En caliente, por Diego Carasusán*
Detalles de grandeza
El sábado estuve en San Sebastián viendo a la Real y pude disfrutar, por fin, de uno de los finales de partido más plácidos que recuerdo. El Zaragoza opuso muy poca resistencia y, sinceramente, huele a podrido por todas partes.
Ante semejante panorama, y dado lo holgado del marcador, me dediqué a fijarme en cosas que no me gustan de mi club. Como dice mi mujer Cristina, con la edad me estoy haciendo cada vez más cascarrabias. Así, como el mismísimo señor Scrooge, me encorvé en mi asiento de Anoeta y, entre dientes, refunfuñé asqueado por tener que seguir viendo a mi querida Real con ocho calles de atletismo de por medio; por no poder animar a pulmón abierto por miedo a que cualquiera de mis compañeros de grada me mire mal; por no ver en mis jugadores el hambre y la ambición que tienen otros equipos no tan lejanos; o por ver a estos mismos tíos pirarse a los vestuarios como alma que lleva el diablo nada más pitar el final del partido sin saludar a la afición.
Pero habíamos ganado y eso era lo más importante. Por eso, y aunque nunca estoy plenamente contento con nada, salí de Anoeta con una sonrisa y la satisfacción de aquel que sabe que los deberes estaban hechos.
Pero la tarde me aguardaba un bonito detalle. Algo que he vivido muchas veces pero que se me había olvidado que siempre ocurre cuando juega la Real en San Sebastián y que me encanta. Les pongo en situación. Salgo del estadio en dirección al Buen Pastor donde me aguarda Cristina con los pequeñajos. En los aledaños de Anoeta la afición se agolpa en los pasos de cebra y en las paradas de autobús. Los colores txuri-urdin lucen en bufandas, gorros, banderas…, pero conforme se desciende por la avenida de Madrid, el colorido se difumina. La gente se dispersa y, al final de la avenida de Sancho El Sabio, una bufanda como la que yo llevo colgando del cuello delata mi procedencia.
Es entonces cuando me topo con un mozo de acento inglés que me para amablemente y me pregunta: “¿Quién ha metido el tercero?”. Yo, casi sin pararme por las prisas, le contesto con una sonrisa: “¡Agirretxe!”. “¡Aupa Imanol!”, me responde cómplice. Un poco más abajo, ya en la calle de Prim, una pareja de señores mayores me vuelve a parar y me pregunta: “Oye, mocete, ¿qué ha hecho la Real?”. “Ha ganado”, les contesto. Mi sonrisa es cada vez mayor. Ya a los pies de la catedral, entre las callejuelas que rodean la seo, hay un grupo de chavales jugando al balón junto a la pared y a un escaparate que parece tener las horas contadas. Los niños paran su minipartido cuando advierten mi presencia para evitar el inminente balonazo y se fijan en mi bufanda. “¡Señor! ¿Ha ganado la Real?”. “3-0”, les respondo levantando el puño. Les miro de reojo sin parar mi acelerado caminar. Ahora la sonrisa se la quedan ellos.
Ese paseo desde Anoeta hasta el Buen Pastor después de una victoria de la Real es genial. Te sientes como un soldado que regresa victorioso de la guerra y es recibido por su gente. Quien sabe apreciar estos detalles puede darse cuenta del poder e implicación que tiene este club entre su gente. Y eso es algo que me llena de orgullo.
Ante semejante panorama, y dado lo holgado del marcador, me dediqué a fijarme en cosas que no me gustan de mi club. Como dice mi mujer Cristina, con la edad me estoy haciendo cada vez más cascarrabias. Así, como el mismísimo señor Scrooge, me encorvé en mi asiento de Anoeta y, entre dientes, refunfuñé asqueado por tener que seguir viendo a mi querida Real con ocho calles de atletismo de por medio; por no poder animar a pulmón abierto por miedo a que cualquiera de mis compañeros de grada me mire mal; por no ver en mis jugadores el hambre y la ambición que tienen otros equipos no tan lejanos; o por ver a estos mismos tíos pirarse a los vestuarios como alma que lleva el diablo nada más pitar el final del partido sin saludar a la afición.
Pero habíamos ganado y eso era lo más importante. Por eso, y aunque nunca estoy plenamente contento con nada, salí de Anoeta con una sonrisa y la satisfacción de aquel que sabe que los deberes estaban hechos.
Pero la tarde me aguardaba un bonito detalle. Algo que he vivido muchas veces pero que se me había olvidado que siempre ocurre cuando juega la Real en San Sebastián y que me encanta. Les pongo en situación. Salgo del estadio en dirección al Buen Pastor donde me aguarda Cristina con los pequeñajos. En los aledaños de Anoeta la afición se agolpa en los pasos de cebra y en las paradas de autobús. Los colores txuri-urdin lucen en bufandas, gorros, banderas…, pero conforme se desciende por la avenida de Madrid, el colorido se difumina. La gente se dispersa y, al final de la avenida de Sancho El Sabio, una bufanda como la que yo llevo colgando del cuello delata mi procedencia.
Es entonces cuando me topo con un mozo de acento inglés que me para amablemente y me pregunta: “¿Quién ha metido el tercero?”. Yo, casi sin pararme por las prisas, le contesto con una sonrisa: “¡Agirretxe!”. “¡Aupa Imanol!”, me responde cómplice. Un poco más abajo, ya en la calle de Prim, una pareja de señores mayores me vuelve a parar y me pregunta: “Oye, mocete, ¿qué ha hecho la Real?”. “Ha ganado”, les contesto. Mi sonrisa es cada vez mayor. Ya a los pies de la catedral, entre las callejuelas que rodean la seo, hay un grupo de chavales jugando al balón junto a la pared y a un escaparate que parece tener las horas contadas. Los niños paran su minipartido cuando advierten mi presencia para evitar el inminente balonazo y se fijan en mi bufanda. “¡Señor! ¿Ha ganado la Real?”. “3-0”, les respondo levantando el puño. Les miro de reojo sin parar mi acelerado caminar. Ahora la sonrisa se la quedan ellos.
Ese paseo desde Anoeta hasta el Buen Pastor después de una victoria de la Real es genial. Te sientes como un soldado que regresa victorioso de la guerra y es recibido por su gente. Quien sabe apreciar estos detalles puede darse cuenta del poder e implicación que tiene este club entre su gente. Y eso es algo que me llena de orgullo.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
