltima tormenta de la tarde en Anoeta. Daba igual el rival: el San Benito también hubiera igualado ese partido.
Porque a las limitaciones de juego del equipo de Lillo que el tolosarra se empeña en aumentar colocando a Rivas y Gerardo a organizar el juego, se le sumó la desgracia de un sicario que anoche vestía de amarillo. Cuando la mejor crónica de un partido es el acta arbitral, algo falla.
La tarde no pintaba bien. El frío que recorría Anoeta invitaba a quedarse en casa, los equipos saltaban a todo correr cinco minutos antes de las seis y media sin tiempo a que sonara el himno de la Real ni que los niños de la foto con el once titular hubieran llegado frente al banquillo realista. Entonces muchos aficionados salieron de los vomitorios hacia sus asientos. No estaba la tarde para hacer una concesión demás al frío. Cosa que sí hizo el trencilla, que no acertó ni en la hora de sacar a los jugadores al campo: estuvieron dos minutos esperando a que conectara la señal de televisión con Anoeta.
El arranque dejaba detalles que apuntaban en una sola dirección. Si la Real creía en lo que hacía, podía ganar el partido. La anticipación proverbial de Carlos Martínez a Ewerthon en el 6', un minuto más tarde el doble robo de un Rivas inmenso y psicológicamente recuperado después del fallecimiento de su abuela, el mando de Ansotegi atrás... Victoria y con claridad. La defensa maña no acababa de ajustarse, Marcos rompía la línea en velocidad cada dos por tres y Abreu daba miedo con solo mencionarlo.
El uruguayo, sin embargo, tuvo competencia: Bernabé García. Diez minutos le bastaron para amonestar a Xabi Castillo por "zancadillear a un contrario en la disputa del balón", veinticuatro para sacarle la amarilla a Prieto por, sin ver por dónde iban los tiros, "jugar el balón con la mano, cortando la posibilidad de ser jugado por un adversario". Tres minutos más tarde, el colegiado expulsaba al asistente sanitario Iosu Busto por "protestar de forma ostensible con los brazos en alto y a voz en grito, una decisión mía". En el 31', amarilla a Carlos Martínez para acabar desquiciar al personal cuando el Zaragoza cometía las mismas faltas insulsas que los locales.
En ese mismo minuto, Aranburu picó un balón para Abreu. Anoeta, casi en silencio y poniéndose de pie poco a poco, mira al linier. El Loco no está fuera de juego. La bandera está abajo y el asistente Gallego García se pregunta por lo que va a hacer Abreu. ¡Marcar! ¿Qué otra cosa iba a hacer si no? Allá donde cualquiera se pondría mucho más nervioso, el uruguayo es donde más temple tiene: a dos metros de la portería rival. Y con esa sangre fría de loco, ejecutó a López Vallejo. Ningún árbitro había provocado tanta ira como para expulsarla en semejante explosión de júbilo. No todo iba a ser malo en el murciano.
Sí casi todo. Bernabé García fue la demostración práctica del despropósito arbitral que hace indigna cualquier competición, desde Primera hasta Interbares. Con sicarios como él, decir que ningún árbitro sale a pitar en contra de un equipo es como decir que todos los jugadores siempre son honrados, que nunca nadie se tira en el área o que nunca nadie se ha valido de la mano para marcar un gol a Inglaterra en unos cuartos de final de un Mundial en México. Un penalty, dos expulsiones y nueve amarillas.
Con Messi y Eto'o el partido hubiera sido otra historia. Con 5-0 no hubiera habido espacio para el revolcón arbitral. Ni con el 1-3 ó 1-4 del que hablaba Marcelino como quien intenta justificar su incapacidad sobre el terreno de juego o su estratosférico sueldo de 2,4 millones de euros más 600.000 euros en concepto de prima por hacer lo que tiene que hacer con el equipo que tiene: ascender. El partido llegó al 88' con la apretura del 1-0. Ese era el verdadero riesgo.
Los precedentes de Córdoba y Rayo Vallecano estaban muy recientes y el empate se mascaba. Cada vez que había una falta en contra, Manzisidor, preparador de porteros, se levantaba detrás del panel publicitario y se desgañitaba en la banda para ayudar a Bravo a colocar la barrera. El chileno ni le miraba ni le oía. Bastante tenía con lo suyo. Lillo, de pie en el área técnica, se daba palmas contra el muslo derecho. Ya se lamentaba.
La Real, con su juego, no merecía más. Ni siquiera el Zaragoza, que no supo traducir en ocasiones manifiestas -y goles- su clara posesión de balón (cercana al 60%). El empate es poco menos que justo, pero la Real iba ganando hasta que el sicario de amarillo se inventó la pena máxima por una falta de Bravo que ni siquiera amonestó con expulsión, sino con una amarilla, a las que acompañó otras tres por protestar (Aranburu, Moha y Ansotegi). Dos minutos después, la octava para Eñaut Zubikarai por "protestar desde el banquillo de forma ostensible una decisión mía a instancias del cuarto árbitro". Como si le hubiera dicho Ainzúa Zabalza que protestara la decisión tomada por el profesor universitario.
Partido acabado. 1-1. Los realistas rodean a Bernabé García, que, impasible, se dirige al vestuario. Cerca de la caseta del cuarto árbitro aparece Moha. Segunda amarilla y roja al marroquí. Ya son ganas de liarla, Bernabé. El público espera de pie en los pasillos del Estadio, expectante, con los pañuelos blancos preparados. El sicario de amarillo apunta lo que, supuestamente, le ha dicho Moha, mientras espera a que entren los jugadores del Zaragoza, radiantes por un punto, en los túneles. Ya están de camino.
Bernabé García levanta la cabeza, se arma de valor (aunque ya llevaba el depósito a rebosar) y da los 25 pasos que le separan de las escaleras al subsuelo de Anoeta. Cada cual más tenso y más peligroso. Vuelan algunas botellas. La Ertzaintza protege la bocana de vestuarios. Con un ademán desairado renuncia a los escudos protectores. Desaparece escaleras abajo. Algo ha hecho mal cuando, como Jokin Aperribay, el sicario vestido de amarillo debe salir escoltado de un recinto deportivo.
PD: el presidente, ni está ni se le espera.

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