09/12/09

En caliente, por Diego Carasusán*

Sin piedad

El sábado, por primera vez esta temporada, fui a Anoeta a ver a mi querida Real. Ya había estado sufriendo de cuerpo presente en el partido de Soria, pero, como marca una tradición autoimpuesta por un servidor, no podía pasar diciembre sin viajar a Donosti.

El ambiente era estupendo, tal y como se podía esperar de un derby provincial. Más de 24.000 espectadores en la grada dan muestra de que nuestro sitio no está en Segunda División, pero esto es lo que nos ha tocado sufrir. En esta travesía por el desierto hemos jugado con filiales de equipos que, hasta hace poco, nos temían; hemos viajado a campos más propios de Tercera División; y nos hemos tenido que conformar con jugar el ‘gran derby’ de la temporada con el Eibar o el Alavés, cuando todavía resuenan los ecos de los auténticos derbis frente al Athletic.

El del sábado fue otro de estos tragos amargos. Tras 44 años, aquellos encuentros en blanco y negro (y no me refiero a los colores del Real Unión) resucitaron en Anoeta en un partido al que, particularmente, tenía un miedo atroz. Afortunadamente, el guión deseado se cumplió casi a la perfección. Gol tempranero, sentencia rápida, tanto del ‘quasi-hijo pródigo’ para meter el miedo en el cuerpo, y un nuevo gol local para matar las esperanzas visitantes.

Hacía tiempo que no ocupaba mi asiento en Anoeta y pude percibir que mis vecinos de localidad han cambiado demasiado. Quizás fuese por el reclamo del derby, pero vi a mi alrededor demasiadas caras desconocidas. Tras de mí había un grupo de jóvenes realistas demasiado animado y provocador. Continuamente, y muchas veces de forma gratuita, los chavales elevaban la voz gritando frases de desprecio al Real Unión y sus seguidores. Esta actitud me incomodó profundamente, y más si cabe cuando me di cuenta de que, unos pocos asientos más allí, se encontraba otra cuadrilla de seguidores unionistas.

La prepotencia que destilaban aquellos fulanos realistas me indignó. Siempre había sido yo la víctima de este tipo de comentarios altivos, sobre todo, en los derbis contra los de Ibaigane, con lo que me sentí descolocado por aquella situación. Como era de esperar, conforme iban cayendo goles a nuestro favor, aquellos tipejos se fueron creciendo, y el tema no fue a más gracias a que los de Irun se hicieron los sordos. Les puedo asegurar que, si se hubiese liado parda, un servidor habría apoyado a los visitantes. Y es que el abuso de poder es algo que no puedo soportar.

Una cosa es el fútbol y la otra es la educación y respeto que hay que tener por todos los rivales (o casi todos). Por eso, como critico la prepotencia de esos realistas, también reconozco que me hubiese gustado que los nuestros hubieses metido dos o tres golitos más a los del Unión. O cinco, o seis…, ¡o siete! Sobre el césped no debe haber concesiones, por muy vecinos que sean los que tengamos enfrente. De hecho, todavía nos sangran las puñaladas que nos metieron esos de rojo que todavía proclaman ser nuestros “hermanos”.

Esto es fútbol, y aquí no hay amigos. Respeto al contrario sí, pero en el campo…, ¡sin piedad!


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.

06/12/09

Jornada 15: Real Sociedad 4-1 Real Unión

Histórico



El partido no tuvo mayor historia. El 3-1 al descanso lo dejaba todo cerrado. Si había dudas, era por el inquilino del banquillo visitante: Iñaki Alonso, el entrenador encumbrado a "gran estratega" tras la eliminatoria ante el Madrid. Nada más.

No era difícil entender el por qué de un marcador tan contundente en un choque que algunos anunciaban de alta tensión, brega, lucha, extramotivado, contienda, agitación, pugna, forcejeo, trabajo a destajo, intensidad y sin hermandades. No hubo nada de eso. Por ahí empezó a perder el Real Unión: Anoeta debió imponer más que el Bernabéu.

La Real no hizo mucho más que el propio Real Madrid en sus mejores tardes de la última época: controlar el partido, tenerlo donde quería -no es poco- y esperar a la ocasión propicia. Minuto ocho. Zapatazo de Labaka desde atrás que el Real Unión no sabe ver, control de Nsue que, aturullado, sirve bien a Bueno, ese killer de área que no corre más de tres metros a la redonda. El balón cayó en esa zona de influencia y movimientos. 1-0.

A buen seguro este tanto influyó en el equipo visitante, pero la Real se limitó a jugar como hasta entonces -apenas ofrecían alternativas vistosas-. Al tran-tran, llegó el segundo, obra de Ansotegi. Y ya que estaba, el tercero. Lo mejor de las gradas resultó ver a los aficionados de los dos equipos hacer la ola. En efecto, los unionistas habían venido de excursión a Anoeta y sus jugadores, que tantas páginas en periódicos y minutos de radio y televisión habían merecido durante la semana para prometer un nivel alto de motivación, se sumaron al jolgorio.

Ni Iñaki Alonso ni Martín Lasarte se fueron contentos al descanso. El segundo porque encajó un tanto en el descuento. El primero que recibía la Real en Anoeta tras los dos del Girona, allá por ¡el 20 de septiembre! Como bien reconoció en la sala de prensa al ser preguntado por las facilidades puestas por el conjunto visitante en los goles realistas, "hay una ley no escrita en el fútbol que dice que los goles suelen ser por errores del rival". Así marcó también el Real Unión y eso le molestó a Lasarte.

Por todo lo que rodeaba al partido, los realistas iban a lo suyo, pero el encuentro fue un calco a los aburrimientos ante Recreativo, Huesca o Córdoba. Salvados por momentos de genialidad o, novedad ayer, flagrantes errores del rival. El resto, eso, a aguantar. Con una defensa cogida por alfileres. Volvía De la Bella, una incógnita tras sus últimos encuentros. A verlas venir y guardar la ropa para nadar: Rivas y Elustondo. Por inercia más que por argumentos, la Real acaba reventando la defensa rival, aunque sea la del Cartagena -que acabó con otro expulsado desquiciado del ataque donostiarra, dígase Bueno-.

Iñaki Alonso, en cambio, tenía más motivos para el cabreo: como poco, tres goles en apenas 40' y una imagen mala en el día D. El del asalto al fortín. Nada de eso ocurrió. Ni hubo opciones para que se atisbara. Sentó a un lento Descarga y a Markel Robles en el descanso y metió a Gabarain y Durán. No hubo revulsivos. La endeblez defensiva del equipo en momentos puntuales había echado por tierra cualquier opción. Queda lejos, pero los de Gal llegaban tras un verano peculiar. De esos que en Donostia hubieran supuesto la toma de la Bastilla: Dimitrijevic, Odair, Danilo, Nininho, Wicha del Río, Silvani y Baggio pasaron a prueba por el equipo. Solo se quedaron con Pedro Alcalá a falta de una semana para el cierre del mercado de fichajes. Este jugador pretendido por el Real Madrid hace dos años, ayer fue expulsado en el minuto 62'.

Poco antes, los unionistas reclamaron penalty y expulsión -entre otras tantas cosas que pidieron a lo largo de la tarde-. Contra 10 y con 3-2, hubiese sido tiempo para soñar. Alonso lo insinuó en la sala de prensa. Nada más lejos de la realidad: pocos minutos más tarde, en el 74', Jauregi pareció salir a coger el Topo y la Real aprovechó esa salida falsa para marcar el 4-1. Mala cama para intentar soñar.

Ni los casi 25.000 espectadores que se dieron cita en Anoeta ni los homenajeados Aitor Zabaleta y Aitor Escamochero desde el cielo. Nadie lo imaginaba. Los unionistas firmaban el empate y muchos soñaban con ganar. Los realistas temían más el hecho de perder opciones de ascender tras dejarse dos o tres puntos que el hacerlo ante el Unión. Bastantes realistas acabaron deseando la salvación tranquila del Unión, aunque prometieron ganar en Irun "y a partir de ahí también que ganen todos los partidos".

Hubo quien se enfadó tras perder el derby. "'Vaya tarde, vaya tarde'", recoge el árbitro -que agotó a unos y a otros- en el acta que le dijo el delegado unionista, Juanjo Francho, "a la vez que me señalaba con su dedo". Razón tenía el delegado, no mucho en lo del dedo. Valdría un diálogo de Don Quijote con su escudero: "Sábete Francho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro". Ayer, el que hizo menos. Y lo pagó. Sin mayor historia. Tres puntos con los que se contaba al bolsillo y a Castellón.


Ficha técnica
Real Sociedad: Bravo, Dani Estrada, Ansotegi, Labaka, De la Bella, Rivas, Elustondo, Xabi Prieto (Carlos Martínez, min.82), Griezmann (Zurutuza, min.63), Nsue y Bueno (Agirretxe, min.76).

Real Unión: Jauregi, Descarga (Gabarain, min.46), Larrainzar, Alcalá, Gurrutxaga, Beobide, Robles (Durán, min.46), Juan Domínguez (Abasolo, min.74), Aitor Sanz, Brit y Goikoetxea.

Goles: 1-0, min.6: Bueno. 2-0, min.29: Ansotegi. 3-0, min.39: Ansotegi. 3-1, min.45: Domínguez. 4-1, min.73: Nsue.


Árbitro: Melero López (colegio andaluz). Amarillas a Prieto, Griezmann y Labaka; Juan Domínguez, Beobide, Gurrutxaga y Larrainzar; Alcalá, expulsado en el minuto 62 por doble amonestación.


- Crónica EFE.
- Crónica web Real Sociedad.
- Acta RFEF.

03/12/09

El equipo femenino se juega el liderato este fin de semana

Los dos partidos serán en Zubieta. El primero será ante el Prainsa Zaragoza, el sábado 5 a las 16h en el Z7, mientras que el martes 8, será el Athletic de Bilbao el que visite a las chicas de Javi Garmendia a las doce del mediodía (ETB1).

Las realistas se jugarán ante las líderes y las segundas la primera, la segunda o ser las mejores terceras de todos los grupos y pasar a la siguiente ronda y hacer más notable aún el progreso que han protagonizado en las últimas temporadas.

02/12/09

En caliente, por Diego Carasusán*

¿Por qué soy de la Real?

Buceando por los foros realistas que abundan en Internet, me topé el viernes con una charla abierta por un tal ‘jonathan schweppes’ que no entendía cómo podía haber personas que, sin haber nacido en Guipúzcoa, fueran seguidoras de la Real.

Como bien sabrán ustedes, yo soy uno de esos. Nací en Tudela (Navarra) hace 32 años, aunque mi familia y amigos son del vecino pueblo de Ablitas, ubicado a tan sólo 10 kilómetros. Esta situación me ha generado siempre un problema de personalidad que mis allegados no me ayudan a resolver. Y es que, mientras mis colegas de Tudela me llaman el ablitero, los de Ablitas me apodan el tudelano. Pero eso sí, lo que todo el mundo sabe sin ninguna duda es que Diego Carasusán es de la Real “hasta la médula”.

Por ello, y como respuesta al tal ‘jonathan schweppes’, les contaré cómo un ‘muetico’ del sur de Navarra puede convertirse en un acérrimo seguidor realista sin necesidad de haber nacido, como Afrodita, de la espuma de una ola en la playa de la Concha.

A mediados de la década de los 70, cuando mi padre saboreaba eso de la mayoría de edad, le mandaron la carta para incorporarse al servicio militar en el cuartel de Vitoria. Ese era un destino muy frecuente para cientos de navarros, entre los que se encontraba el que iba a ser mi progenitor. En esa misma quinta, y dentro del grupo de navarricos a formar, estaba un pamplonés de nombre Jesús María y de apellido Satrústegui que, justo por aquel entonces, había dado el salto del modesto CD Pamplona a la Real Sociedad.

El sorteo de literas hizo que mi padre, al que el fútbol no le atraía demasiado, coincidiera con aquel jovenzuelo pamplonés que, entonces, no era más que una promesa. De todos modos, el hecho de contar con un futbolista en ciernes no pasó desapercibido en el cuartel vitoriano. Los compañeros de Satrus siguieron con atención su evolución en el club donostiarra y mi padre, poco a poco, fue aficionándose a la Real.

Ese veneno txuriurdin se metió en sus venas justo antes de casarse y de tener a su primer hijo, ése que ahora escribe estas líneas. La Real ganó las Ligas, y el apego al equipo fue a más. Por ello, cuando la Real jugaba en casa, mi padre convencía a mi madre y llenaba el depósito de aquel enorme SEAT Supermirafiori para poner rumbo a San Sebastián junto a su pequeño Diego.

Esos viajes al viejo Atotxa son uno de mis mejores recuerdos de infancia. Era como ir a otro mundo…, un mundo siempre verde y donde la lluvia parecía perenne. Y es que, al principio, lo que me fascinaba de esos viajes era cambiar por un día la pequeña Tudela por la gran San Sebastián. Era tan ‘mocoso’ que no prestaba mucha atención al fútbol pero, con el paso de los años, un gusanillo -que ahora tiene el tamaño de una anaconda- empezó a crecer en mi interior. Esas idas y venidas entre Tudela y Donosti me marcaron para toda la vida y, sin darme cuenta, ‘me hice’ de la Real.

Desde entonces, no ha habido un solo día en mi vida en el que la Real no haya estado presente. Está en mi cabeza, late al mismo ritmo que mi corazón, y es parte de mi alma.

Puede que haya guipuzcoanos que no entiendan cómo alguien de fuera pueda ser de la Real, pero quizás el hecho de ser incomprensible haga que ese sentimiento sea todavía más bonito y auténtico.


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.