En caliente, por Diego Carasusán*
¿Cuándo me toca reír?
Ayer fue mi cumpleaños. En estos días me gusta pararme a reflexionar sobre quién soy y quién quiero ser en el futuro, intentando hacer planteamientos para mejorar mi forma de ser. Ya no soy un chaval. Cierto es que, a mis 31 primaveras, todavía me puedo considerar como un joven con mucho por recorrer (Dios mediante), pero tampoco cabe esperar más para conseguir lo que uno quiere. A estas edades, ya no puedes perder el tiempo y tienes que fijar un rumbo fijo.
En mi caso, me considero afortunado. Me casé con la mujer de la que estaba enamorado, tengo una hija que todos los días me hace feliz, y trabajo en lo que me gusta siendo redactor del medio de comunicación más potente de mi Navarra natal. Pero, como suele pasar en estos casos, algo tenía que fallar, y es que yo... ¡soy de la Real!
Desde que tengo conocimiento, he seguido a este equipo con una intensidad y pasión que no ha parado de crecer en los últimos años. He invertido mucho dinero, esfuerzo, sueño, tiempo y salud en una pasión de la que no me puedo librar aunque quiera y, ¿qué he recibido a cambio?
Lo del domingo en Vitoria no es más que un episodio más de la historia reciente de mi Real. Los realistas de mi generación no hemos conocido más que dolorosos capítulos de indignación, decepción, humillación y vergüenza. Nuestros abuelos vivieron el ascenso en Puertollano y nuestros padres disfrutaron con los títulos de los años 80, pero nosotros no hemos hecho más que padecer las miserias de un club que muy pocas veces ha hecho sonreír a sus incondicionales seguidores. Y digo incondicionales porque, pase lo que pase el domingo, la Real seguirá contando con un enorme número de aficionados que la acompañarán allí dónde esté.
El domingo, cuando el Alavés marcó en el descuento, pensé que eso era lo más cruel que me había tocado vivir con mi Real e intenté consolarme pensando que ya no podía ocurrir algo peor nunca, pero sé que ocurrirá. Cuando menos nos lo esperemos y cuando más cerca estemos de la gloria, nos volverá a pasar, porque la sensación que emite el equipo desde hace años, y que se transmite a sus seguidores, es la de un club triste, pesimista, fatalista y, sobre todo, perdedor, que nunca consigue sus objetivos por méritos propios.
La Real no merece subir, como pienso que tampoco lo merece el Sporting y el Málaga, aunque ellos sí lo van a hacer. Los nuestros, al igual que gijoneses y andaluces, no han demostrado ser valientes cuando han tenido la oportunidad. Pero el domingo, ellos reirán y nosotros nos iremos de Anoeta con la cabeza agachada y lamentándonos por las ocasiones perdidas. Sé que es sólo fútbol, pero muchas veces este deporte muestra como ninguna otra cosa la personalidad de las personas y, hoy por hoy, la gran mayoría de los jugadores de la Real son perdedores, mediocres y cobardes.
Me gustaría que no fuera así, y creo que no lo es, pero quizás tengamos lo que nos merecemos.
En mi caso, me considero afortunado. Me casé con la mujer de la que estaba enamorado, tengo una hija que todos los días me hace feliz, y trabajo en lo que me gusta siendo redactor del medio de comunicación más potente de mi Navarra natal. Pero, como suele pasar en estos casos, algo tenía que fallar, y es que yo... ¡soy de la Real!
Desde que tengo conocimiento, he seguido a este equipo con una intensidad y pasión que no ha parado de crecer en los últimos años. He invertido mucho dinero, esfuerzo, sueño, tiempo y salud en una pasión de la que no me puedo librar aunque quiera y, ¿qué he recibido a cambio?
Lo del domingo en Vitoria no es más que un episodio más de la historia reciente de mi Real. Los realistas de mi generación no hemos conocido más que dolorosos capítulos de indignación, decepción, humillación y vergüenza. Nuestros abuelos vivieron el ascenso en Puertollano y nuestros padres disfrutaron con los títulos de los años 80, pero nosotros no hemos hecho más que padecer las miserias de un club que muy pocas veces ha hecho sonreír a sus incondicionales seguidores. Y digo incondicionales porque, pase lo que pase el domingo, la Real seguirá contando con un enorme número de aficionados que la acompañarán allí dónde esté.
El domingo, cuando el Alavés marcó en el descuento, pensé que eso era lo más cruel que me había tocado vivir con mi Real e intenté consolarme pensando que ya no podía ocurrir algo peor nunca, pero sé que ocurrirá. Cuando menos nos lo esperemos y cuando más cerca estemos de la gloria, nos volverá a pasar, porque la sensación que emite el equipo desde hace años, y que se transmite a sus seguidores, es la de un club triste, pesimista, fatalista y, sobre todo, perdedor, que nunca consigue sus objetivos por méritos propios.
La Real no merece subir, como pienso que tampoco lo merece el Sporting y el Málaga, aunque ellos sí lo van a hacer. Los nuestros, al igual que gijoneses y andaluces, no han demostrado ser valientes cuando han tenido la oportunidad. Pero el domingo, ellos reirán y nosotros nos iremos de Anoeta con la cabeza agachada y lamentándonos por las ocasiones perdidas. Sé que es sólo fútbol, pero muchas veces este deporte muestra como ninguna otra cosa la personalidad de las personas y, hoy por hoy, la gran mayoría de los jugadores de la Real son perdedores, mediocres y cobardes.
Me gustaría que no fuera así, y creo que no lo es, pero quizás tengamos lo que nos merecemos.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

2 comentarios:
jeri, de barcelona ,32 años macho el articulo lo has clavado asi nos sentimos muchos aficionados de la real.
Como SIEMPRE genial tu articulo.Espero que éste domingo cambie esa historia negra que nos persigue y podamos reir y disfrutar del ascenso,saludos y espero tu articulo,porque éste si que será de alegría,ya lo veras amigo Diego,ya lo veras..:) ;) .
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