En caliente, por Diego Carasusán*
Sin piedad
El sábado, por primera vez esta temporada, fui a Anoeta a ver a mi querida Real. Ya había estado sufriendo de cuerpo presente en el partido de Soria, pero, como marca una tradición autoimpuesta por un servidor, no podía pasar diciembre sin viajar a Donosti.
El ambiente era estupendo, tal y como se podía esperar de un derby provincial. Más de 24.000 espectadores en la grada dan muestra de que nuestro sitio no está en Segunda División, pero esto es lo que nos ha tocado sufrir. En esta travesía por el desierto hemos jugado con filiales de equipos que, hasta hace poco, nos temían; hemos viajado a campos más propios de Tercera División; y nos hemos tenido que conformar con jugar el ‘gran derby’ de la temporada con el Eibar o el Alavés, cuando todavía resuenan los ecos de los auténticos derbis frente al Athletic.
El del sábado fue otro de estos tragos amargos. Tras 44 años, aquellos encuentros en blanco y negro (y no me refiero a los colores del Real Unión) resucitaron en Anoeta en un partido al que, particularmente, tenía un miedo atroz. Afortunadamente, el guión deseado se cumplió casi a la perfección. Gol tempranero, sentencia rápida, tanto del ‘quasi-hijo pródigo’ para meter el miedo en el cuerpo, y un nuevo gol local para matar las esperanzas visitantes.
Hacía tiempo que no ocupaba mi asiento en Anoeta y pude percibir que mis vecinos de localidad han cambiado demasiado. Quizás fuese por el reclamo del derby, pero vi a mi alrededor demasiadas caras desconocidas. Tras de mí había un grupo de jóvenes realistas demasiado animado y provocador. Continuamente, y muchas veces de forma gratuita, los chavales elevaban la voz gritando frases de desprecio al Real Unión y sus seguidores. Esta actitud me incomodó profundamente, y más si cabe cuando me di cuenta de que, unos pocos asientos más allí, se encontraba otra cuadrilla de seguidores unionistas.
La prepotencia que destilaban aquellos fulanos realistas me indignó. Siempre había sido yo la víctima de este tipo de comentarios altivos, sobre todo, en los derbis contra los de Ibaigane, con lo que me sentí descolocado por aquella situación. Como era de esperar, conforme iban cayendo goles a nuestro favor, aquellos tipejos se fueron creciendo, y el tema no fue a más gracias a que los de Irun se hicieron los sordos. Les puedo asegurar que, si se hubiese liado parda, un servidor habría apoyado a los visitantes. Y es que el abuso de poder es algo que no puedo soportar.
Una cosa es el fútbol y la otra es la educación y respeto que hay que tener por todos los rivales (o casi todos). Por eso, como critico la prepotencia de esos realistas, también reconozco que me hubiese gustado que los nuestros hubieses metido dos o tres golitos más a los del Unión. O cinco, o seis…, ¡o siete! Sobre el césped no debe haber concesiones, por muy vecinos que sean los que tengamos enfrente. De hecho, todavía nos sangran las puñaladas que nos metieron esos de rojo que todavía proclaman ser nuestros “hermanos”.
Esto es fútbol, y aquí no hay amigos. Respeto al contrario sí, pero en el campo…, ¡sin piedad!
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
El ambiente era estupendo, tal y como se podía esperar de un derby provincial. Más de 24.000 espectadores en la grada dan muestra de que nuestro sitio no está en Segunda División, pero esto es lo que nos ha tocado sufrir. En esta travesía por el desierto hemos jugado con filiales de equipos que, hasta hace poco, nos temían; hemos viajado a campos más propios de Tercera División; y nos hemos tenido que conformar con jugar el ‘gran derby’ de la temporada con el Eibar o el Alavés, cuando todavía resuenan los ecos de los auténticos derbis frente al Athletic.
El del sábado fue otro de estos tragos amargos. Tras 44 años, aquellos encuentros en blanco y negro (y no me refiero a los colores del Real Unión) resucitaron en Anoeta en un partido al que, particularmente, tenía un miedo atroz. Afortunadamente, el guión deseado se cumplió casi a la perfección. Gol tempranero, sentencia rápida, tanto del ‘quasi-hijo pródigo’ para meter el miedo en el cuerpo, y un nuevo gol local para matar las esperanzas visitantes.
Hacía tiempo que no ocupaba mi asiento en Anoeta y pude percibir que mis vecinos de localidad han cambiado demasiado. Quizás fuese por el reclamo del derby, pero vi a mi alrededor demasiadas caras desconocidas. Tras de mí había un grupo de jóvenes realistas demasiado animado y provocador. Continuamente, y muchas veces de forma gratuita, los chavales elevaban la voz gritando frases de desprecio al Real Unión y sus seguidores. Esta actitud me incomodó profundamente, y más si cabe cuando me di cuenta de que, unos pocos asientos más allí, se encontraba otra cuadrilla de seguidores unionistas.
La prepotencia que destilaban aquellos fulanos realistas me indignó. Siempre había sido yo la víctima de este tipo de comentarios altivos, sobre todo, en los derbis contra los de Ibaigane, con lo que me sentí descolocado por aquella situación. Como era de esperar, conforme iban cayendo goles a nuestro favor, aquellos tipejos se fueron creciendo, y el tema no fue a más gracias a que los de Irun se hicieron los sordos. Les puedo asegurar que, si se hubiese liado parda, un servidor habría apoyado a los visitantes. Y es que el abuso de poder es algo que no puedo soportar.
Una cosa es el fútbol y la otra es la educación y respeto que hay que tener por todos los rivales (o casi todos). Por eso, como critico la prepotencia de esos realistas, también reconozco que me hubiese gustado que los nuestros hubieses metido dos o tres golitos más a los del Unión. O cinco, o seis…, ¡o siete! Sobre el césped no debe haber concesiones, por muy vecinos que sean los que tengamos enfrente. De hecho, todavía nos sangran las puñaladas que nos metieron esos de rojo que todavía proclaman ser nuestros “hermanos”.
Esto es fútbol, y aquí no hay amigos. Respeto al contrario sí, pero en el campo…, ¡sin piedad!
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
