01/02/12

En caliente, por Diego Carasusán*

Victoria agónica


Muchas veces los detalles son más importantes que toda la obra en sí. Por eso, me encanta quedarme con esos pequeños retazos, chispazos geniales que, más allá del hecho del que forman parte, son los que quedan en el recuerdo para siempre.

De la victoria del domingo se me quedaron grabados dos pequeños pedacitos que me alegraron la jornada. Además de los tres puntos balsámicos y cicatrizantes obtenidos ante el Sporting, me encantó una foto que al día siguiente ilustró algunas portadas y crónicas. Se trata de una instantánea en la que los jugadores de la Real celebran un tanto. Si se fijan bien, y se ponen a contar, en ella están todos, excepto Bravo al que la celebración le caía bastante lejos. Todos, los 10 jugadores, unidos en una piña. Ese es el mejor síntoma de que el grupo está unido y comprometido. Y eso no es un detalle menor. Además, si todavía afinan más la vista, comprobarán que de esos 10 jugadores, 9 son canteranos. Todo un lujo y un motivo de orgullo para la familia txuriurdin.

Pero el detalle que me dibujó una sonrisa en el rostro llegó por la noche, tras ver en ETB la repetición del partido. Como es habitual, los periodistas se colocaron en la salida de los espectadores más cercana al Atano e interrumpieron el paso de algunos para preguntarles su opinión sobre el encuentro. Esta vez (y ya era hora) la alegría ganó a la tristeza en las caras de los realistas…, pero ante el micrófono se colocó uno que me llegó al corazón. El periodista le preguntó que qué tal había visto el encuentro y el seguidor le contestó: “Victoria agónica”. “¿Victoria agónica…, con 5-1?”, le volvió a preguntar el reportero. “Sí señor, victoria agónica”, reafirmó el hombre.

Y es así. Quien es realista, y ha reído y llorado con este equipo, sabe que no se puede estar tranquilo nunca. Que nuestra querida Real es capaz de lo mejor y de lo peor, incluso en el mismo partido, en una sola parte, o en unos pocos minutos. Si no, cómo se explica de modo razonable que un mismo jugador marque dos goles en dos minutos y dos minutos después tenga que salir derechito al hospital con la nariz rota. Estoy convencido de que Anoeta está construido sobre un cementerio indio, porque lo que allí pasa no se ve ni en las películas de Steven Spielberg.

Yo era de los realistas que, cuando Griezmann marcó el 5-1, miré el reloj para ver cuánto quedaba…, y no las tenía todas conmigo. Puede sonarles a chiste, pero ya no me fío de nada ni de nadie. Soy de la Real. ¡Qué se le va a hacer!

*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

25/01/12

En caliente, por Diego Carasusán*

Cinco 'raspado'


Una vez concluida la primera vuelta, es tiempo de hacer balance, poner nota y mirar al futuro con voluntad de mejorar.

Personalmente, creo que mi querida Real ha conseguido en esta primera evaluación un cinco ‘raspado’. Uno de esos aprobados que el profesor suele otorgar al alumno capaz, pero perezoso. De esos cincos que huelen a cuatro, y que son un toque de atención. ¡Cuántos de estos habré visto yo en mi trayectoria académica! Y por experiencia digo que el alumno en cuestión tiene dos caminos: o entiende el mensaje y mejora, o pasa de todo y se va por el retrete.

Con 21 puntos en el zurrón, no se puede suspender al alumno, por mucho que haya estado pegando tumbos toda la evaluación, durmiéndose en clase, demostrando apatía, y cometiendo faltas de disciplina merecedoras de la apertura de un expediente. Pero tiene 21 puntos, y si repite la misma progresión, con 42 al final de curso, es muy probable que se salve del suspenso (o no).

Pese a todo, el chaval tiene que aplicarse, hincar los codos y ponerse a la tarea desde ya. El domingo comienza la segunda evaluación y no sirve de nada remolonear sobre el pupitre. El tiempo perdido no vuelve, y los puntos, tampoco.

Además, el visitante del domingo en Anoeta es otro alumno que no ha andando nada fino en la primera parte del curso. De hecho, ha sacado un sonrojante suspenso con muchas materias por recuperar. A ver si, de una maldita vez, no somos nosotros esos panolis que chivan la lección al compañero en pleno examen…, justo en el momento en el que el profesor está mirando.

*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

24/01/12

My way

Arma emocional de doble filo


Sin estar en paro o a punto de que el banco de turno nos desahucie de una ratonera de sesenta metros cuadrados, estamos peor de lo que parece. Con un equipo joven –pero más viejo que cuando empezó la temporada- y un entrenador debutante, la Real acumula 21 puntos en una primera vuelta en la que ha mezclado buenos, muy buenos momentos, con malos, muy malos.

La división de opiniones con la que empezó la temporada tras la destitución de Martín Lasarte se convirtió en unanimidad (más o menos) cuando la Real tocó fondo. Ahora, cuando el viento soplaba a favor, la debacle de Mallorca lleva a la grada a interpretar al unísono música de viento. Esta Real pasa de lo brillante a lo esperpéntico y de la sequía a los monzones con una facilidad tan pasmosa que empieza a desenchufar a algunos seguidores.

Me explico. Empiezan a relativizar, y mucho, lo que haga su equipo: si gana, bien; si pierde, no era de extrañar. La montaña rusa en la que se ha convertido la Real de esta temporada, la del salto de calidad, se ha convertido en un peligro difícil de controlar. Capaz de empatar al Barcelona en un suspiro, de solventar una eliminatoria contra el Granada en apenas diez minutos y de ganar en la cancha maldita del tercer clasificado, los realistas han firmado las peores actuaciones que se recuerdan desde los primeros partidos de la era Coleman, en Segunda.

Los 24 saques de esquina en contra de Granada, las seis ensaimadas de Mallorca o los cuatro hachazos del Atlético son exponentes de una especie de esquizofrenia que tiene razones lógicas y corregibles. Tanto que existe el riesgo de que el personal, con problemas más graves de los que tienen los 30 que rondan el césped cada domingo, acabe por relativizarlo todo. El fracaso y la gloria. Como las vacas que miran al tren. ¿Ha ido bien? Fantástico. ¿Mal? Pues qué le vamos a hacer.

¿Cuántas veces han escuchado eso de “tenemos equipo para diez años”? La última hace poco, cuando el consejo terminó por renovar a la columna vertebral del equipo. Fueron buenas noticias, tener equipo para diez años también lo es, pero nunca parece llegar el año. Tanto es así que impera la sensación de nula exigencia con un equipo (y un club) que, cuántas veces hemos oído eso de "están por encima de lo que esperábamos". Lo escuchamos a mediados de la temporada pasada.

Como estaban, holgados, en mitad de la tabla –se aspiraba a la salvación, fuera como fuera, incluso en el último partido, como fue-, se permitió a los “jóvenes inexpertos” levantar el pistón sin ningún problema. Y esos balances sobre la marcha, con la temporada en curso, nos metieron en problemas. Todo por filosofar (¿UEFA?) en lugar de hacer lo más sencillo: apretar hasta el fondo mientras el balón ruede y, cuando el esférico se detenga, valorar. Y si se llega a UEFA, estupendo, y si lo que hay da para salvarse en la última jornada, igual de estupendo.

Pero siempre tan a fondo como se pueda.

PS: a Lorenzo Juarros, Loren, y Jokin Aperribay. McDonald Mariga llegó, pasó y, tras fracasar, se marcha, pero la pregunta sigue sobre la mesa: ¿podríamos saber, sin desglosar, claro, a cuánto ascienden todos los costes (pago por la cesión, ficha, intermediarios, aviones, platillos volantes, alojamiento...) de la cesión de McDonald Mariga?”. Transparencia es dar respuesta a esa cuestión. Y no solo inaugurar una web con vídeos y Twitter.

19/01/12

My way

Dación en pago


Bip-bip. Suena el teléfono. Es martes, 10 de enero. A la Real le falta encajar la sexta ensaimada. La desolación recorre Gipuzkoa como si no hubiera mañana. Un servidor se ríe como quien ve por quinta vez un gag, de los baratos, de Benny Hill detrás de esas señoritas ligeras de ropa o Mister Bean intentando superar sus miedos y lanzarse a la piscina de un trampolín alto. Miro el móvil. La frase con la que cerré la Carta a Cándida de horas antes del partido de Mallorca: “No esperes que todos los domingos hasta mayo sean de picnic”. Un colega, todavía con el 5-1, me puntualiza: “Y se ve que los martes, tampoco”.

No hay quien salve la papeleta de los octavos de final de Copa. El desastre fue cataclísmico. La victoria de Valencia no es canjeable por el fracaso sin paliativos del Iberostar. Los realistas tenían que salir como salieron en Mestalla sí o sí, hubieran eliminado al Mallorca o no, o hubieran quedado eliminados contra el Granada. La hipoteca que los pupilos de Montanier (y él mismo en una minúscula parte) adquirieron el martes no se canceló el sábado a orillas del Turia.

Pero si ante la inminente llegada del Atlético el gol de Griezmann ya queda lejos, más debería estar lo de hace semana y media. Apenas tiene sentido volver a ello, pero el set de los de Caparrós sigue muy presente. Con letra indeleble, en la historia del realsocialismo: aquellos cuatro goles en siete minutos superaron al archicomentado penalty de Labaka en el partido de los seis minutos en el Bernabéu. Hoy, ambos episodios forman parte de la historia de este deporte.

Porque el fútbol es muy grande. Pero resulta extraño que el que practicaron Zubikarai, Prieto o Ifrán la semana pasada sea el mismo deporte por el que Korotkykh, Klimenko o Goncharenko se jugaron la vida en 1942. Imaginen una Kiev arrasada e invadida por los nazis y en la que un equipo formado por jugadores del Dinamo y Lokomotiv que se encontraron en torno a una panadería, el Start FC, empieza a vencer a conjuntos de guarniciones militares. Los nazis, preocupados por que el equipo fuera un modelo ilusionante para los ucranianos, decidieron cortar su evolución como quien invade Polonia.

Sábado, 6 de agosto de 1942. El Start derrotó 5-1 al Flakelf alemán, algo tan inaceptable que llevó a estos, miembros de la aviación nazi, a pedir revancha para tres días después. Hasta aquel martes 9, Trusevych, Timofeyev o Sukharev no necesitaron ni cartas ni brujería para conocer su futuro caso de que no se dejaran ganar. Los alemanes, que llenaron el campo del Zenit con militares suyos, pusieron hasta el árbitro, un oficial de la SS, que invitó a los ucranianos a saludar al resto con el brazo nazi en alto. Se negaron.

Flakelf, único dueño del balón, marcó el 0-1. El árbitro solo tenía ojos para las faltas que cometía el Start. Tras remontar 3-1 al descanso, el colegiado, harto, terminó el choque con un 5-3 sin llegar a los noventa minutos. Los de casa firmaron su ejecución, aunque les dio tiempo para jugar un partido más que esa revancha.

El día 16 ganaron al Rukh, primer conjunto al que dos meses antes se enfrentaron –y ganaron por 7-2. Se despidieron de las canchas con un 8-0 con el que la Real también hubiera vuelto eliminada de Mallorca. La Gestapo hizo el resto. Korotkykh no pudo regatear las torturas y el resto del equipo fue deportado al campo de concentración de Syrets. Bill Shankly (1913-1981), cuya retirada de los banquillos en 1974 provocó conatos de huelgas en las fábricas de Liverpool, ya veía lo que había. Para él, el fútbol no era una cuestión de vida o muerte, sino “mucho más que eso”. Kuzmenko, Klimenko y Trusevych no salieron de Syrets.

Setenta años después, el balón rueda, aunque casi nadie lo patee por las razones que movieron a los del Start: la camiseta de un equipo provisional, el orgullo de un país y por la libertad. Los jugadores van y vienen y hasta Nihat se retira (eskerrik asko) pero las eliminatorias se siguen perdiendo. Los Barcelona-Madrid se suceden y el fútbol permanece ingresado en la UCI con una sobredosis de millones. Bip-bip. No todos los domingos serán de picnic. Tampoco los martes. Ojalá los sábados.