14/03/12

En caliente, por Diego Carasusán*

Detalles de grandeza


El sábado estuve en San Sebastián viendo a la Real y pude disfrutar, por fin, de uno de los finales de partido más plácidos que recuerdo. El Zaragoza opuso muy poca resistencia y, sinceramente, huele a podrido por todas partes.

Ante semejante panorama, y dado lo holgado del marcador, me dediqué a fijarme en cosas que no me gustan de mi club. Como dice mi mujer Cristina, con la edad me estoy haciendo cada vez más cascarrabias. Así, como el mismísimo señor Scrooge, me encorvé en mi asiento de Anoeta y, entre dientes, refunfuñé asqueado por tener que seguir viendo a mi querida Real con ocho calles de atletismo de por medio; por no poder animar a pulmón abierto por miedo a que cualquiera de mis compañeros de grada me mire mal; por no ver en mis jugadores el hambre y la ambición que tienen otros equipos no tan lejanos; o por ver a estos mismos tíos pirarse a los vestuarios como alma que lleva el diablo nada más pitar el final del partido sin saludar a la afición.

Pero habíamos ganado y eso era lo más importante. Por eso, y aunque nunca estoy plenamente contento con nada, salí de Anoeta con una sonrisa y la satisfacción de aquel que sabe que los deberes estaban hechos.

Pero la tarde me aguardaba un bonito detalle. Algo que he vivido muchas veces pero que se me había olvidado que siempre ocurre cuando juega la Real en San Sebastián y que me encanta. Les pongo en situación. Salgo del estadio en dirección al Buen Pastor donde me aguarda Cristina con los pequeñajos. En los aledaños de Anoeta la afición se agolpa en los pasos de cebra y en las paradas de autobús. Los colores txuri-urdin lucen en bufandas, gorros, banderas…, pero conforme se desciende por la avenida de Madrid, el colorido se difumina. La gente se dispersa y, al final de la avenida de Sancho El Sabio, una bufanda como la que yo llevo colgando del cuello delata mi procedencia.

Es entonces cuando me topo con un mozo de acento inglés que me para amablemente y me pregunta: “¿Quién ha metido el tercero?”. Yo, casi sin pararme por las prisas, le contesto con una sonrisa: “¡Agirretxe!”. “¡Aupa Imanol!”, me responde cómplice. Un poco más abajo, ya en la calle de Prim, una pareja de señores mayores me vuelve a parar y me pregunta: “Oye, mocete, ¿qué ha hecho la Real?”. “Ha ganado”, les contesto. Mi sonrisa es cada vez mayor. Ya a los pies de la catedral, entre las callejuelas que rodean la seo, hay un grupo de chavales jugando al balón junto a la pared y a un escaparate que parece tener las horas contadas. Los niños paran su minipartido cuando advierten mi presencia para evitar el inminente balonazo y se fijan en mi bufanda. “¡Señor! ¿Ha ganado la Real?”. “3-0”, les respondo levantando el puño. Les miro de reojo sin parar mi acelerado caminar. Ahora la sonrisa se la quedan ellos.

Ese paseo desde Anoeta hasta el Buen Pastor después de una victoria de la Real es genial. Te sientes como un soldado que regresa victorioso de la guerra y es recibido por su gente. Quien sabe apreciar estos detalles puede darse cuenta del poder e implicación que tiene este club entre su gente. Y eso es algo que me llena de orgullo.

*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

07/03/12

En caliente, por Diego Carasusán*

El Madrid de Euskadi


Tres días después de la derrota en Bilbao me sigue escociendo la herida. La Real no mereció perder, y mucho menos por dos goles de diferencia, pero la realidad es que salimos de San Mamés con cero puntos, dos tantos en contra, y entre el jolgorio y cachondeo de la grada que, para ser un partido más, celebró la victoria local casi como cuando eliminaron al todopoderoso Mirandés para meterse en la final de Copa.

Entre mis tweets de indignación tras el gol que Mateu Lahoz hurtó a favor de la Real, me referí al Bilbao como en lo que se ha convertido: el Madrid de Euskadi. Y no fue una expresión nacida del calentón del momento, sino de una reflexión madurada durante los últimos años y refrendada con hechos.

Este artículo es como Matrix. Si el lector prefiere vivir envuelto en la mentira, pero feliz y contento, no siga leyendo. Si en cambio quiere descubrir la verdad, adelante, lea hasta el final, no se arrepentirá.

Imperialismo
El Bilbao, igual que el Madrid a nivel nacional e internacional, ejerce en Euskadi el mismo papel imperialista que el club merengue. Conocida es la Doctrina Aurtenetxe que afirmó hace años que los mejores jugadores vascos debían jugar en el Bilbao, y punto. Toda una proclama de pensamiento único propia del imperialismo más carroñero y dictatorial. Esta filosofía ha llevado a las distintas directivas rojiblancas a esquilmar las canteras del resto de equipos vascos y navarros llevándose a jugadores desde la base y, en muchas ocasiones, con métodos poco éticos.

Todos conocemos el Caso Zubiaurre y cómo la Justicia dio la razón a la Real, pero las garras del Bilbao no solo pretenden apresar a las promesas de pelo en pecho, sino que se extienden a las categorías inferiores de los clubes de su ámbito de acción (¿?) llegando a enviar cartas (y demás tentaciones) a colegios de Gipuzkoa y Navarra para intentar captar a su causa a cualquier niño que sepa pegarle una patada a un balón. Por eso, me indigna cuando oigo a los bilbaínos decir que les dejemos en paz, que no nos metamos más con ellos y que nos preocupemos de lo nuestro. Pero eso es algo difícil cuando son ellos los que no nos dejan en paz a nosotros. Es como si los romanos se quejasen a los habitantes de Numancia de querer defenderse en pleno asedio. ¡De locos!

El poder del dinero
Como ha ocurrido y sigue ocurriendo, cualquier imperio necesita para su desarrollo el sustento económico que sostiene su avance y calla bocas. El Madrid ha construido su leyenda a base de toneladas y toneladas de dinero. Por su parte, el Bilbao hace lo mismo en Euskadi. Utiliza sus recursos económicos para fichar jugadores (y voluntades) con el objetivo de seguir sustentando esa gran mentira de la que otras veces he hablado aquí y que ellos llaman Filosofía. ¿Ustedes creen que Etxeberria se hubiera ido de la Real si el Bilbao no le hubiesen pagado lo que le pagaron? ¿Para qué? ¿Para ganar títulos? Si fue por ganar dinero, Etxeberria lo clavó. Si sus razones fueron las de engordar su palmarés, el de Elgoibar acabó su carrera como un fracasado. ¿Por qué se fue Zubiaurre? ¿Por qué se fue Díaz de Cerio? ¿Por qué se irán otros canteranos realistas al Bilbao? ¿Por amor a los colores rojiblancos? No lo creo. De hecho, esto no se lo creen ni en Ibaigane, pero la mentira se sigue manteniendo, y eso es lo único que importa.

El equipo del Gobierno
Cuando el Madrid necesitó más dinero para sustentar su faraónico proyecto conocido como el de los Galácticos, instituciones como la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento firmaron con la entidad blanca un convenio para recalificar los terrenos de su ciudad deportiva. El ‘pelotazo inmobiliario’ ya estaba montado y los planes de Florentino, el Ser Superior, tenían vía libre para realizarse sin problemas. En Euskadi, el Athletic está realizando su particular pelotazo institucional con la construcción de su nuevo estadio. Los de San Mames cuentan con todo el apoyo y muy pocas objeciones a su megaproyecto, mientras que la Real no encuentra más que trabas y más trabas para la remodelación de Anoeta y la eliminación de las malditas pistas de atletismo que se impusieron en el proyecto original.

Este apoyo a favor del Bilbao tiene su fiel reflejo en las instituciones deportivas. El presidente de la Real Federación Española de Fútbol es Ángel María Villar, ex jugador del Bilbao. Su mandato se prolonga ya durante 24 años y algunas de sus designaciones han estado sembradas de polémica. Prueba del respeto (o miedo) que infunde Villar en otros clubes lo encontramos recientemente tras aquel encuentro entre el Bilbao y el Levante que los de Valencia perdieron en San Mamés y que significó la salvación matemática de los del Botxo.

Si recuerdan, después apareció una grabación entre el presidente del Levante, Julio Romero, y el capitán, Iñaki Descarga, en el que hablaban de un trato entre ambos clubes para que el Bilbao ganara aquel transcendental partido. Al final de la conversación, el presidente levantinista dice, literalmente, lo siguiente: “Se diga lo que se diga, nosotros tenemos que decir que fuimos a ganar el partido. En la Federación nos hemos encargado de que Villar lo sepa también, para decir, vamos a ver, no es que te vaya a dar nada pero sí que a lo mejor le estás diciendo: cuidado con nosotros, no estamos en contra de los tuyos, no hemos ido a por ti a muerte, para que lo sepa”. A buen entendedor... Nosotros, en cambio, tenemos al ex presidente José Luis Astiazarán como máximo dirigente de la Liga Fútbol Profesional… Con amigos como ese no hacen falta enemigos.

El apoyo mediático
Una mentira necesita de voceros que la multipliquen por cien para convertirla en una verdad. Siempre es más bonito (y vende más) contar la historia de un club que juega con chicos “de su casa”, que resiste la invasión “extranjera” y que nunca ha bajado a Segunda. Pero si se rasca un poco sobre esa brillante capa de pintura aparece la verdad oxidada de un club que sigue vendiendo mentiras y que lo seguirá haciendo mientras haya necios que las compren. Y los hay, créanme, los hay.

Prepotencia madridista, fanfarronada bilbaína
Pónganse en situación. Cuatro amigos, un alavés, un guipuzcoano, un vizcaíno y un navarro, comparten un katxi al que le queda medio litro de kalimotxo en su interior. El de Álava propone acabar el vaso a los otros tres, ya que él no desea tomar más. El de Gipuzkoa, que es quien ha pagado el katxi, prefiere compartirlo con el resto ya que le parece mucho para uno solo, pero el de Bilbao arrebata bruscamente el katxi de sus manos y, con aires de superioridad, mira con suficiencia al resto retándoles a beber el medio litro de un trago mientras enumera una inacabable lista de proezas etílicas por todos y cada uno de los bares del Casco Antiguo.

En medio de la lectura de su imaginario curriculum, el navarro, que no se había enterado de nada porque estaba mirando a alguna moza del lugar, agarra el vaso y engulle de un trago el medio litro de kalimotxo, con cubitos y rodaja de limón incluidos. Los otros tres miran al navarro con una mezcla de admiración e incredulidad ante semejante muestra de capacidad, mientras el navarro, todavía ajeno a la polémica, sigue mirando a la moza. Esta es la clave.

Cuenta el tópico que la diferencia entre un vizcaíno y un navarro es que mientras el primero alardea de lo que puede hacer sin llegar a hacerlo, el segundo lo hace sin decir nada. Y ahí está el reflejo que ofrece el Bilbao a todos aquellos que no nos dejamos engañar. Los bilbaozales fanfarronean y lucen chapa clamando a los cuatro vientos que ellos son los mejores del corral, cuando quienes les están sacando las castañas del fuego son guipuzcoanos, alaveses y navarros, además de algunos riojanos, algún que otro aragonés, un venezolano… Y es que la bilbainada es la prepotencia madridista en versión vasca.

Pero saben lo que les digo, que todas estas cuestiones, todas estas ayudas, todas estas ventajas, toda esta prepotencia, toda esta mentira no hace sino engrandecer todavía más a mi querida Real.


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

29/02/12

En caliente, por Diego Carasusán*

Esto me cuesta la salud


Todas las personas tienen alguna afición. Coleccionar sellos, pescar o cazar, visitar iglesias románicas o contar el número de vizcaínos que juegan en el Bilbao… Todo vale para pasar el rato de la forma más agradable posible. Son distracciones que hacen más llevadero el monótono día a día, válvulas de escape a la rutina, evasiones al aburrimiento.

Lo normal es buscarse una afición que a uno le llene, que le entretenga o, al menos, que le haga feliz, por eso cada vez entiendo menos el motivo por el cual todos los fines de semana sacrifico dos horas de mi tiempo libre a sufrir con mi querida Real.

Alguna vez ya me he referido a este tema en columnas anteriores, pero quería volver a retomar este mismo argumento ya que me he dado cuenta que, de un tiempo a esta parte, ni siquiera celebro los goles. El domingo pasado, ante el Mallorca, Agirretxe marcaba a falta de 10 minutos para el final. Pegados al televisor, mi hermano y mi padre pegaron un salto en el sillón. En cambio, yo me quedé clavado en el asiento y, de forma inconsciente, mi atención se centró en mirar el reloj para calcular cuánto tiempo quedaba, qué cambio táctico se podía hacer para amarrar la victoria y cuántas ocasiones de gol nos iba a crear el Mallorca en la recta final del encuentro. Si esto es disfrutar, que baje Dios y lo vea.

Este terrible sufrimiento lo llevo padeciendo desde hace varios partidos. Tal es el control que de forma estúpida pretendo ejercer sobre el juego que llego hasta el punto de agarrarme un cabreo descomunal hasta cuando perdemos en el sorteo de campos.

Como no se puede explicar lo inexplicable, el domingo a las 16 horas estaré quemándome las pestañas ante la pantalla de la televisión viendo a la Real ante el Bilbao y sufriendo como siempre, desde el sorteo de campos hasta que el árbitro termine la redacción del acta. Como ya les dije una vez, ¡pura pasión!


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

22/02/12

En caliente, por Diego Carasusán*

Culpables


Después de una derrota tan sangrante como la del domingo es necesario buscar culpables, pero no para despotricar por despotricar, sino con el ánimo de encontrar soluciones y no repetir errores.

El encuentro me dejó varios nombres propios que tuvieron una repercusión transcendental en el resultado final.

El primero de estos nombres propios es el de Montanier. Este hombre sigue sin convencerme lo más mínimo y, lo siento, pero no me cuadran muchas de las cosas que hace. La Real jugó contra el Sevilla un encuentro más que aceptable. Se mostró firme en defensa, creativa en el centro del campo y contundente de cara al gol. El equipo funcionó y, como se suele decir, algo que funciona no conviene tocarlo. Pues nuestro mister no sólo lo tocó, sino que además, y sin motivo aparente, dejó en el banquillo, curiosamente, a los dos goleadores de aquel encuentro: Vela y Pardo. Incomprensible.

El segundo nombre es el del árbitro Teixeira Vitienes, que nos dejó sin un jugador toda la segunda parte. Hasta ese momento, la Real estaba siendo superada por el Granada, pero tenía sus opciones. Tras la roja a Illarra, eso se terminó. La derrota en la segunda parte era cuestión de tiempo y solo tardó en llegar 11 minutos, cuando el Granada subió al marcador el 2-1.

Pero toda queja al árbitro se desmonta cuando se ve a un jugador de la calidad de Carlos Vela hacer lo que hizo en la recta final del partido. Teixeira acababa de expulsar a un jugador local, con lo que las fuerzas volvían a estar igualadas sobre el terreno de juego. El partido ya iba 3-1, pero, con cinco minutos por delante más los cuatro del descuento, a los realistas nos pasó por la cabeza que se podía repetir algún milagro de última hora para empatar el encuentro o, al menos, salvar el goal-average con un rival directo por el descenso. Todo pasaba por sacar algo positivo del lanzamiento de falta posterior a la citada expulsión. El balón estaba ubicado en la banda derecha de nuestro ataque. Los centrales de la Real subieron al área rival. Más de medio equipo esperaba el balón cerrado al área para intentar el gol. Todo podía pasar…, pero Vela estrelló el balón en el jugador que se había puesto de barrera. El Granada montó una rápida contra con todo nuestro equipo en campo contrario y la defensa partida por el eje. Del supuesto 3-2 se pasó en cinco segundos al sonrojante 4-1. Desesperante.

Quedan muchas cosas por corregir en mi querida Real. De un partido a otro se ven genialidades y torpezas del mismo calibre, y eso es lo peor que le puede ocurrir a un equipo que busca su equilibrio.


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.