Carril del Siete, por Erik Bretos
El árbitro
“Abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera”. Así es como define Eduardo Galeano la figura del árbitro en su libro El fútbol a sol y sombra. Llevo varios días sumergido en la lectura de este mágico libro en el que el fútbol es el gran protagonista. Y tras la penosa actuación de González González el pasado sábado, recordé la pequeña parte del libro en la que el escritor se centra en la labor de los colegiados.
“Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino”, señala el autor. Y es cierto, en los últimos tiempos los árbitros no han hecho más que conducir a nuestro equipo hacia un destino fatal. La actuación del trencilla el pasado sábado fue la última prueba de ello. Y por si no fuera suficiente con la ineptitud del árbitro, el juez de línea, “que ayuda pero no manda”, vio expulsión donde no hubo insulto. Se chivó y el colegiado acudió raudo y veloz para mostrar la cartulina roja y “arrojar al exilio” a Carlos Martínez.
“Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si no existiera”, asegura Galeano. Y tiene toda la razón, pero no deja de ser cierto que, a menudo, con ese aire chulesco que caracteriza a muchos de su especie, los árbitros no consiguen más que acentuar la crispación que se respira en el ambiente.
El pasado sábado González González sacó de quicio a los aficionados txuri-urdin. Porque demostró no saber llevar un partido de fútbol. No supo calmar unos ánimos especialmente calientes al tomar decisiones absolutamente evitables como la expulsión. Y por si fuera poco, abandonó el césped tras el botellazo sin explicación alguna, lo que podría haber desembocado un caos en aquellas circunstancias. Según Galeano, el árbitro “durante más de medio siglo vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores”. Pero, o cambia su actitud hacia nosotros, o será la Real la que acabe vistiendo de luto. ¿Por quién? Por ella.
“Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino”, señala el autor. Y es cierto, en los últimos tiempos los árbitros no han hecho más que conducir a nuestro equipo hacia un destino fatal. La actuación del trencilla el pasado sábado fue la última prueba de ello. Y por si no fuera suficiente con la ineptitud del árbitro, el juez de línea, “que ayuda pero no manda”, vio expulsión donde no hubo insulto. Se chivó y el colegiado acudió raudo y veloz para mostrar la cartulina roja y “arrojar al exilio” a Carlos Martínez.
“Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si no existiera”, asegura Galeano. Y tiene toda la razón, pero no deja de ser cierto que, a menudo, con ese aire chulesco que caracteriza a muchos de su especie, los árbitros no consiguen más que acentuar la crispación que se respira en el ambiente.
El pasado sábado González González sacó de quicio a los aficionados txuri-urdin. Porque demostró no saber llevar un partido de fútbol. No supo calmar unos ánimos especialmente calientes al tomar decisiones absolutamente evitables como la expulsión. Y por si fuera poco, abandonó el césped tras el botellazo sin explicación alguna, lo que podría haber desembocado un caos en aquellas circunstancias. Según Galeano, el árbitro “durante más de medio siglo vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores”. Pero, o cambia su actitud hacia nosotros, o será la Real la que acabe vistiendo de luto. ¿Por quién? Por ella.

1 comentarios:
muy buen artículo, erik, felicidades. me ha gustado mucho
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